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Desde Ituzaingo hasta Marte- capítulo 11-

Desde Ituzaingo hasta Marte- capítulo 11-

Después de un rato de relajarnos y comer una rica carne con papas al horno, empecé a hablar:

—Chicos, tenemos que decidir algo importante, que nos afectará a todos y quiero consensuar con ustedes, no ordenar —los miré a los ojos—, porque nuestro futuro depende de lo que decidamos hoy. Ya hicimos historia, pero para que los demás lo sepan tenemos que dar otro paso. Desde que llegamos, no he dejado de pensar cómo haríamos para volver con la tormenta y lo que acabamos de ver nos deja en principio dos opciones: uno, salir ahora con la tormenta encima pero, en estas condiciones, creo que no llegaríamos; o, dos, esperar a que se nos acabe el aire y morirnos ahogados.

—¿Entonces? —preguntó Marga.

—Tenemos seis horas para descansar y después les propongo explorar la caverna y ver si el aire es mínimamente respirable y si, con los filtros biológicos y de gases tóxicos, podemos sobrevivir en ese pozo las seis u ocho horas que nos faltan hasta que pase la tormenta, dejando las reservas de aire de Ulysses sin tocar para poder volver a salvo. Esa es mi idea, pero los escucho, no voy a decidir esto solo.

—Me parece arriesgado, pero mejor que quedarnos acá a ver cómo se nos acaba el aire —dijo Adam.

—Existe la posibilidad de que, adentrándonos en la caverna, el aire sea más respirable aún —Gus se entusiasmó.

—¿Brandon?—pregunté.

—Me parece un poco riesgoso, aunque todo ha sido así desde que salimos de la base; qué más da una más, estoy de acuerdo.

—Una última consideración —agregué—: seis horas de sueño y comprobamos si la tormenta amainó, como para ver si tenemos acceso al satélite que nos permita comunicarnos con Marinalis y, de ser así, vemos si pueden enviarnos rescate a mitad de camino.

Todos se mostraron de acuerdo. Después de cenar, preparamos todo para la siguiente jornada y nos fuimos a nuestras literas. Pero yo necesitaba… tenía que estar seguro de que no había vivido un sueño, así que, luego de esperar que todo se aquietara, salí de mi litera en la penumbra y fui hacia la de Marga. La puerta estaba entreabierta. Entré.

Ella esperaba, desnuda. Sus ojos cargados de deseo me recibieron, me quedé un instante quieto, la tomé de las manos y la recorrí con la mirada por primera vez, su belleza, su armonía, sus curvas, y me di cuenta cuánto lo había deseado y que nunca me había permitido sentirlo así.

Despacio me acosté junto a ella. La abracé fuerte, nuestras miradas se buscaron de nuevo y empecé a besarla, los ojos, la frente, los labios, la boca, el cuello, a hundir mi cara entre sus pechos, sentir su piel caliente, saborear su aroma, su respiración, la mía. Si hubiese habido alguna posibilidad de detener el tiempo por un momento, ese hubiera sido el instante elegido, allí, con su corazón latiendo en mi oído, quedarme para siempre así. Ella tomó mi rostro, sus uñas clavadas en mi piel y me besó.

La apreté con mis manos y la escuché susurrar:

—¿Por qué tardaste tanto?

Nos unimos, fue suave y en silencio. Era un sueño, no, no era un sueño. Me quedé dormido.

Cinco horas y media después, el reloj vibró en mi brazo. Seguíamos abrazados y ella dormía. Me despegué como pude, Marga se movió un poco y la besé. Entreabrí la puerta. Sólo se oía el ruido del aire acondicionado.

Me cambié y fui hasta la consola principal, toqué la pantalla y se iluminó con letras rojas. Un mensaje de Marinelis:

AQUÍ MARINELIS. INTENTANDO CONTACTO. ENVÍO DE DRON HACE 4 HORAS. TORMENTA GRADO 5 OCUPA CUARTO DE SUPERFICIE. DRON RECORRE 25 KM Y PERDIMOS CONTACTO. SUPLEMENTO DE OXÍGENO EN SUPERFICIE. COORDENADAS ESTABLECIDAS. MARCACIÓN POR 48 HORAS. ORDEN DEL COMANDANTE ESPERAR 24 HORAS Y SALIR LUEGO. MARINELIS FUERA. FIN DE MENSAJE.

