Estreno ( 2 edición)

Estreno ( 2 edición)

ESTRENO

1.

Desde que crucé por primera vez aquel portón, apenas cumplidos los diez años, espero este momento, espero estar acá, sentado, rodeado por estas personas. Todavía no puedo creerlo.

¡Qué loco! Fantaseé este camino mil veces, imaginé estos metros que me acercaban al sueño de mi vida, y justo hoy, que me está pasando de verdad, resulta que no puedo mover las piernas. Desde que salimos del túnel, me tiembla todo el cuerpo, más por dentro que por fuera. Siento los músculos agarrotados, parecen de cemento.

Tengo que pensar cómo colocar una pierna delante de la otra. Cuando acepté, no esperaba esto, no fui consciente de lo nervioso que me pondría. Ya hace tres días, pero parece que hubiera sido recién.

—¿Juan? ¿Cómo estás? Soy Lucas, te llamo para avisarte que te puse en la lista este finde, ya sabés que se me cayeron los tres de abajo y no tengo reemplazo, así que… ¿cuento con vos?

—Yo… eh, sí, sí, claro.

—Genial, te espero esta noche, y… felicitaciones.

Desde entonces no dormí más. Pero ahora me siento inseguro y una buena parte de mí quiere rajar, desaparecer, no sé, disparar para algún lado. El escuchar mi nombre por los altavoces hace que me dé cuenta de que no puedo irme. Ya no. Pero Juan “¿No quisiste esto desde que eras un pendejo?, Tranquilo, que lo peor ya pasó, ahora nadie se va a fijar en vos”, me digo.

Comienza el partido y me relajo sólo un poco porque, cada vez que veo esta camiseta, siempre me sale el hincha de adentro y un nudo en el estómago se queda conmigo hasta el pitazo final. Siempre que el viejo gritaba, puteaba y saltaba en estas butacas, o frente a la tele, yo estaba seguro de que le faltaba un tornillo. Hasta que empezó a pasarme a mí.

Pero ahora no estoy en esas butacas allá arriba, estoy en estos asientos del banco de suplentes que parecen el trono de un rey. Ahora ya no puteo, aunque dan ganas, estoy del lado de los puteados. Y hoy putean, y mucho, porque las cosas no están bien, todo salió al revés. La angustia de siempre me llena el pecho.

2.

Minuto 38, segundo tiempo. Hace cinco que terminamos de calentar y volvimos todos a sentarnos. Pero Lucho se cae y no se levanta. Lo veo ahí tirado. “¿Qué te pasa Lucho?, dale, levántate”, suplico. Un codazo del compañero de la derecha me sacude.

—¡Juan!

Volteo hacia la izquierda y veo que Lucas habla con Emanuel, y los dos me miran. Me miran a mí. Emanuel empieza despacio a caminar hacia acá. ¡Puta madre! Se pone a 10 centímetros de mi cara y me dice:

—Juan, cambiate que entrás.

Lo escucho sin oírlo. Otra vez agarrotado, no puedo moverme, tengo los músculos de cemento.

—¡Dale, pibe, ponete las pilas! —grita Emanuel

Estoy a punto de decirle que no, que no puedo moverme, cuando siento que me levantan dos brazos, uno de cada lado, y así, como en el aire, me encuentro de pie, me dan un empujón y camino. Emanuel se da vuelta.

—¿Pensás entrar con la campera? ¡Vamos gil, que está jodida la cosa!

Me saco la campera y llego hasta Lucas.

—Escuchame Juancito, no pensaba que iba a pasar esto, pero necesito que tengas la cabeza fría y hagas lo que sabes hacer. Ves que está todo mal, y vos vas a ser el último hombre, yo sé que estás cagado en las patas, pero quiero que te quede claro que, si te traje, es porque te tengo confianza y sé que vas a poder, así que dale, tomá el número, entrá y rompela.

Otra vez las malditas piernas que se resisten a darme bola. Como puedo, llego hasta la línea de cal.

3.

—Tranquilo, pibe —me dice el cuarto árbitro al verme la cara —, un toque y entrás.

Me tiembla todo

—Bajá un cambio, nene, que vas a estar bien — dice el cuarto árbitro—, mirá que esto no te lo olvidás más.

Entonces levanto los ojos y miro. El estadio Monumental ruge como una bestia herida. Perdemos con Boca 1 a 0 y jugamos con 10. Faltan cinco minutos y se lesionó el único central que quedaba en la cancha, Lucho. No estaba en los cálculos de nadie que entre un pendejo de 16 años recién cumplidos, que no jugó ni un minuto en Primera, y que hasta ayer nadie conocía, o sea, yo.

La pelota se va por el fondo y el cuarto árbitro levanta la bandera:

—Dale, pibe, entrá que el otro ya salió.

Siento los murmullos de todo el estadio, y, como puedo, voy a pararme al lado del cinco, afuera del área.

—Quédate acá, nene, y cubrime; yo salgo primero.

