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Bicicleta

Bicicleta

BICICLETA

Nostalgias

Tórridos veranos de fin de la infancia, días sin tiempo, amigos, tardes interminables de sol que inundaba las calles de Buenos Aires y las sombras de los árboles eran deseados refugios para la ardida piel.

01

Época de probar trajes nuevos, de empezar a jugar a ser adultos,   cuando todos los amigos nos juntábamos y salíamos a descubrir el mundo, a desafiar las fronteras que nos eran impuestas, estirar los límites, hasta romperlos.

02

Esa tarde de enero era especial, nos preparamos, juntamos coraje y decidimos cruzar nuestro propio Rubicón, no recuerdo cuantos éramos, ni cuál era el destino, pero si recuerdo que definitivamente no debíamos cruzar esa frontera…

03

Pero la cruzamos, y el viento rebotó en nuestros rostros en un vano intento de detenernos, de frenar nuestra rebelión, pero también era el viento de la libertad, del secreto, de la osadía.

04

Nos aventuramos más allá de lo que nunca habíamos ido, esquivando autos camiones y motos, equilibrándonos entre todos inestablemente.
De pronto un pedal se mete en el giro del de al lado y el equilibrio se desbarata y uno a uno, cual naipes, caemos en un instante sin fin, hasta chocar contra el piso, rebotar y sentir el cuerpo desparramado por el asfalto.

05

Segundos eternos, hasta volver a vernos, heridos, doloridos y con las bicicletas chamuscadas, pero vivos y enteros, aún podíamos seguir, aún estabamos acá, doloroso descubrir que el límite existe a pesar de nuestra voluntad.

06

Volver más lento hacia el hogar, con más cuidado, pero con el sabor indubitable de la libertad y la alegría del sobreviviente incorporados.
La vida es, a la vez, límites y libertad, riesgo y aventura, cuidado y osadía.
Algunas de las cosas que aprendimos a bordo de una bicicleta.

Hijos

Hijos

Una sola carne serán, dijo al principio.

Nosotros pensamos en la pasión,

Él pensaba en ellos.

Una sola carne que eterniza los vínculos para siempre.

 

Nuestro narcisismo ya no puede romper

lo que ellos han unido.

A nuestra imagen y semejanza ansiamos que sean.

Llevan nuestros rasgos y nuestros gestos en sus rostros.

Portan nuestras frustraciones e ilusiones,

nuestros dones y nuestros dolores en su alma.

 

Son el don maravilloso que recibimos de la vida.

Cuando ellos llegan, todo cambia.

Nuestro corazón se estremece interminablemente

para por siempre latir junto al de ellos.

 

Una sola carne,

síntesis asombrosa entre dos cuerpos y dos almas

que al entrelazarse, se vuelven únicos y diferentes,

en la vida que engendran,

haciendo eterno el sendero que recorren.

 

Misteriosa aventura, sentir a la vez

amor y vulnerabilidad,

alegría y temor,

responsabilidad y asombro.

 

Deseamos que el tiempo se detenga

en ese momento único en que descansan entre nuestros brazos.

Todo nuestro ser cabe en nuestro regazo.

Pero ayudamos a que sus alas crezcan

para que vuelen alto y lejos.

 

Llevan nuestra sangre y nuestra ilusión.

Llevan nuestra pasión y nuestra alma.

Llevan nuestro amor y nuestros temores.

Llevan nuestro espíritu y nuestra eternidad.

 

Una sola carne dijo Él, y nos regaló el sentido.

Una sola carne, y nos regaló eternidad.

Una sola carne, y descubrimos el cosmos entero

en esos pequeños ojos que curiosos nos miran

y que nos llamán con un nombre nuevo

qué atraviesa por siempre nuestro ser:

Papá.

El perro marrón

El perro marrón

Entre los 10 y los 12 años, todo mi mundo giraba alrededor de jugar a la pelota. Allí, la canchita del barrio que, con su piso de tierra y arcos imaginados entre árboles y bultos de ropa, era el sitio más deseado de la tierra.

Almorzar después de la escuela y salir a patear hasta la hora que se apagaba el sol era lo que hacía más fácil el madrugar de cada día.

Pero un tarde gris de invierno apareció él y, de la nada, se constituyó en gendarme de la cuadra. De repente, ir cada tarde a la canchita se volvió una tarea cada vez más difícil de encarar.

