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DICIEMBRE

DICIEMBRE

Diciembre es tiempo de Navidad.
Y la Navidad es un tiempo de comienzos,
y el tiempo de comienzos es un tiempo para lo nuevo,
donde lo nuevo es pura potencialidad.

Potencialidad que es esperanza de que el mundo puede ser mejor.
En donde todo se vuelve posible.
Es un tiempo de nacimiento
En que lo nuevo brota sobre lo antiguo que rejuvenece y en
el encuentro se vuelve diferencia.
Diferencia que nos asusta y que nos fascina,
que nos aleja y que nos atrae

Diferencia que nos desafía y nos invita
a salir del escondite
y acercarnos a conocer lo distinto.
Reconocernos en el rostro del otro,
en su mirada y en su aliento,
en su fuerza y en su corazón.

Dios se acerca en nuestra forma, aprendiendo nuestro idioma
para que yo pueda acercarme en tu idioma a vos.
Dios que aprendiendo de nosotros, nos invita a estar cerca,
Dios que se acerca en la ternura de un bebé indefenso,
Dios que elige necesitarnos por amor.
Dios que elige aprender de nosotros descubriéndonos en los ojos humanos de un niño que llora y sonríe

Dios que descubre
el afecto y la palabra,
el amor y la pasión,
el odio y el rencor,
la violencia y el terror,
la angustia y el dolor,
la incertidumbre y la desolación,
Dios que vive humanidad.

Navidad
es un tiempo de invitación a creer que lo imposible puede ser,
porque lo imposible un día se hizo humanidad.
En un niño de Belén
en quien lo eterno se volvió historia,
para que en nuestra historia,
lo impensable se vuelva vida.
Vida que nos encuentra y que nos reconcilia,
que ilumina para siempre nuestra oscuridad
en un Dios que nos abraza y nos invita
a caminar eternidad.

RECUERDOS

RECUERDOS

Para Osvaldo las relaciones familiares habían sido un problema toda su vida

28/7/17

Siempre fue doloroso todo lo que tuviese que ver con las relaciones con las mujeres y sus vericuetos, nunca terminó de entender que era lo que ellas demandaban de él, pero siempre les terminaba debiendo algo.

Y con los niños otro tanto, con ellos nunca había tenido paciencia, ni propios ni ajenos, y de ellos siempre se habían ocupado las mujeres.

 

De sus tres matrimonios no le quedaban más que algunos buenos recuerdos y una tonelada de reproches interminables que nunca acababan.
“Qué no me escuchás” “Qué no hablás” “Qué no te ocupás de los chicos”. “Qué vivís adentro de un termo”. Y una retalía de frases por el estilo que provocó que, a sus 60 años, pensar en acercarse a una mujer era algo así como ciencia ficción, todo lo que tuviera que ver con lo femenino le causaba espanto.
“Me voy a hacer cura” solía decir a los conocidos que le preguntaban acerca de su vida sentimental.

 

Tuvo tres hijas y con ellas también las relaciones estuvieron plagadas de malos entendidos, ausencias y desencuentros.
Cuando fueron niñas, adolescentes y ahora de adultas también.

Actualmente no se veía con ninguna, y si bien se sentía un poco sólo, estaba tranquilo, le había costado mucho lograr esa tranquilidad para ponerla en juego por una aventura, por más amorosa que sea.
Además, ya no era como antes, no sentía la misma urgencia que tuvo a lo largo de toda la vida, “se ve que me estoy volviendo viejo” solía reflexionar.

Esa mañana de fines de marzo amaneció fresca, así que decidió prepararse un te con tostadas que le calentaran el cuerpo y un poco el espíritu.
A las 10 sonó el celular, raro porque nadie lo llamaba nunca, miró y vió el número de Laura, su hija, a la que no veía hacia cinco años, la que solía ser tan pesada como la madre, siempre con reproches y reclamos.
Dudó en atenderla.
Dejó pasar tres tonos, “seguro me va a manguear algo, seguro ” .
Pero atendió.