El mensaje era de 18 horas atrás. Parecía que íbamos a sobrevivir nomás, volvíamos a tener futuro, y no pude menos que pensar en Marga. Venía el tiempo de hablar… y francamente no sabía cómo abordarlo.

Con todo el vértigo de lo que había pasado la última semana, no había podido detenerme a pensar, pero sentía cosas. Recién después de escuchar el mensaje de la base, podía soñar un futuro juntos. “Me parece que me estoy enamorando, ¿yo?”, pensé, mientras oía movimientos entre los muchachos, que se sorprendían de verme levantado con una sonrisa.

—¿Qué? —preguntó Marga.

—Contacto –señalé la pantalla.

Todos miraron con asombro.

—Me parece que tenemos pasaje de vuelta —señalé—. Marinelis nos dejó oxígeno a mitad de camino a la base, la aventura va a ser menos dramática de lo que pensábamos.

—¿Cómo pasó? —preguntó Gus.

—No sé, simplemente me levanté y vi esto en la pantalla, parece que están un poco preocupados por nosotros, es de 18 horas atrás.

—¿Y ahora?— preguntó Brandon.

—Cumplimos con el programa para hoy, pero no nos quedamos en la caverna, nos vamos a arriesgar a ir al encuentro del aire. Nos marchamos detrás de la tormenta, y a cruzar los dedos para encontrarlo.

—¿Cruzar los dedos? —dijo Gus.

—para tener suerte, argentinismo —dije.

Desayunamos huevos revueltos, que estaban muy buenos, con tostadas con queso, y luego comenzó el complicado protocolo de vestirnos para salir. Por primera vez desde que habíamos salido de la base, se respiraba un clima distendido. Marga se sentó a mi lado, y me miró con esos ojos cómplices.

—¡Oh, the lovers! —señaló Adam—, pueden besarse, si quieren, chicos, que acá no somos ingenuos, ¿muchachos? —miró al resto de la tripulación, quienes reían, mientras Marga era un semáforo en rojo, y yo no sabía qué decir…— Chicos,_ no problem_, esto no sale de acá, pero aguanten un poco, que todos estamos un poquito necesitados…

—Es que… —dije.

—Espero que se hayan cuidado; si no, la vida que vamos a encontrar va a ser medio gaucha y medio torera —dijo Gus.

—¡Joder, tíos, que no me apetecen los toros! —dijo Marga y todos se rieron.

—¡A brindar por el primer marcianito vertebrado! —dijo Adam y sacó de su bolso una botellita de champagne francés—, ésta la traje para festejar nuestro regreso pero creo que la ocasión lo vale. Brindemos, pues, en honor a lo que hemos descubierto y al amor de nuestros queridos compañeros y colegas.

Brindamos y nos saludamos, la noticia de la mañana nos había distendido bastante.

—Bueno, tenemos que completar nuestra última salida, a ver si podemos juntar algún dato más.

Así fue que organizamos la última etapa de la misión. Salimos y exploramos más que la primera vez. Parecía haber un mundo subterráneo lleno de vida, que había estado todo ese tiempo bajo nuestros pies, sin que nos hubiéramos percatado. No pudimos llegar mucho más lejos, pero con los datos recabados inferimos que no sólo existía vida bacteriana sino también invertebrada. Así, después de dos días extenuantes que me parecieron muchos más, nos disponíamos a partir.

—Adam, ¿cómo están las condiciones? —pregunté.

—La tormenta cesó, acá por lo menos; si salimos en una hora estaremos unos diez kilómetros detrás de ella, no sé cómo estará la superficie y el camino, pero le tengo confianza a Ulysses… Y también a nuestros pilotos.

—Yo también cuento con ellos —dije.

Terminamos las rutinas de salida, cargamos el material que habíamos recogido de la última exploración, cerramos todo y nos dispusimos a partir.

DICIEMBRE

DICIEMBRE

Diciembre es tiempo de Navidad.
Y la Navidad es un tiempo de comienzos,
y el tiempo de comienzos es un tiempo para lo nuevo,
donde lo nuevo es pura potencialidad.