Porque allí estaba el perro marrón.

Perro que pertenecía a una raza medio parecida a un boxer y llegó con una familia que se había mudado en esos días al barrio, pero él no era un perrito casero, era un callejero hecho y derecho.

Su figura era intimidante, siempre allí, cuidando las fronteras invisibles de un espacio que hizo suyo y que nadie se atrevía a desafiar sin arriesgarse a salir con la marca de sus dientes en el pantalón o la pierna.

El problema era que, para ir a la canchita, resultaba inevitable atravesar su territorio, que abarcaba a lo ancho hasta la vereda de enfrente y una cantidad de metros incierta a lo largo; o bien tener que dar una vuelta enorme para esquivarlo, sin tener ninguna garantía de no toparme con algún colega suyo en el camino.

Nuestras batallas eran solitarias y cotidianas.

Yo me acercaba sigiloso, oteando la vereda hasta donde me daban los ojos para ver si lo veía, ya que, o estaba escondido detrás de una planta de donde emergía de golpe gruñendo, o estaba echado dormido en el pasto.

Para cuando me situaba dentro de su horizonte olfativo-auditivo, ya su mirada estaba fija en mí. Evaluaba si me animaba a desafiarlo, si me  iba a atrever a cruzar la frontera invisible de su reino, o no.

Ahí yo tenía que tomar la decisión. Era intentar una buena galopada zigzagueante que semejaba una gambeta ganadora o intentar acertarle un piedrazo, que él tenía la habilidad de esquivar siempre y lo enfurecía aún más.

La última decisión era volver a casa, derrotado.

Casi siempre elegía correr y rezar hasta que, casi sobre mis talones, de golpe el milagro ocurría y él se detenía, dejándome por fin el camino abierto al placer, pero percibía su mirada a mi espalda que, con sus ojos vivaces, parecía que me decía “vas a tener que pasar por acá para volver ” y un regusto amargo recorría mi boca.

Porque el volver implicaba la misma tortura.

Durante meses fue una barrera inexorable en mis tardes de fútbol, cuando muchas veces terminaba resignado.

Pero ese martes de septiembre me levanté distinto, cansado del miedo y de la bronca que me provocaba. Así que me preparé la ropa y las zapatillas y salí decidido a enfrentarlo de una vez por todas.

Lo vi desde lejos acostado en la vereda, pero al oir mis pasos se alertó y cada metro que me acercaba a él, le sostuve la mirada desafiante, mientras el miedo recorría mi espalda, mis manos y todo mi ser. Pero no me detuve, aunque el terror entumecía mis piernas, gritándome que pare.

Cuando él se dio cuenta que la mano venía cambiada, se paró con la velocidad de un rayo, con sus dientes asomando y sus orejas aplastadas, y empezó a caminar hacia mí.

Gruñía. Mucho.

Yo sabía que sólo tenía una chance. Me detuve un instante, y él también frenó.

Reinicié mis pasos decidido y él empezó a correr, hasta que a medio metro de distancia se lanzó hacia mí con los dientes listos para cerrarse sobre mí pierna.

Estaría a unos veinte centímetros del piso cuando mi empeine impactó de lleno en su costado izquierdo, como si fuese una pelota.

Estar en el aire fue su perdición porque la patada, que no me salió muy buena, lo hizo volar igual como un metro hacia el cordón. Vuelo que concluyó en un aullido de dolor cuando su cuerpo impactó contra el suelo.

Al instante, se paró y caminó medio rengo hacia la vereda de enfrente y desde allí me observó, pero su mirada ya era otra.

Yo, que no salía de mi asombro por lo que había hecho, me quedé unos segundos contemplándolo, y empecé lentamente a caminar. Aguardé su arremetida, pero se quedó allí. Me observaba desde lejos sin moverse.

Un coro interminable de aplausos imaginarios acompañó la sensación del héroe que derrotó a la bestia que sentí en ese momento. Victoria tan secreta como las cotidianas batallas que libramos.

Desde ese día, el pasar por allí no volvió a ser un problema y cada vez que me veía, el que cruzaba de vereda era él, no yo.

Después crecí, la canchita se transformó en una casa, el fútbol empezó a ser un recuerdo y él se fue un día con el viento como se suelen ir todas las cosas en la vida.

Así se fue también la infancia.

Con el perro marrón.

