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Buenos Aires: Cap 3 – Final

Buenos Aires: Cap 3 – Final

La obra está en Núñez, sobre Libertador, es un edificio enorme, a tres cuadras del estadio de River y a diez de la sede de la ciudad universitaria, así que me anoté en la Comisión número cuatro que tenía el horario de 16 a 19.

Papá tenía razón, no me había educado para esto, la construcción no era para mí.

El bueno de don Hernán se avivó.

— ¿Garde vos tenés registro?

— ¿Registro? ¿De qué?

— ¿De qué va a ser pibe? ¿Sabés manejar? ¿Te animás con un mionca?

Y me puso de chofer en un camión trasladando insumos.

— Vas a ser Doctor, Garde, tenemos que cuidar esas manos, eso sí, cuando te recibas, ¡me atendés gratis! — Me regaló con generosidad salteña.

Pasaron dos meses desde que llegué, parecen más.

Me siento ya un poco porteño, un poco nomás… Ya los aprendí a esquivar.

Hoy es el día, primer día de clases como estudiante de medicina.

Estoy ansioso.

Empecé a las seis en la obra para poder terminar a las tres y prepararme con tiempo. Para ser abril esta bastante fresco, así que bañarme con agua medio helada del obrador no es muy agradable, pero la ocasión lo vale y en el bolso traje la ropa especial que preparé.

Me calzo la mochila y ahí voy.

Tomo el 28 que va por Udaondo, miro la iglesia que había visto dibujada igualita en El Eternauta, pasa frente al estadio Monumental, luego cruza el puente y toma la autopista.

Allí están a la vista el río que parece un mar y el lugar donde empiezo el camino de ser médico.

La ciudad universitaria es gigante y estoy desorientado al entrar, pero si algo aprendí en estos dos meses es a preguntar.

Así que, pregunta que pregunta, encuentro finalmente la Comisión 4 y descubro que la cara de susto no es sólo mia.

Es un aula enorme donde hay como 150 personas.

Llego sobre la hora, así que casi todos los lugares estan ocupados. Miro y miro y ¡uno libre! En el medio de la sexta o séptima fila, “permiso”, “perdón”, me ubiqué.

En el momento que acomodo la mochila, oigo cerca mío un acento que me resulta familiar. Me doy vuelta y tres filas hacia atrás veo el pelo rojo, esa tonada tan especial y los ojos… La recordé de tantos modos en estos meses que llegué a creer que quizás sólo había existido en mi imaginación.

— ¿Johanna?

Ella deja de conversar y al verme dibuja una sonrisa que parece un marco para esos ojos inolvidables.

— ¡Matías!

— ¿Te acordás de mí?

— ¿Que si me acuerdo? ¡Sos imposible de olvidarrrrr! – Se vuelve hacia su compañera — Gaby, este es el Matías del que te hablé tanto, el tipo que salvó a la gringa recién llegada. ¡No lo puedo creer! Matías, te busqué y te busqué después de aquel día y no puedo creer que estudiemos juntos, ¿no me digas que vas a ser médico?

— Es lo que siempre quise.

— ¡Increíble!! Vení, vení, acercate.

Me hacen un lugar al lado de ella.

— Casi que pareces porteña.

— ¿Viste? Bien porteña. Ay Matías, ¡Nunca te pude agradecer lo que hiciste por mí!

— Sí que me agradeciste, vos por ahí no te acordás, pero yo sí… No me ofendo si querés agradecerme otra vez, me podés agradecer las veces que quieras…

Sonríe, me clava los ojos, apoya sus manos en mi cara y me encaja un beso. No es un pico. Es un beso.

Cierro mis ojos y escucho como un revuelo alrededor, medio como una ovación, pero no me importa nada; me suelta despacio y dice:

—Gracias, Matías.

—De nada… Yo…

— ¿Los señores terminaron de socializar? Así empezamos la clase.

Todos rien. Yo estoy en una nube de pedo. No entiendo nada de lo que habla el chabón.

Johanna apoya su mano sobre la mía y entrelaza sus dedos.

No puedo pensar. No puedo ni mirarla.

Esta yanqui me rompe la cabeza.

“No te vuelvas loco, Matías”

Buenos Aires enloquece.

Buenos Aires querido.

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Otoño en Buenos Aires

Otoño en Buenos Aires

Buenos Aires: Cap 2

Buenos Aires: Cap 2

Llegué a Buenos Aires un miércoles de febrero en el vuelo 486 de American Airlines. Es la primera vez que vengo sola a la Argentina y no lo hago precisamente de buena gana. Soy una neoyorquina hecha y derecha que nunca imaginó vivir algo así. Más que americana soy parte de la ciudad de New York, la siento mi lugar en el mundo y me cuesta moverme de allí hasta para vacacionar. Vivo en la Octava a metros de Prospect Park, en Brooklyn, desde que nací hace casi veintidós años.

