Potrero

Jugar a la pelota fue la principal motivación para levantarse cada madrugada para ir a la escuela durante casi toda la infancia masculina de la década del setenta. Cuando ocurría la magia, nuestro nombre cambiaba en una asombrosa metamorfosis por el de aquellos que hacían latir nuestra alma. Así nos convertíamos en Alonsos, Curionis, Perfumos, Bochinis o Bertonis, Suñes, Cárdenas, Telchs, Chazarretas, y a veces también en el Pato Fillol, los ídolos futbolísticos de antaño.