El Candidato

El Candidato

—¡Nuestro país es el mejor país del mundo!— Hizo una pausa, miró al auditorio, y agregó—¡Por eso nos envidian, por eso nos quieren quitar lo que es nuestro, lo que por derecho es del pueblo y de nadie más! ¡Yo no lo voy a permitir!

Ubaldo terminó casi en un grito y se calló de golpe, entrecerrando los ojos.

Le pareció oír a la multitud corear su nombre por apenas un instante, momento que fue disuelto por los tibios aplausos que lo devolvieron al presente.

El recuerdo entrometido le llenó los ojos de humedad.

El local de la unidad básica tenía, como mucho, espacio para unas treinta personas, y no estaba lleno. El ventilador de techo apenas si agitaba el aire caliente que los envolvía en esa tarde-noche de fines de enero.

Luego de saludar a los compañeros, se dejó caer en una silla, y se secó la cara empapada de sudor.

—¿A quién se le ocurre convocar a elecciones en esta época del año? — expresó en voz alta.

—Uhhh don Ubaldo, desde la muerte del intendente Leguizamon, allá por el ’94, es que las elecciones municipales se hacen el último domingo de enero, cada cuatro años—recitó el Javier, mientras le servía soda fría.

Javier era el hijo del dueño del local, que con suerte llegaba a los doce años, aunque parecía de 10; el viejo local que siempre alquilaba el partido cada vez que había elecciones y se transformaba en unidad básica.

—Pensé que sabía—inquirió—¿no andará con problemas de memoria usted? Mire que mi abuela siempre dice que los años no vienen solos.

¡Don Ubaldo! Hacía tiempo que no escuchaba así su nombre, sólo en Rufino lo llamaban así. Para los demás era el Doctor García Sánchez, quien se había convertido en 1992 en el primer y único hijo de esas tierras que fue electo dos veces gobernador de la provincia de Santa Fe.

Pero había pasado tanto tiempo de todo aquello… Y ahora quería ser el candidato del partido a la intendencia de su pueblo querido.

—¿Se siente bien Don Ubaldo? —Preguntó el Javier al observar su mirada perdida.

Ubaldo salió de su ensueño y lo miró, preguntándose si este chinito sabría algo más que su nombre.

—Sabés Javier, que yo no estaba en el pueblo en aquella época.

—Si Don Ubaldo, ¿cómo no lo voy a saber? Usted era el gobernador… Siempre nos enseñan en la escuela de todo lo que usted hizo.

Se hizo un silencio sólo matizado por el sonido del ventilador.

—Don Ubaldo… —Se le animó el Javier— Eh… ¿Cómo hizo para ser tan importante?

Ubaldo parecía estar en otro tiempo.

—Dele sea bueno,—insistió—cuénteme que yo cuando sea grande voy a ser presidente, y tengo que aprender.

Ubaldo sonrió ante la actitud del jovencito.

—Así que presidente… Mira vos. Che, que no sabía tamaña noticia… Siendo así, sí, a los presidentes no se les dice nunca que no.

Javier se rió ante la ocurrencia.

—Bueno—se levantó, elevó el vaso de soda y exclamó— ¡Por el presidente Javier, salud!

—¡Salud!— dijo el Javier, mientras chocaba vasos con Don Ubaldo.

Las siguientes dos horas fueron de recuerdos narrados y ojos asombrados que escuchaban las historias del viejo animal político lastimado por los años.

En aquella noche sin luna, estrellada como pocas, Don Ubaldo caminó por la calle de asfalto que ardía, rumbo a la casa. Caminaba lento, pero notó que hacía mucho tiempo que no se sentía tan contento como esa noche. El viejo político seducido por un niño le hizo recordar historias que creía olvidadas.

Las Historias del Don Ubaldo Rubén García Sánchez.

El candidato.

Potrero

Potrero

Jugar a la pelota fue la principal motivación para levantarse cada madrugada para ir a la escuela durante casi toda la infancia masculina de la década del setenta, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires.

Década huérfana de celulares, infinidad de canales televisivos y juegos en red, pero que, a pesar de esas desgarradoras carencias, las tardes nos hallaban entusiasmados y libres de aburrimiento.

Rutina futbolera que se sostuvo sin pausa hasta que allá por los trece años, el interés por las chicas y sus sorpresivas curvas empezaron a generar los primeros conflictos con la bola sagrada.