Asiento con la cabeza, sin poder hablar. Hay un corner a favor y me dice:

—Quédate que subo yo.

Me quedo en el círculo central y espero. No corrí ni cinco metros y el corazón me late a mil. El corner lo tiran mal, el diez de ellos recupera la pelota y, con campo libre, sale disparado hacia donde estoy yo. Lo veo venir y dudo entre salirle o correrlo a la par. Decido salirle, lo cruzo, y me deja pagando, se va hacia el arco, solo. Entre el arquero y él, nadie. No pienso, lo corro. Está cinco metros adelante y vuela como si recién empezara el partido. “Juan, vos podés”, me digo y las piernas antes entumecidas ahora están livianas. Corro como nunca corrí.

El delantero se acerca al área y veo al Pichi dudar si salir o no; me mira con ojos desolados y se queda. Lo alcanzo sobre la línea del área. Me la juego: o penal y expulsión, o zafar por un minuto más. Vuelo con los pies hacia delante mirando fijo la pelota, pero el hijo de puta adivina mi cruce, me salta y yo quedo desparramado viendo cómo se va al gol. Ahora sí el Pichi le sale, él lo esquiva hacia la izquierda, pero se abre mucho y la tira afuera, casi besando el palo.

Respiro.

—Levantate, pibe— me dice el capitán.

Me duele todo.

Deben quedar 30 segundos de los cinco que dio de descuento y la tiran al corner. El último. Me quedo parado en el mismo lugar de la otra vez y escucho que el Pichi grita desde atrás:

—Andá, nene, que no hay tiempo.

Me quedo quieto.

—¡Dale, pendejo boludo!

Corro y busco un lugar en el área grande, me ubico donde voy siempre, en el primer palo. Aunque sé que no puedo esconderme en el área con mi metro ochenta y cinco, el golpe desde atrás no me lo esperaba. Giro y veo al seis de ellos.

—Saltás y te quiebro, pendejo de mierda —dice y le creo.

Patean el córner, la pelota irremediablemente viene hacia mí, no pienso, salto, y un mazazo en las costillas me dobla en dos. Pierdo el equilibrio y cuando voy cayendo hacia adelante la pelota me rebota en la nuca, un instante antes de chocar la cara contra el pasto y sentirlo entre los labios.

Con la cara hundida en el piso, escucho el rugido más fuerte que jamás oí y una montaña humana me cae encima. El ruido es ensordecedor, todo el mundo me abraza y yo, yo no entiendo nada. Hasta el árbitro se me acerca y me da la mano.

Se me cruzan mil imágenes: el papi, la mami, los viajes, la pensión, el esfuerzo. Me parece que voy a llorar como un boludo. Y sí, lloro.

Al otro día los diarios titularon: “El jugador más joven en marcar un gol en el superclásico”. Juancito.

Desde Ituzaingo hasta Marte – El final-

Desde Ituzaingo hasta Marte – El final-

Capítulo 12

Volver a ver la superficie fue una experiencia liberadora. Fueron tres días de incertidumbre y encierro en esa cueva llena de sorpresas que nos refugió. El cielo lucía despejado hacia el sur, pero sobre nosotros, hacia el norte, la oscuridad era total y sólo el saber que la nube negra se alejaba se sobreponía al espanto que nos causaba contemplarla. Salimos con una duración de viaje estimada de 20 horas y teníamos aire sólo para 10. Era imperativo que el oxígeno estuviese donde teníamos la última lectura del dron, aunque una cosa era lo programado y otra donde hubiese caído en el medio de semejante tormenta.

—Está desconocido el paisaje, parece otra parte de Marte —señalé.

—Lo veo complicado esto —dijo Marga—, sin GPS es como ir en medio de la niebla.

Luego de quince minutos de avanzar sobre la incertidumbre, una sonrisa se dibujó en el rostro de Adam:

—¡Lo conseguí, tenemos contacto con el satélite!

—¡Esa! —dije: con el satélite encontraríamos el oxígeno y el boleto de regreso a casa.

—Mmm, no detecto ningún dron; debe ser el trasponder de largo alcance, se debe haber roto en la caída —señaló Adam—. Lo único que nos queda es que funcione el localizador de corto alcance, pero tenemos que estar dentro de los dos kilómetros de su posición, tendremos que pasar cerca para detectarlo.

—Vamos a donde tendría que haber caído —dije.

Marga y yo nos alternamos en la conducción sin detenernos. Aunque el desplazamiento fue lento para permanecer detrás de la tormenta, el conducir con el GPS satelital era una maravilla, así que nos dirigimos a la supuesta ubicación del dron.

—¡Lo tengo! —dijo Gus—, 12 grados norte, rumbo 660.26, ahí están los tubos, a dos kilómetros.

—¡Vamos! —gritó Marga.

Cuando llegamos nos quedaba aire para 30 minutos. Adam y Gus se enfundaron los trajes y salieron a buscar los tubos. Los movieron con dificultad y los empalmaron a las terminales externas, mientras Marga monitoreaba el llenado de los tanques.