Potencialidad que es esperanza de que el mundo puede ser mejor.
En donde todo se vuelve posible.
Es un tiempo de nacimiento
En que lo nuevo brota sobre lo antiguo que rejuvenece y en
el encuentro se vuelve diferencia.
Diferencia que nos asusta y que nos fascina,
que nos aleja y que nos atrae

Diferencia que nos desafía y nos invita
a salir del escondite
y acercarnos a conocer lo distinto.
Reconocernos en el rostro del otro,
en su mirada y en su aliento,
en su fuerza y en su corazón.

Dios se acerca en nuestra forma, aprendiendo nuestro idioma
para que yo pueda acercarme en tu idioma a vos.
Dios que aprendiendo de nosotros, nos invita a estar cerca,
Dios que se acerca en la ternura de un bebé indefenso,
Dios que elige necesitarnos por amor.
Dios que elige aprender de nosotros descubriéndonos en los ojos humanos de un niño que llora y sonríe

Dios que descubre
el afecto y la palabra,
el amor y la pasión,
el odio y el rencor,
la violencia y el terror,
la angustia y el dolor,
la incertidumbre y la desolación,
Dios que vive humanidad.

Navidad
es un tiempo de invitación a creer que lo imposible puede ser,
porque lo imposible un día se hizo humanidad.
En un niño de Belén
en quien lo eterno se volvió historia,
para que en nuestra historia,
lo impensable se vuelva vida.
Vida que nos encuentra y que nos reconcilia,
que ilumina para siempre nuestra oscuridad
en un Dios que nos abraza y nos invita
a caminar eternidad.

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

—¿Todos listos? —pregunté—, ¿Adam?

—Listo y aguardando.

—¿Gus?

—Preparado

—¿Brandon?

—Señor.

—¿Marga?

—Toda suya, señor.

“Qué guacha”, pensé, “mirá lo que me dice”.

—Muy bien. Salimos y nos conectamos los arneses; yo voy adelante, Marga cierra formación. Atención: vamos en la dirección del viento y, despacio, recolectamos la mayor cantidad posible de datos y en cuatro horas volvemos.Pasamos a la cámara de descompresión y bajamos. Cerré con cerradura codificada y salimos. Cuando nos reunimos con Adam, avanzamos hacia la oscura profundidad con los reflectores encendidos. La caverna era parecida a cualquier cueva terrestre, pero no había humedad, todo estaba seco. Avanzamos trescientos cincuenta metros. —¿Altitud? —pregunté.—Descendimos 50 metros —dijo Gus.—Medición de gases. —En curso… Dióxido de carbono 18%, Nitrógeno 65%, Oxígeno: 19,9%, Inertes nada, casi respirable, si no fuera por el dióxido de carbono. Temperatura, 12 grados.—Tomemos una muestra microbiológica.—Enseguida —dijo Adam—, va a estar lista en 10 minutos.—Nos acercamos a una bifurcación en 240 metros —dijo Marga.

—¿todos bien?—Interrogué—¿Gus? Te noto respirar muy rápido, desacelerá porque te vas a quedar sin oxígeno

— me siento un poco encerrado, el traje, está cueva cada vez más estrecha, me siento un poco claustrofóbico, ya me calmo.

Seguimos adelante con cuidado, se veía poco y nada

—Ignacio tengo el resultado, es definitivamente positivo, son bacterias gram positivas, y muchas. —Escuchen todos, estamos expuestos a un gran riesgo biológico, seamos cuidadosos —anuncié.—No son de la Tierra, chicos, no las reconoció el programa, pero son muy similares al estreptococo.Llegamos a la bifurcación y eran dos caminos que seguían hacia abajo.Pedí lecturas y Gus dijo:

—La de la derecha baja unos 30 grados, temperatura 18 grados, composición atmosférica varían muy poco, baja un poco el dióxido de carbono, ¿qué carajo pasa allá abajo? ¿De dónde sale el viento? — Gus siguió con sus deducciones—La actividad volcánica no puede generar atmósfera, y no se que impulsa el viento, quizás diferencia de presiones…

—Decime para que lado— interrumpí

—La de la izquierda baja 60 grados y la temperatura es de 21 grados hasta donde alcanzamos a detectar, que son 800 metros. No aconsejo ese camino, costaría mucho subir de regreso.—Bueno, vamos todos hacia la derecha, avanzamos según el plan —ordené.Al bajar, se empezó a estrechar el camino, pero todavía íbamos cómodos.