—Hola abuelo, soy Matías—dijo una vocecita infantil—mi mamá dice que vos no querés verme, pero yo quiero tener abuelo.
Osvaldo sintió que algo crujía dentro de su alma.
Le había llegado la noticia que había sido abuelo, pero nunca lo contactaron y él no se iba a rebajar a pedir nada, además niños….
Pero escuchar esa pequeña voz le provocó tal nudo en la garganta, que por un segundo le impidió articular palabra.
—Hola Matías—sólo pudo decir—yo no…
—¿Y cuando te voy a conocer?, Yo te quiero abuelo, mami me mostró una foto tuya y quiero que me lleves al cine.
Osvaldo no podía hablar porque le iban a saltar las lágrimas.
—¿Me cortaste abuelo?
—No, no Matías—se recompuso—¿Qué te parece si voy a tu casa y nos vemos?
—¿En serio abuelo ? ,¡Que lindo! ¿Y sabes dónde es mi casa?
–Si, yo se donde es, quédate tranquilo
—Yo te quiero abuelo
—Yo también, Matías, yo también
—chau abuelo, ¡vení eh!
—chau Matías
Cortó.

Se dejó caer en el viejo sillón con un despelote de recuerdos y sensaciones raras en la cabeza.
“Quizás viví equivocado” dudó .
Todo parecio de repente haber tomado otro color, esa voz que le dió un nuevo nombre, que no había esperado nunca, y mucho menos sentir lo que sentía en ese momento.
Supo que había dejado algunas cosas de lado en la vida.
Una puntada de dolor le atravesó la cabeza.
Supo que había olvidado ser padre
Supo que había olvidado ser abuelo.
Supo que empezaba el tiempo
El tiempo de recordar.

 

 

REENCUENTRO

REENCUENTRO

Los 2 grados se sentían intensos, el frío se metía entre los pliegues de su vieja campera roja compañera de tantos inviernos, y llegaba hasta su piel.
Eran las seis y veinticinco y estaba en la parada del colectivo, como cada mañana desde hacía ya ….no  recordaba cuantos años, pero eran muchos.

Era todavía noche cerrada, la niebla tenue lo hacia todo un poco más tenebroso
de lo que ya era estar sólo en una parada de colectivo en el gran Buenos Aires.
Por fin, la silueta del 441 se iluminó como saliendo de la nada.

Estiró el brazo para detenerlo, se acomodó el pelo instintivamente, y aguardó.
—Estación Morón—le dijo al chofer al subir.
Estaba medianamente lleno y se ubicó en un lugar cerca de la puerta trasera, dió play a los auriculares para degustar la música que salía de su teléfono.
Era ese el momento del día que Jeremías sentía que se podía relajar y disfrutar, aunque le resultaba curioso que sea en un colectivo que, ya a estas alturas del recorrido, estaba colmado de pasajeros apretados, pero él se las arreglaba para aislarse del entorno y se conectaba con su parte mas interior, más profunda.

Luego de unos minutos, miró hacia adelante tratando de distinguir cuanto faltaba para llegar, a través de los vidrios empañados.
Fue en ese movimiento que la vió.
Se sorprendió al ver esa cabellera larga y rulosa que él conocía tan bien.
Ella giró su cabeza hacia la ventanilla y ya no le quedaron dudas, era Marisa.
Un escalofrío le recorrió la espalda acompañado de esa sensación en el estómago, que era tan singular en él cuando le empezaba a bajar la presión.
Cerró los ojos con fuerza “Concéntrate Jere”, se dijo a sí mismo, “no hagas papelones”.
Sintió que le volvían los colores a la pálida piel, la cual no podía sino imaginar.

“No puede ser, no puede ser”, se repetía una y otra vez, sin atreverse a volver a mirar en esa dirección.

Sin buscarlo, las imágenes de aquel día se volvieron presente:
La ruta, la alegría de salir juntos el fin de semana, el mate que se vuelca, el ardor en la piel, el descontrol del volante, el vuelco, despertarse y no encontrar a Marisa, no estaba, no la veía, estaba atrapado, no se podia mover, las sirenas, el dolor…Y  Martín…
Abrió los ojos y miró nuevamente hacia el asiento del colectivo… Ella ya no estaba. Habían llegado a destino; desesperado la buscó  entre la marea humana que pugnaba por bajar apurada para llegar a la estación del tren.