—70 por ciento, 75, 78, 84, 93, 98, hecho. Tenemos autonomía por 30 horas.

—Tanques fuera —dijo Adam, y descartaron los tubos, cerraron los empalmes y abordaron de nuevo.

—Rumbo 450, dirección Marinelis —ordené.

Y allí fuimos. El camino fue menos complicado de lo que esperábamos. A unos 10 kilómetros establecimos contacto con la base y la alegría de volver a escucharnos se hizo notar a ambos lados de la pantalla. Casi 80 horas después de la partida arribábamos a Marinelis, exhaustos pero felices. Lo habíamos logrado. Traíamos con nosotros el descubrimiento más sorprendente de toda la historia.

Capítulo 13

La verdad es que pensamos lo peor, que no lo habían logrado —dijo Iván y nos abrazó uno por uno—. Sentimos mucha impotencia por no poder salir en ayuda, pero realmente evaluamos evacuar la base por intensidad que alcanzó tormenta.

—Tenemos mucho que contarte, Iván —le dije.

—¡Cuánta misterio! Cuenten entonces, soy todo oídos.

Comencé el relato de nuestros descubrimientos. Al culminar, Iván estaba conmovido.

—¡No lo puedo creer! Ignacio, muchachos —nos miró a todos—, ustedes cambian historia, ¿dan cuenta de lo que hicieron?

En las siguientes semanas, todo los del equipo de análisis biomolecular y de microbiología se dedicaron a analizar el material y concluyeron que realmente la vida hallada en las profundidades de la caverna no era contaminación, sino que efectivamente era vida marciana. Iván pidió una videoconferencia con Moscú, Washington y Houston.

—En línea, comandante.

—Estimados colegas: quiero que ustedes sean partícipes de un descubrimiento asombroso: hemos encontrado vida bacteriana y agua en el subsuelo del planeta Marte.

Lo que siguió fue emocionante: el hallazgo nos obligaba a todos a replantear las ideas que nos habían llevado hasta ese momento de la historia. Luego de la euforia y las emociones, la Tierra solicitó el envío de las muestras, que fueron recibidas en una de las estaciones espaciales que se hallaban en órbita terrestre, donde las analizaron de nuevo y, después de las conclusiones positivas, lo comunicaron al mundo.

Meses después, en un acuerdo logrado en la ONU, se tomó la decisión de emplear todos los recursos de todas las bases existentes en Marte, en un esfuerzo conjunto, para determinar los alcances del descubrimiento y su extensión en el subsuelo del planeta.

Yo, por mi parte, tenía mis propios enigmas.

EPÍLOGO

7 de marzo de 2059

El viento sacudía los pinos y el primer frío del año se dejaba sentir mientras yo subía por el camino del bosque a la cabaña que daba sobre el lago de Villa la Angostura. Cuando llegué a casa, dejé las bolsas del mercado en la cocina y me senté a seguir escribiendo. Eran los tramos finales de mis memorias marcianas, lo que me daba un poco de nostalgia, ya que siempre me costó concluir las cosas.

Miré la ventana que daba al lago. Todavía me maravillaban los paisajes. Volví la mirada a la pantalla:

_Marte es hoy un planeta colonizado por los habitantes de la Tierra en forma masiva, habitado por alrededor de dos millones de seres humanos. El descubrimiento de vida realizado por nuestro equipo fue más vasto que lo esperado y posibilitó que establecerse en Marte sea mucho más sencillo de lo imaginado. Ahora es nuestro segundo hogar en el cosmos. _

Escuché sus pasos correr hacia mí, giré y lo alcé en brazos.

—Papi, dale, deja de escribir, vení con nosotros a jugar un rato —dijo Sebastián.

—Dejá a papá tranquilo, que tiene mucho que contar —dijo Marga, tomándolo de la mano.

—Que, ¿va a escribir de mi hermano? —pregunto curioso—, ¿otra vez?

—De ustedes también escribe, quédate tranquilo, dale, vamos que te preparé chocolate caliente con tostadas.

Fueron hacia la cocina y quedé nuevamente solo, pensando en las aventuras de Marte, en el amor que nos atrapó y la familia que formamos.

La familia del primer ser humano concebido y nacido en Marte.

Nuestro hijo mayor, Emiliano.

El marciano.

Desde Ituzaingo hasta Marte- capítulo 11-

Desde Ituzaingo hasta Marte- capítulo 11-

Después de un rato de relajarnos y comer una rica carne con papas al horno, empecé a hablar:

—Chicos, tenemos que decidir algo importante, que nos afectará a todos y quiero consensuar con ustedes, no ordenar —los miré a los ojos—, porque nuestro futuro depende de lo que decidamos hoy. Ya hicimos historia, pero para que los demás lo sepan tenemos que dar otro paso. Desde que llegamos, no he dejado de pensar cómo haríamos para volver con la tormenta y lo que acabamos de ver nos deja en principio dos opciones: uno, salir ahora con la tormenta encima pero, en estas condiciones, creo que no llegaríamos; o, dos, esperar a que se nos acabe el aire y morirnos ahogados.