Ambas pasiones daban por aquellos tiempos sus primeros y conflictivos pasos en el difícil arte de la coexistencia, conflictos que a veces atraviesan la vida entera.

Pero antes de que las hormonas hicieran de las suyas, cada tarde, desde el precoz otoño a la primavera avanzada, era ideal para jugar en el potrero.

El sofocante calor del verano porteño establecía una pausa inevitable en la pasión por divertirnos, que se cambiaba por el placer de andar en bici o refrescarnos en la casa de alguno que tenía pileta.

Así pues, la rutina era precisa e infranqueable. Luego de almorzar y dedicar algunos escasos momentos a deberes escolares, marchábamos hacia el potrero o, como le decíamos nosotros, a “la canchita”, la cual consistía en un terreno desocupado, a veces alambrado con un agujero lo suficientemente grande para atravesarlo, que estaba en condiciones de ser habitado por el fútbol, o sea, sin césped.

Los encuentros solían empezar con el rejunte de los pibes del barrio a la hora señalada y ver si alguno había traído pelota, porque, a diferencia de hoy, en aquellos tiempos los balones eran objetos suntuarios que no cualquier afortunado poseía, lo cual generaba un axioma inevitable que nos estremecía como condición para participar: pincha- paga, que no tenía nada que ver con el club Estudiantes de la Plata, sino con la eventualidad de que el sagrado esférico sufra un daño irreparable que impidiera seguir con el juego y el culpable era aquel que haya tenido el último contacto con ella antes del desgraciado accidente.

La siguiente tarea, que era más bien una ceremonia cuasi religiosa, era el armado de los equipos. La elección era democrática:

“¿Quién elige?” se decía, y allí un par de voluntarios se adelantaba y daba comienzo al armado de los equipos, elegidos con el método popularmente conocido como “pan y queso”, que consistía en poner un pie delante del otro en dirección al oponente y avanzar. El que lograba pisar el pie al otro ganaba el derecho a elegir primero (lo que llevaba a diagramar pasos estilo Michael Jackson para evitar ser el pisado).

Se escogían primero a los mejores de acuerdo a su importancia futbolística, por eso el orden en que te elegían demostraba el nivel de valoración futbolera en que el grupo te tenía considerado; quedar en el último lugar revelaba que estabas cerca de ser considerado un tronco o un perro, adjetivos que por alguna extraña razón se asociaban siempre a ser incompetente jugando a la pelota.

Una vez concluidos los burocráticos preparativos se daba inicio por fin al deseado encuentro.

Y entonces la magia ocurría y cual Cenicientos amateurs, nuestro nombre cambiaba en una asombrosa metamorfosis por el de aquellos que hacían latir nuestra alma. Así nos convertíamos en Alonsos, Curionis, Perfumos, Bochinis o Bertonis, Suñes, Cárdenas, Telchs, Chazarretas, y a veces también en el Pato Fillol, los ídolos futbolísticos de antaño.

A veces los equipos quedaban desbalanceados de tal manera entre los habilidosos y los troncos, que empezaban las exclamaciones reivindicativas “¡Es un robo!”. Y, como todos queríamos ganar, pero tenía que costar un poco para saborearse de verdad, se re-ordenaban los mismos para que sea más “parejo”, lo que podía ocurrir antes de empezar o mismo durante el partido, donde luego de ir ganando un equipo 5 a 0 sobre otro en 5 minutos, se decidía su interrupción para equilibrar un poco las cosas.

Entonces se realizaba un intercambio y si uno de los buenos del otro lado venía a tu equipo y el cambio era por vos, quería decir que estabas en los puestos más bajos de la escala zoológica/botánica. También eso te podía ocurrir cuando eras el último en ser elegido, por eso no se trataba solo de jugar a la pelota: las tardes eran también una escuela de autoestima permanente.

En ocasiones, el número de jugadores era impar y se compensaba poniendo más jugadores de los malos en el equipo más numeroso.

Una vez definidos los equipos, había que establecer en qué puesto jugaba cada uno, ya que todos queríamos ser delanteros. No había otro lugar de la cancha donde uno quisiera estar más que bien arriba.

Después, dependía de quienes nos rodeaban, si estaban los mejores del barrio estábamos fritos, defensor seguro. Lo peor que te podía pasar es que te mandaran a ser arquero. Ah no, eso no, ahí se plantaba bandera, no señor, al arco no.