Finalmente la ubicó, estaba a unos diez metros delante de él, en medio de la muchedumbre, quiso gritarle y sólo le salió un sonido gutural, sin fuerzas.
—¡¡¡¡Marisa!!!!—pudo decir al fin, y casi se le detiene el corazón cuando ella se volvió hacia él y lo miró.
Sus ojos verdes inolvidables lo contemplaron con una seriedad extraña.
Ella se dió vuelta y siguió caminando hacia el tren que acababa de llegar a la estación y estaba con las puertas abiertas.
Jeremías empezó a correr, chocando a la gente, hacia ella, la que, luego de de entrar al tren y de acomodarse como pudo, giró la cabeza dentro del vagón, y lo volvió a mirar.

El sonido inconfundible del aviso de cierre de puertas del tren lo desesperó aún más.
Las puertas se cerraron un instante antes de él llegar y quedar cara a cara con ella a través del vidrio de la puerta. La dureza de su rostro lo intimidó.
El tren arrancó y vió lágrimas rodar por sus mejillas, mientras un gendarme se le acercó, alertado por la gente que había empujado en su loca carrera.
Se disculpó y caminó sin rumbo, aturdido por lo que había pasado.
Volver a verla después de tanto tiempo y de todo lo que pasó, de todos aquellos años de culpa y dolor fue muy fuerte, a pesar que creía que el tiempo había logrado cicatrizar algo las heridas.
Su actitud lo hizo ver que no lo habia perdonado, “la muerte de un hijo no se perdona”, le decía su madre.
Él creía que sí, hasta hoy, ahora pensaba que la vieja tenía razón, que perder a un hijo no se perdona, que era una culpa que lo iba a acompañar siempre.
Todavía sentía un frío en la espalda, que no se le había ido desde que empezó en el colectivo.
El mismo frío que sentía cada noche desde hacia cinco años.
El frío que sintió en el cementerio cuando enterró a su adorado hijo Martin, y al amor de su vida.
Cuando enterró a Marisa.

FOGÓN 

FOGÓN 

Matías aguardaba el campamento de invierno un poco nostálgico, quizás porque era el último, y un poco preocupado por lo que pudiera ocurrir allí. 

El ambiente en el San Bartolomé se había puesto un poco pesado para él desde que se había hecho público su encuentro con Iara.
Lo sabían todos porque él tuvo la mala idea de contarle a Sebastián y, como siempre, al buchón se le escapó en un chat con Juan, y así empezó el que no digas nada, no te juro que no, que si… Y así llegó a los oídos de Axel, que todos sabían que le tenía unas ganas bárbaras a Iara, y al facherito patota del curso no le gustaba que nadie se le pare enfrente de sus ganas, por eso sabía que tenía que cuidarse, sobre todo con tres días por delante en un lugar abierto.
Además estaba Iara… Iara, uffffff… Desde que vino a principios de año no pudo dejar de mirarla, pero recién hacía dos semanas que se animó a invitarla a almorzar y ella dijo que sí…
Matías había cumplido los 17 en abril, era alto, de 1,80m y con contextura física muy atlética, fruto de su pasión por la natación, que practicaba desde los 6 años en el club donde iba con su familia y entrenaba allí casi todos los días.
Era una pasión para él, que heredó de su tío Alejandro. Él le enseñó a ser disciplinado en los entrenamientos porque era la única forma de llegar lejos, solía decirle siempre. Esta actitud le había desarrollado el físico y el aguante. El superarse a sí mismo era un desafío cotidiano y el deporte lo volvió un chico con empuje. Algunos le veían futuro competitivo, pero él no se la creía, le gustaba participar en las competiciones de clubes, pero hasta ahí, exageraban un poco, sonreía para sí.
Esa primera noche de fogón estaba muy fría, pero él se vistió con los habituales jeans gastados, la remera del club de natación, la campera y la infaltable pulsera de cordón entrelazado en la muñeca izquierda.
Se juntó con los amigos al lado del fuego adoptando su clásica pose con las manos en la cintura y con la pierna izquierda descansando, postura que le generaba infinitas cargadas, pero que nunca registraba hasta que se lo hacían notar, se ve que era aprendida del padre que se paraba igual.
Llamaron a sentarse en círculo y se tuvo que separar del grupo porque no había lugar para todos juntos, tuvo que sentarse al lado del idiota de Seba, que ya estaba ahí echado hacía rato meta parlotear con Nacho. A su izquierda, como a unos tres metros, estaba sentada Iara con sus ojos azules enfocados en él.
No había quedado en nada con ella, pero tenía que reconocer que esa minita le estaba moviendo cosas, que era distinta, no como las otras con las que había salido antes, esta tenía algo, no sabía bien qué.
Le guiñó un ojo y ella le devolvió un besito, que provocó que Antonella le diese un codazo que la hizo ponerse colorada, o al menos eso le pareció, el fuego y la noche hacían difícil distinguir. 
Durante todo el fogón sintió esos ojos clavados en él, ojos que le provocaban sensaciones nuevas… Y que le encantaban. “¿Eso sería enamorarse?”, pensó.