—¿Entonces? —preguntó Marga.

—Tenemos seis horas para descansar y después les propongo explorar la caverna y ver si el aire es mínimamente respirable y si, con los filtros biológicos y de gases tóxicos, podemos sobrevivir en ese pozo las seis u ocho horas que nos faltan hasta que pase la tormenta, dejando las reservas de aire de Ulysses sin tocar para poder volver a salvo. Esa es mi idea, pero los escucho, no voy a decidir esto solo.

—Me parece arriesgado, pero mejor que quedarnos acá a ver cómo se nos acaba el aire —dijo Adam.

—Existe la posibilidad de que, adentrándonos en la caverna, el aire sea más respirable aún —Gus se entusiasmó.

—¿Brandon?—pregunté.

—Me parece un poco riesgoso, aunque todo ha sido así desde que salimos de la base; qué más da una más, estoy de acuerdo.

—Una última consideración —agregué—: seis horas de sueño y comprobamos si la tormenta amainó, como para ver si tenemos acceso al satélite que nos permita comunicarnos con Marinalis y, de ser así, vemos si pueden enviarnos rescate a mitad de camino.

Todos se mostraron de acuerdo. Después de cenar, preparamos todo para la siguiente jornada y nos fuimos a nuestras literas. Pero yo necesitaba… tenía que estar seguro de que no había vivido un sueño, así que, luego de esperar que todo se aquietara, salí de mi litera en la penumbra y fui hacia la de Marga. La puerta estaba entreabierta. Entré.

Ella esperaba, desnuda. Sus ojos cargados de deseo me recibieron, me quedé un instante quieto, la tomé de las manos y la recorrí con la mirada por primera vez, su belleza, su armonía, sus curvas, y me di cuenta cuánto lo había deseado y que nunca me había permitido sentirlo así.

Despacio me acosté junto a ella. La abracé fuerte, nuestras miradas se buscaron de nuevo y empecé a besarla, los ojos, la frente, los labios, la boca, el cuello, a hundir mi cara entre sus pechos, sentir su piel caliente, saborear su aroma, su respiración, la mía. Si hubiese habido alguna posibilidad de detener el tiempo por un momento, ese hubiera sido el instante elegido, allí, con su corazón latiendo en mi oído, quedarme para siempre así. Ella tomó mi rostro, sus uñas clavadas en mi piel y me besó.

La apreté con mis manos y la escuché susurrar:

—¿Por qué tardaste tanto?

Nos unimos, fue suave y en silencio. Era un sueño, no, no era un sueño. Me quedé dormido.

Cinco horas y media después, el reloj vibró en mi brazo. Seguíamos abrazados y ella dormía. Me despegué como pude, Marga se movió un poco y la besé. Entreabrí la puerta. Sólo se oía el ruido del aire acondicionado.

Me cambié y fui hasta la consola principal, toqué la pantalla y se iluminó con letras rojas. Un mensaje de Marinelis:

AQUÍ MARINELIS. INTENTANDO CONTACTO. ENVÍO DE DRON HACE 4 HORAS. TORMENTA GRADO 5 OCUPA CUARTO DE SUPERFICIE. DRON RECORRE 25 KM Y PERDIMOS CONTACTO. SUPLEMENTO DE OXÍGENO EN SUPERFICIE. COORDENADAS ESTABLECIDAS. MARCACIÓN POR 48 HORAS. ORDEN DEL COMANDANTE ESPERAR 24 HORAS Y SALIR LUEGO. MARINELIS FUERA. FIN DE MENSAJE.

El mensaje era de 18 horas atrás. Parecía que íbamos a sobrevivir nomás, volvíamos a tener futuro, y no pude menos que pensar en Marga. Venía el tiempo de hablar… y francamente no sabía cómo abordarlo.

Con todo el vértigo de lo que había pasado la última semana, no había podido detenerme a pensar, pero sentía cosas. Recién después de escuchar el mensaje de la base, podía soñar un futuro juntos. “Me parece que me estoy enamorando, ¿yo?”, pensé, mientras oía movimientos entre los muchachos, que se sorprendían de verme levantado con una sonrisa.

—¿Qué? —preguntó Marga.

—Contacto –señalé la pantalla.

Todos miraron con asombro.

—Me parece que tenemos pasaje de vuelta —señalé—. Marinelis nos dejó oxígeno a mitad de camino a la base, la aventura va a ser menos dramática de lo que pensábamos.

—¿Cómo pasó? —preguntó Gus.

—No sé, simplemente me levanté y vi esto en la pantalla, parece que están un poco preocupados por nosotros, es de 18 horas atrás.

—¿Y ahora?— preguntó Brandon.

—Cumplimos con el programa para hoy, pero no nos quedamos en la caverna, nos vamos a arriesgar a ir al encuentro del aire. Nos marchamos detrás de la tormenta, y a cruzar los dedos para encontrarlo.