Como nadie quería saber nada con el arco, este era un puesto rotativo, todos pasaban por él. Se mandaba primero al peor de todos, y así uno por uno todos eran arqueros, menos los más habilidosos que nunca iban.

Para salir de tamaña incomodidad te tenían que hacer un gol, estableciendo en tu alma intereses contradictorios que muchas veces levantaban sospechas justificadas acerca de tu interés en evitarlo , si era muy clara la evidencia, te castigaban teniendo que quedarte un gol más.

La única excepción a la habilidad como garantía de puesto era ser el dueño de la pelota, lo que permitía elegir dónde jugar.

Sino te tocaba el arco, el siguiente destino era jugar abajo, o sea de defensor, y guay si subías sin sentido.

Siempre estaba el o los habilidosos, esos bendecidos por el don divino de manejar la pelota con maestría, objetos de envidia para todos y a los que todos queríamos tener de nuestro lado, porque valía por dos o tres de los normales, a los cuales todos trataban con deferencia, porque que eran capaces de alegrarnos la tarde si jugaban en nuestro lado.

El siguiente tema importante era el coraje, o sea, lo peor era ser tachado de cagón por esquivarle la cabeza a la pelota cuando había que cabecearla, correrte del arco en el momento que el grandote pateaba el penal de puntín o no tirarte a sacarle la pelota al otro siendo arquero. Eran humillaciones que nadie quería atravesar, pero a veces eran inevitables de padecer, porque era medio suicida no hacerlo.

Los partidos se pactaban a 12, o sea el primero que llegaba a 12 goles ganaba, siempre con diferencia de dos (otro enigma indescifrable), pero a veces en invierno se jugaba hasta que no se veía más la pelota, cosa que ocurría alrededor de las 17:30 – 18 hs.

Los arcos solían ser un problema. Generalmente estaban definidos por ropa o árboles y había que establecer sus límites, lo cual solía ser objeto de interminables discusiones, cada cual tratando de agrandar el arco ajeno y achicar el propio y, cuando eran muy desparejos, se alternaba en ellos una determinada cantidad de goles.

Había que ser muy preciso para hacer el gol y así evitar las deliberaciones posteriores para definir si había sido gol, palo, afuera o alto (límite que también dependía de la altura del ocasional arquero); al igual que los límites de la cancha, que además era muchas veces asimétrica, o sea más ancha hacia un lado del arco que del otro.

Hacer un gol era una experiencia sublime, inigualable, sobre todo para aquellos que no habíamos sido bendecidos por el don de la habilidad. El hacerlo te catapultaba al estrellato por un rato, que duraba más si servía para ganar el partido o si era uno de los últimos en hacerse.

Existían algunas situaciones traumáticas dentro del desarrollo del encuentro. En primer lugar, el ponerse de acuerdo sobre la existencia de una infracción, que debía ser casi hospitalaria a fin de lograr el aval de los dos bandos; de lo contrario, comenzaban discusiones interminables que, a falta de acuerdo, se zanjaban con una propuesta salomónica: un pique.

La otra situación, creo que la peor de todas, era patear la pelota a la casa de la vieja de al lado (que por entonces podría llegar a tener 40 años, pero era muy vieja para nosotros) y tener que ir a pedirle la misma, temiendo que el perro la haya destrozado, que ella no quisiera devolverla, que no hubiese nadie o que estuviesen durmiendo la siesta, todas razones que terminaban la diversión.

Totalmente distintos eran aquellos partidos que se arreglaban con otros equipos de otra cuadra o de más lejos, esos eran más formales, las diferencias cotidianas se borraban, ¡hasta a veces había camisetas y árbitro! Y el espíritu de pertenecer al propio barrio (cuadra) era más fuerte y limaba las asperezas que nos separaban día a día y así de golpe éramos una sola voz de nacionalidad cuadrística.

Así pasaron los días de nuestra infancia, estimulantes y apacibles entre los amigos de la escuela y de la calle. El cotidiano fútbol fue forjando en nuestro espíritu el sentido de hacer las cosas en equipo, disfrutar en grupo, establecer códigos de convivencia, que eran irrompibles, y el respeto por el otro.

Valores que quizás nos hacen un poco de falta en estos días de excesivo individualismo, donde por ahí deberíamos cada tanto volver a encontrarnos a la tarde a jugar un poco a la pelota.

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