Toda la vida escuché la añoranza de mis padres por su país, el cual dejaron en el 91 en medio de una crisis económica “brutal” (palabra de mi madre) para no volver más que en algunas ocasiones especiales de las que no guardo muchos recuerdos. Ahora me ocurre a mí. Argentina no es mi país y además no me agrada ni un poquito la idea de pasar unos años en esta ciudad del fin del mundo.

Pero lo único que sí tengo decidido es que quiero ser médica y, después de la crisis del 2008, me quedó claro que pensar eso es una ilusión sin sentido. En casa, simplemente no existen los recursos para solventarlo. Fue papá quien sugirió la nefasta idea una noche de octubre.

— ¿Y Argentina? Estudiar allá es gratis, la formación es muy buena y, Johanna, vos hablás español y tenés la ciudadanía. Sólo serían unos años nada más…

Cuando lo escuché mi reacción fue de un rechazo visceral, era una locura… ¿Argentina?

Después de unos días de pensar, resignada, me dije “¿Y por qué no?”. Así muy de a poco empecé a rumiar la idea de desembarcar en el país de mis antepasados.

Llegar a la ciudad fue raro, no sé… La imaginaba más grande, los edificios, el aeropuerto, los autos, todo era tan diferente a lo que era parte de mi vida de todos los días…

Mis padres me dijeron dos cosas: “Cuidate del tránsito” y “Andá con ojos en la nuca porque te sacan hasta lo que no tengas, en las esquinas, los ómnibus y en el metro, y cuidado con el calor, porque lo que mata es la humedad”, dijo mi padre.

Así fue que con Lisa, una chica de Boston que vino a cursar un posgrado, alquilamos un departamento en la calle Uruguay, casi Corrientes, cerca de la Facultad. Es cerca, sí, pero después de llegar me di cuenta de que tengo que cursar el ingreso un poco más lejos. Un año dedicado al ingreso me parece un despropósito que hace crecer mi malestar.

Aunque debo aceptar que de a poco me fui sintiendo mejor y la gente resultó más cálida de lo que esperaba. La ciudad tiene algo de caótico y a la vez cierto encanto, cada uno parece hacer lo que se le ocurre sin pensar mucho… No sé, ahora soy extranjera en el país de mis padres. Además, ser alta, pelirroja, pecosa y de ojos celestísimos me hace sentir muy visible. Heredé el pelo y los sueños de mamá, y los ojos y la tenacidad de papá. A los porteños no parece importarles mucho cómo me veo, me toman como una igual hasta que el acento me delata: “¿Sos yanqui? ¿Qué hacés por acá? ¿Venís a estudiar? ¿Una yanqui estudiando en Buenos Aires?”.

No les cae muy bien, pero se tranquilizan cuando digo que soy argentina en realidad. Algunos no me creen y les tengo que mostrar el DNI. Igual, trato de hablar poco.

Pasa la primera semana y no hay tanta gente como creí, acá toman vacaciones en febrero. Verano en febrero. Qué loco. Hoy, la tarde es una de esas de un calor agobiante, húmedo, típico de esta ciudad. Después de dormirme todo, decido salir a recorrer.

— ¿Con este calor vas a salir? — dice Lisa sin sacar los ojos de la tv ni la cuchara del helado que sobró del mediodía.

Me pongo la gorra que compré en el aeropuerto y los auriculares en los oídos con música indie acústica que me lleva un poco a casa. Salgo.

El aire caliente me agobia. Miro hacia la avenida. Voy. Llego a la esquina de Corrientes y espero que el semáforo me dé paso. Miró al hombrecito naranja y nada más. Pasa de naranja a blanco. Cruzo. “¡Oh my God!”. Alguien me tira del brazo hacia atrás tan fuerte que se me parte el hombro. “¡Me asaltan!”, quiero gritar, pero no me sale; pierdo el equilibrio y escucho un bocinazo. Trato de asirme del aire con la otra mano. Alguien interrumpe mi caída y un bus pasa a diez centímetros de mi cara, casi rozando mi pelo.

— ¿Estás bien?

Me doy vuelta y un morocho de ojos verdes me mira como Jude Law en Closer.

— Disculpame por el tirón, pero…

— No, por favor, no vi el bus, me salvaste la vida — digo en mi español correctísimo.

— No sos de acá, ¿no?

— No, ¿se me nota?

— Un poco, yo tampoco soy de acá, soy de Salta, ¿y vos?

— De New York.

— ¡Mirá vos! No me van a creer los muchachos que conocí a una gringa.

— ¿Una qué?

— Una gringa, una yanqui… Dicho con buena onda, eh.

— Bueno, muchísimas gracias de nuevo.

— A mí no me agradezcas tanto. La culpa la tiene mi madre que siempre me dice que los porteños te pisan y después preguntan, así que cuando te vi distraída y que se te venía encima el colectivo que doblaba, me salió agarrarte fuerte del brazo.

— Sí, sí, gracias, gracias.

Me siento tan avergonzada y dolorida que quiero irme. Necesito aire y empiezo a caminar.