—¿Cruzar los dedos? —dijo Gus.

—para tener suerte, argentinismo —dije.

Desayunamos huevos revueltos, que estaban muy buenos, con tostadas con queso, y luego comenzó el complicado protocolo de vestirnos para salir. Por primera vez desde que habíamos salido de la base, se respiraba un clima distendido. Marga se sentó a mi lado, y me miró con esos ojos cómplices.

—¡Oh, the lovers! —señaló Adam—, pueden besarse, si quieren, chicos, que acá no somos ingenuos, ¿muchachos? —miró al resto de la tripulación, quienes reían, mientras Marga era un semáforo en rojo, y yo no sabía qué decir…— Chicos,_ no problem_, esto no sale de acá, pero aguanten un poco, que todos estamos un poquito necesitados…

—Es que… —dije.

—Espero que se hayan cuidado; si no, la vida que vamos a encontrar va a ser medio gaucha y medio torera —dijo Gus.

—¡Joder, tíos, que no me apetecen los toros! —dijo Marga y todos se rieron.

—¡A brindar por el primer marcianito vertebrado! —dijo Adam y sacó de su bolso una botellita de champagne francés—, ésta la traje para festejar nuestro regreso pero creo que la ocasión lo vale. Brindemos, pues, en honor a lo que hemos descubierto y al amor de nuestros queridos compañeros y colegas.

Brindamos y nos saludamos, la noticia de la mañana nos había distendido bastante.

—Bueno, tenemos que completar nuestra última salida, a ver si podemos juntar algún dato más.

Así fue que organizamos la última etapa de la misión. Salimos y exploramos más que la primera vez. Parecía haber un mundo subterráneo lleno de vida, que había estado todo ese tiempo bajo nuestros pies, sin que nos hubiéramos percatado. No pudimos llegar mucho más lejos, pero con los datos recabados inferimos que no sólo existía vida bacteriana sino también invertebrada. Así, después de dos días extenuantes que me parecieron muchos más, nos disponíamos a partir.

—Adam, ¿cómo están las condiciones? —pregunté.

—La tormenta cesó, acá por lo menos; si salimos en una hora estaremos unos diez kilómetros detrás de ella, no sé cómo estará la superficie y el camino, pero le tengo confianza a Ulysses… Y también a nuestros pilotos.

—Yo también cuento con ellos —dije.

Terminamos las rutinas de salida, cargamos el material que habíamos recogido de la última exploración, cerramos todo y nos dispusimos a partir.

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

—¿Todos listos? —pregunté—, ¿Adam?

—Listo y aguardando.

—¿Gus?

—Preparado

—¿Brandon?

—Señor.

—¿Marga?

—Toda suya, señor.

“Qué guacha”, pensé, “mirá lo que me dice”.

—Muy bien. Salimos y nos conectamos los arneses; yo voy adelante, Marga cierra formación. Atención: vamos en la dirección del viento y, despacio, recolectamos la mayor cantidad posible de datos y en cuatro horas volvemos.Pasamos a la cámara de descompresión y bajamos. Cerré con cerradura codificada y salimos. Cuando nos reunimos con Adam, avanzamos hacia la oscura profundidad con los reflectores encendidos. La caverna era parecida a cualquier cueva terrestre, pero no había humedad, todo estaba seco. Avanzamos trescientos cincuenta metros. —¿Altitud? —pregunté.—Descendimos 50 metros —dijo Gus.—Medición de gases. —En curso… Dióxido de carbono 18%, Nitrógeno 65%, Oxígeno: 19,9%, Inertes nada, casi respirable, si no fuera por el dióxido de carbono. Temperatura, 12 grados.—Tomemos una muestra microbiológica.—Enseguida —dijo Adam—, va a estar lista en 10 minutos.—Nos acercamos a una bifurcación en 240 metros —dijo Marga.

—¿todos bien?—Interrogué—¿Gus? Te noto respirar muy rápido, desacelerá porque te vas a quedar sin oxígeno

— me siento un poco encerrado, el traje, está cueva cada vez más estrecha, me siento un poco claustrofóbico, ya me calmo.

Seguimos adelante con cuidado, se veía poco y nada

—Ignacio tengo el resultado, es definitivamente positivo, son bacterias gram positivas, y muchas. —Escuchen todos, estamos expuestos a un gran riesgo biológico, seamos cuidadosos —anuncié.—No son de la Tierra, chicos, no las reconoció el programa, pero son muy similares al estreptococo.Llegamos a la bifurcación y eran dos caminos que seguían hacia abajo.Pedí lecturas y Gus dijo:

—La de la derecha baja unos 30 grados, temperatura 18 grados, composición atmosférica varían muy poco, baja un poco el dióxido de carbono, ¿qué carajo pasa allá abajo? ¿De dónde sale el viento? — Gus siguió con sus deducciones—La actividad volcánica no puede generar atmósfera, y no se que impulsa el viento, quizás diferencia de presiones…

—Decime para que lado— interrumpí

—La de la izquierda baja 60 grados y la temperatura es de 21 grados hasta donde alcanzamos a detectar, que son 800 metros. No aconsejo ese camino, costaría mucho subir de regreso.—Bueno, vamos todos hacia la derecha, avanzamos según el plan —ordené.Al bajar, se empezó a estrechar el camino, pero todavía íbamos cómodos.