Cuando terminó el fogón, se le vino al humo Axel y le dijo bajito al oído que se dejara de joder con Iara, que esa mina era de él. Matías lo miró fijó y le contestó:
 —¿Pero qué mierda te pasa? 
Axel amagó con pegarle, pero justo pasó el preceptor y se frenó.
—Cuídate pendejo, o la vas a pasar mal.
Matías amagó con seguirla, pero lo tomaron del hombro.
—Dejalo, es un idiota—le dijo Seba.
Se acomodó el pelo con la mano mientras miraba alejarse a Axel.

—Tenés razón— A Matías no le gustaba pelear, pero tampoco lo iban a tomar por idiota.

Ese fogón cambió algo dentro suyo, se sentía decidido a meterse con Iara aunque tuviera que pelearse con Axel.
En medio del frío que calaba hasta los huesos a medida que el fuego quedaba atrás, pensó: “Va a estar calentito el campa” y, con una sonrisa, se fue caminando despacio con Seba otra vez al encuentro de sus amigos.  

ADOLESCENCIA

ADOLESCENCIA

Hubo un tiempo de emociones profundas,

de impulsos urgentes, placenteros,

dolorosos, ansiados,

temidos, intensos.

Tiempos de necesidades.

Necesidad de ser mirado,

necesidad de ser respetado,

necesidad de ser aceptado,

necesidad de ser deseado.

Tiempos sin palabras,

sensaciones sin nombre,

angustia sin razones

sentimientos escondidos.

Tiempos nuevos en un nuevo cuerpo,

senderos desconocidos por descubrir,

sin maestros ni tutores, sólo con amigos del alma

tan perdidos como nosotros.

Tiempos de ansias incalculables

y de frustraciones desvastadoras.

Ansias de ser encontrado

por ojos que, deseantes,

transformen el yo en nosotros.

Entonces nos inunda la alegría

de descubrir la eternidad.

Vislumbrar el rostro del amor

en esos ojos que nos contemplan

suplicando ser mirados, donde 

todo parece posible.

Tiempos de frustraciones inesperadas.

La desilusión nos encuentra por vez primera

 desprevenidos,

se hace carne y parece que todo lo posible ya no 

es.

Desilusión que nos devuelve al comienzo.

O no,

porque es diferente,

ya no es el comienzo,

es el camino.

Descubrió su rostro el deseo,

descubrió su rostro la pasión.

Todo cambió de color,

ya nada vuelve a ser lo que fue.

Lo familiar y cotidiano se volvió extraño,

lo extraño se volvió familiar.

Tiempos de nuevas historias,

tiempos de hacer nuestra historia.

Tiempo irrepetible,

tiempos colmados de memoria,

tiempos añorados.

Por lo menos así recuerdo,

tiempos de adolescencia.

 

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