—¡Chau! ¡Cuidate! Ah, yo me llamó Matías.

Veo por el rabillo del ojo que extiende su mano hacia mí. Me detengo. Giro. Lo miro.

—Soy Johanna — Siento el impulso de besarlo.

Lo beso. “Shit”. Antes que él supere la sorpresa, me voy a toda velocidad, sin mirarlo. Buenos Aires casi me mata.

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Buenos Aires: Cap 1

Buenos Aires: Cap 1

Camino por Callao hacia Corrientes. El ruido de la ciudad se siente como un enorme panal de abejas que los porteños parecen ignorar o al que simplemente están acostumbrados. Había llegado el día anterior luego de un interminable viaje en micro desde mi Salta. Contemplo la ciudad con ojos abiertos. Los ruidos, los autos, los camiones, los edificios gigantes que tapan la luz del sol casi todo el día. La humedad. La gente.

Me pregunto por qué tanto paisano elige el mismo lugar al mismo tiempo. Choco y esquivo cuerpos como torero acalambrado cada cinco metros, a la vez que admiro la habilidad que poseen para evitarse en un espacio tan pequeño. Encontrar a diez personas en mi pueblo me lleva tres o cuatro cuadras, acá estan todos en dos metros cuadrados. Hasta hoy, lo que conocía de Buenos Aires se limitaba a lo que había visto en las 21 pulgadas de la tele o en las 13 de la compu, pero experimentarla superaba las expectativas.

«Matías, cuídate mucho que son todos ladrones allá y no es como acá, no creas todo lo que te dicen». «Cuidate con los autos que primero te pisan y después preguntan», repetía mi mamá todo el tiempo desde que se desayunó la novedad. «Ya soy grande, tengo 20. Si a esa edad mi papá ya había sido padre…» Pero bueno, las madres son así, siempre imaginan lo peor.

Alto y flaco como soy, me deslizo encandilado y desprevenido. Mis brazos gruesos por el trabajo en la chacra, mi tez morena y mis ojos verdes acá pasan desapercibidos. Desde chico tuve dos sueños que siempre supe que eran sólo eso, sueños: conocer Buenos Aires y ser doctor, de esos que curan a la gente.

«Pero, ¿por qué no estudias para el campo, para ayudar a tu gente, a tu familia? ¡Sos el mayor, gurí!», protestaba papá cada vez que yo mencionaba el tema de mis sueños. Un día decidí no hablar más. Mientras, trabajaba en la chacra de día y de tarde-noche iba al secundario; las horas de la madrugada eran para estudiar con mucho esfuerzo. Me dije: «no hablo más del tema, pero yo voy a ser doctor».

En la escuela conocí a Rubén, un hombre medio grande (como de treinta y cinco), un buen tipo, que solía escucharme cuando relataba mis sueños acerca de mi Buenos Aires querido. Una tarde de octubre del último año de secundaria se acercó y me dijo:

— Che, Gardelito, ¿no te vendrías conmigo a Buenos Aires ahora en febrero, que la constructora donde trabaja don Hernán está haciendo una obra de la San Flauta? Me dijo si quería ir y si conocía alguien de confianza, que paga bien, es laburo para tres años. Y pensé en vos, Garde, compartimos pieza, nos sale más barato y de paso te anotás en la Universidad esa de allá para estudiar de dotor, como vos querés, que es gratis además.

«¿Albañil? ¿Yo?» pensé.

Acepté antes de que terminara de hablar.

Sin decir nada a nadie, me inscribí por internet en el CBC y empecé a contar los días. Cuando mi familia se enteró, pusieron el grito en el cielo, pero a esa altura yo sabía que ni aunque me lo pidiera el Papa iba a cambiar de opinión.

— ¿A trabajar de albañil? – Se espantó papá antes de despedirnos — Matías, no te educamos para eso…

Así fue que llegué a la ciudad el último jueves de febrero, con un calor asfixiante. Me instalé con Rubén en la pieza que alquilamos y fuimos a conocer la obra que estaba en Núñez, en Avenida del Libertador.

Don Hernán nos recibió con un abrazo:

— ¡No les pude avisar, perdón! Tenemos parada la obra por una inspección, así que tienen libre hasta el lunes, pero como ustedes no tienen nada que ver y vienen de la tierra de uno… —dijo. Metió la mano en el bolsillo y sacó dos montoncitos de guita—. Acá tienen una semana para cada uno, cuídenlos porque hasta dentro de siete días no hay un mango más.

Así fue que me regalaron tres días para descubrir la ciudad que amaba sin conocer. Eso sí, me la sabía de memoria, porque hacía seis meses que la estudiaba sin parar de todas las formas posibles.

¡Al fin llego a Corrientes! Giro hacia la derecha y ahí está, lo veo en vivo y en directo. ¡El Obelisco! Casi que puedo tocarlo si estiro el brazo. Empiezo a recorrer las ocho o nueve cuadras que nos separan hasta estar de pie frente a él.

Te soñé, Buenos Aires.

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