El piso se sentía raro como pegoteado, ¿es humedad?

—¡Shhhh! —dijo Marga—, silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gus.

—Escuchen, es como un zumbido, ¿lo oyen?

Subimos los micrófonos del traje… Y se escuchaba

—Cincuenta metros adelante.

Todos estábamos inquietos, acostumbrados a que el único sonido de Marte era el viento. Llegamos a otra bifurcación

—Viene de atrás de esa pared —dijo Brandon.

—Tenemos 15 minutos antes de empezar a volver —dije.

Marga empezó a pegarle con el martillo a la pared.

—¡Pará, Marga! No, no —dije.

Se oyó un crujir de la pared, que se empezó a rajar y se desmoronó un trozo, que cayó pesadamente al lado mío y el sonido creció mucho. Pensé que iba a salir alguna especie de monstruo marciano.

—¡Es líquido! —gritó Marga—, es…¡agua!.

—A ver, déjame ver —dijo Gus—, parece —recolectó una muestra y esperamos ansiosos el resultado.

Empezó a hablar el analizador:

Composición de la muestra, agua terrestre, coincidencia 99,87%, potable, apta para consumo humano._

—¡Un río de agua! —dijo Gus.

Entonces sonó mi alarma.

—Terminó el tiempo —dije—, tomá varias muestras y volvemos, ah, y una muestra de aire también, después la analizamos.

Regresamos a Ulises.

Habíamos logrado determinar que el aire era casi respirable. Encontramos vida, sin dudas marciana, y un río de agua potable.

—Hicimos algo histórico, equipo, los felicito. Mañana trataremos de conseguir algún dato más.

Teníamos 36 horas para volver a la base Marinelis. Si nos dejaba la tormenta.

—Adam —dije—, cuando lleguemos al vehículo quiero que hagamos una excursión a la entrada de la cueva, vamos a ver y medir el grado de la tormenta.

—De acuerdo —contestó.

Subir fue arduo, nos llevó tres horas. Llegamos cansados y hambrientos.

—Vayan cargando todo el material y nos reunimos dentro de Ulises en 30 minutos.

—Ok —dijo el resto.

Con Adam nos dirigimos los 20 metros que nos separaban de la entrada principal. A medida que nos acercábamos, era más difícil avanzar: caminábamos contra un muro de aire.

—¿Velocidad del viento?

—150 km por hora.

—¡Mierda!, ¿se puede soltar el sensor para que evalúe la magnitud de la tormenta?

—Es posible, pero lo perderemos… y es el último.

—Tenemos menos de 34 horas para llegar antes de que se nos acabe el aire, contamos con 12 a 14 de viaje, en 20 horas tenemos que salir de este pozo.

—Vale, ¿lo suelto?

—Dale.

El sensor voló y se perdió en el viento apenas atravesó la entrada; recibimos datos durante 15 segundos, pocos pero suficientes.

—Almacenados —dijo Gus.

—Vamos —dije y rotamos en dirección a Ulysses.

Todas las miradas estaban puestas en el monitor principal que parpadeaba, hasta que se iluminó.

—¡Por Dios! —exclamó Marga.

Lo que se veía era todo negrura, pero eso no era el problema.

—¿Velocidad de la tormenta?

—En dos horas pasará el ojo de la tormenta por aquí, podremos salir de acá dentro de… 24 horas.

—No nos alcanza el tiempo —dije.

El dron salió de Marinalis en dirección a las cavernas. Recorría kilómetros en contra del viento y de los remolinos que pugnaban por detenerlo, y el peso de su carga volvía mucho más difícil mantener la estabilidad. Primero perdió contacto con la base, después el rumbo y finalmente la velocidad, hasta que cayó y se enterró en un montículo de arena. Treinta segundos después se activó el localizador de corto alcance, el único que funcionaba después del impacto. Pero para detectarlo había que estar a menos de dos kilómetros de distancia.

DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

A las 4:30, hora marciana, sonó la alarma de mi reloj. Entreabrí los ojos y me dolía cada porción del cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Todavía sentía su perfume en mi piel. “¿Nos habrán escuchado? Se que transgredí doscientos mil reglamentos militares de dos planetas”.

—Ignacio —dijo Gus—, arriba, desayuno listo y caliente.

—Voy.

Me vestí con todo el traje, salí de mi litera y allí los vi, a los cuatro, desayunar huevos y panceta disecados. Marga me saludó como cualquier otro día, no percibí en ella ningún signo de complicidad, ni mirada, ni gesto, nada.

—Buen día —dije.

—Hola, Ignacio. Ya desayuné, si te parece —dijo Adam—, puedo salir hasta la entrada y ver qué pasa ahí afuera.

—¿Estás listo?

—Sí, ya estoy.—dijo mientras terminaba de ajustarse el traje

—Dame diez, que como algo, y salís.

—Ok, espero.

Comí con hambre y rápido. Los huevos no lucían bien pero estaban muy ricos.

—Bueno, vamos —le dije—, procedé con cuidado y mantenete en línea permanente, con la cámara encendida.

—Son quince metros…

—Doscientos kilómetros por hora era el viento anoche.

—Dale, tenés razón.

Adam fue a la cámara de descompresión. Todos nos terminamos de preparar sin sacar un ojo del monitor. Cuando Adam empezó a transmitir, lo que vimos fue perturbador: noche cerrada en pleno verano a las seis de la tarde.

—Viento: velocidad…. 250 km por hora.

—¡Puta madre!, salí de ahí Adam, volvé.

—Esperá—dijo Adam—el sensor del traje me indica viento a mi espalda, voy a sobrepasar a Ulises y avanzar diez metros hacia el interior.

—Copiado, pero con cuidado, por favor.

Fue hacia el recodo de la cueva. En pantalla, lo vimos estirar su brazo hacia la oscuridad que había hacia su derecha.

—¡Hay viento! —gritó—. ¡Chicos! ¡viene viento desde dentro de la cueva!

—Extendé el sensor —ordené.

—Midiendo…

Los datos se transmitieron a la consola central:

Composición de muestra gaseosa_

Dióxido de carbono … 25%_

Nitrógeno…58%_

Oxígeno …17% _

Inertes …. Trazas_

Se agachó y tomó una muestra de tierra de la cueva, la colocó en el analizador primario y esperó_

Análisis microbiológico … Actividad bacteriana tenue positiva, viral negativa._

—¡Dios mío! —alcancé a decir.

—¡Hay vida en esta roca, encontramos vida!, ¡carajo! —gritó Gus.

—¡Hostias! —gritó Marga, mientras saltaba.

—Es preliminar muchachos, puede ser contaminación, bajen un poco la marcha— dijo Adam

—Es verdad—reconocí—Adam, acércate a Ulises, por favor; en 10 minutos estamos ahí.

Miré al resto

—Todos a trabajar, tenemos en nuestra puerta uno de los posibles hallazgos más importantes de toda la historia, no podemos equivocarnos.

—Sí, Ignacio —corearon todos.

En medio de una excitación de estudiantes, apurados por salir al nuevo mundo, me estaba poniendo el casco cuando mis ojos se cruzaron con su mirada. Ahí supe que no había sido un sueño, y también intuí que empezaba a vivir uno… O quizás dos.

Desde Ituzaingo hasta Marte -capítulo 7-

Desde Ituzaingo hasta Marte -capítulo 7-

A las 5 a.m. del día 226 del año marciano 21, el vehículo Ulises 2 partió con rumbo noroeste bajo mi mando, con Marga como primera oficial

—¿Cómo estamos, equipo?

—Ansiosos, jefe, vamos ya para adelante —dijo Adam.

—¿Marga?

—Todo en orden, listo para partir, conecto temporizador. T : 72 hs conteo descendente, inicio ahora.

Ulises, que desde afuera parecía un mezcla de tanque con motor home, comenzó a desplazarse entre el polvo y las rocas a una velocidad que oscilaba entre los 4 y 7 km por hora. Mi atención estaba dividida entre el radar y el visor delantero.

—¿Viento? Cuesta moverlo.

— 50 km/h dirección sudeste, lo tienes de frente, Ignacio.

—Nos va a retrasar si sigue.

—Tiempo estimado de llegada, 14 horas.

—Nos deja un margen de poco más de dos días para trabajar en el agujero.

—Creo que 48 horas son suficientes —intervino Adam.

—Todo depende de la profundidad que encontremos —agregó Brandon, el otro geólogo integrante de la dotación.

—Tenés razón, veremos —dije.

Las siguientes siete horas discurrieron sin complicaciones. Marga condujo durante dos mientras yo dormía plácidamente. En un momento sentí que me sacudían del hombro.

—¿Qué pasa?

—Marga te requiere, Ignacio.

En un minuto me pusieron al tanto de la situación: un declive inesperado para la misión. Debemos rodearlo si no queríamos volcar.

—¿Cómo viene la tormenta? —pregunté ya despabilado.

—Acercándose lentamente, pero parece que la velocidad es menor, aunque aumentó el volumen y eso me preocupa un poco —respondió Adam.

—¿Tiempo de contacto?

—36 horas, señor.

—Vamos a rodearla, no quiero tomar riesgos, pero quiero un ojo en la tormenta todo el tiempo, no más sorpresas y no te fíes de las máquinas solamente, usa los ojos y los binoculares. Entramos, pasa la tormenta y regresamos.

—Señor, al bajar por la pendiente perderemos contacto con la base. Dependeremos de los satélites, hasta donde se pueda, porque una vez que la tormenta esté arriba no tienen más señal, y además hay otra cosa, y es que al bajar al valle también perderemos contacto radial con Marinelis.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Depende, pero más o menos seis a ocho horas. Estaremos solos —dijo Marga.

—Pasame con el comandante.

Iván lo autorizó.

—Comprendido, Marga, adelante con maniobra de rodeo.

—Sí, Ignacio.

El vehículo comenzó el descenso lateral unos cuatrocientos metros hacia abajo y a la derecha, llegó a tener una inclinación de treinta grados, pero sin comprometer seriamente la estabilidad.

—Contacto con Marinelis interrumpido, señor —dijo Gus.

—Enterado.

Nos sumergimos en un lugar desconocido, donde aún no había cartografía dado que no se había pensado en la zona como algo relevante. Sin cartografía, sin radio y con satélites intermitentes. Avanzamos con dificultades y tuvimos que rodear aún más de lo que pensamos.

—El radar está confuso, creo que la radiación electromagnética de la tormenta nos está afectando —dijo Gus, acelerado.

—¿Dónde está la tormenta? —pregunté.

Los macizos montañosos no nos dejaban ver con perspectiva.

—Según el satélite, está a unos 50 km, pero hay viento de 40 km por hora en nuestra dirección y en aumento.

—¿Resistirá el drone? —pregunté.

—Sí, hasta 80 —dijo Gus.

—Envíen el drone uno.

—Drone uno afuera.

El drone se elevó raudamente, alcanzó los cuatrocientos metros de altura y apuntó en la dirección del viento.

—¡Dios mío! —exclamó Marga.

Una negrura enorme que ocupaba dos tercios de cielo, atravesada por rayos y descargas eléctricas, llenó la pantalla del vehículo. El grado de la tormenta era 5 y, según los datos que llegaban a la computadora, abarcaba un cuarto del planeta. Una catástrofe potencial.

—Tenemos que volver —afirmó Brandon.

—Abortando misión —ordené.

—Espera —dijo Marga, sumida en cálculos matemáticos frente a la computadora de navegación.

—¿Marga?

—Estamos a 42 kilómetros de la base y viajando a la máxima velocidad en subida tardaríamos cerca de diez horas en llegar, por los cálculos de velocidad de la tormenta, ésta nos alcanzaría una hora antes de que llegáramos; no sobreviviríamos una grado 5. Ahora bien, estamos a ocho kilómetros de las cavernas, si arriesgamos y vamos lo más rápido que nos dé la máquina, llegaríamos 30 minutos antes que ella, con el tiempo suficiente de refugiarnos allí hasta que pase.

—Llegaríamos muy jugados —dijo Gus.

—Hagámoslo —dije—, a toda marcha, todos sentados y ajustados.

—Hecho —dijo Marga—, rumbo 246 sudoeste, velocidad 20 km por hora, tiempo estimado de llegada, dos horas.

Conduje lo más concentrado que pude. La visibilidad era casi cero y el viento sacudía el vehículo hasta que sentí los brazos como piedras, mientras trataba de mantener la dirección. La tormenta se acercaba más rápido de los calculado.

—¿Cuántos drones tenemos con radar? —pregunté.

—Uno, señor, pero no va a aguantar este viento.

—Marga, ¿cuál es la última posición que teníamos de la caverna más cercana?

—Tendría que estar… —levantó la mirada y señaló hacia el frente de la pantalla anterior— ¡justo ahí!

Allí estaba, se veía claramente la cueva sobre una elevación de unos cincuenta metros con la entrada apuntando hacia nosotros y en contra del viento.

—Marga , calculá el diámetro de la entrada y el ángulo.

—Listo, tres metros y medio de alto, cinco de ancho —sonrió— ¡entramos!

El viento nos sacudió fuerte y la visibilidad era casi nula. Encendí los reflectores infrarrojos y aceleré.

El vehículo chocó contra una piedra y perdí la vertical, pero me salvaron los estabilizadores laterales que, con toda potencia, equilibraron el vehículo, y de un salto entramos en la cueva casi diez metros, donde todo se estabilizó.

—¡Eh, bravo!

Aplausos de todos, nos estrechamos las manos. Marga me miró y dijo:

—Parece que el Mayor hizo un curso de salvación personal de la señora española que suele acompañarlo últimamente.

Sin previo aviso, me besó.

—¡Ey, yo también ayudé! —protestó Gus.

—Te lo has ganado, hombre, pero sin malacostumbrar —me dijo y después giró hacia Gus—, ¿y tú Gus qué miras?

—¡Nada!

—Que es una broma, hombre, joder —y le dio un beso por mejilla.

—En serio, Gus, ¿cuánto estimas que durará la tormenta? —pregunté.

Se volcó sobre la consola principal y escribió datos. Nos miró serio.

—Creo que con la extensión que tiene ahora, mínimo cuarenta y ocho horas.

Nos miramos y se nos fue la sonrisa a todos. Teníamos provisiones para una semana, agua para cuatro días y aire para tres.

Quedaban dos días y seis horas.

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