El piso se sentía raro como pegoteado, ¿es humedad?

—¡Shhhh! —dijo Marga—, silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gus.

—Escuchen, es como un zumbido, ¿lo oyen?

Subimos los micrófonos del traje… Y se escuchaba

—Cincuenta metros adelante.

Todos estábamos inquietos, acostumbrados a que el único sonido de Marte era el viento. Llegamos a otra bifurcación

—Viene de atrás de esa pared —dijo Brandon.

—Tenemos 15 minutos antes de empezar a volver —dije.

Marga empezó a pegarle con el martillo a la pared.

—¡Pará, Marga! No, no —dije.

Se oyó un crujir de la pared, que se empezó a rajar y se desmoronó un trozo, que cayó pesadamente al lado mío y el sonido creció mucho. Pensé que iba a salir alguna especie de monstruo marciano.

—¡Es líquido! —gritó Marga—, es…¡agua!.

—A ver, déjame ver —dijo Gus—, parece —recolectó una muestra y esperamos ansiosos el resultado.

Empezó a hablar el analizador:

Composición de la muestra, agua terrestre, coincidencia 99,87%, potable, apta para consumo humano._

—¡Un río de agua! —dijo Gus.

Entonces sonó mi alarma.

—Terminó el tiempo —dije—, tomá varias muestras y volvemos, ah, y una muestra de aire también, después la analizamos.

Regresamos a Ulises.

Habíamos logrado determinar que el aire era casi respirable. Encontramos vida, sin dudas marciana, y un río de agua potable.

—Hicimos algo histórico, equipo, los felicito. Mañana trataremos de conseguir algún dato más.

Teníamos 36 horas para volver a la base Marinelis. Si nos dejaba la tormenta.

—Adam —dije—, cuando lleguemos al vehículo quiero que hagamos una excursión a la entrada de la cueva, vamos a ver y medir el grado de la tormenta.

—De acuerdo —contestó.

Subir fue arduo, nos llevó tres horas. Llegamos cansados y hambrientos.

—Vayan cargando todo el material y nos reunimos dentro de Ulises en 30 minutos.

—Ok —dijo el resto.

Con Adam nos dirigimos los 20 metros que nos separaban de la entrada principal. A medida que nos acercábamos, era más difícil avanzar: caminábamos contra un muro de aire.

—¿Velocidad del viento?

—150 km por hora.

—¡Mierda!, ¿se puede soltar el sensor para que evalúe la magnitud de la tormenta?

—Es posible, pero lo perderemos… y es el último.

—Tenemos menos de 34 horas para llegar antes de que se nos acabe el aire, contamos con 12 a 14 de viaje, en 20 horas tenemos que salir de este pozo.

—Vale, ¿lo suelto?

—Dale.

El sensor voló y se perdió en el viento apenas atravesó la entrada; recibimos datos durante 15 segundos, pocos pero suficientes.

—Almacenados —dijo Gus.

—Vamos —dije y rotamos en dirección a Ulysses.

Todas las miradas estaban puestas en el monitor principal que parpadeaba, hasta que se iluminó.

—¡Por Dios! —exclamó Marga.

Lo que se veía era todo negrura, pero eso no era el problema.

—¿Velocidad de la tormenta?

—En dos horas pasará el ojo de la tormenta por aquí, podremos salir de acá dentro de… 24 horas.

—No nos alcanza el tiempo —dije.

El dron salió de Marinalis en dirección a las cavernas. Recorría kilómetros en contra del viento y de los remolinos que pugnaban por detenerlo, y el peso de su carga volvía mucho más difícil mantener la estabilidad. Primero perdió contacto con la base, después el rumbo y finalmente la velocidad, hasta que cayó y se enterró en un montículo de arena. Treinta segundos después se activó el localizador de corto alcance, el único que funcionaba después del impacto. Pero para detectarlo había que estar a menos de dos kilómetros de distancia.

DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

A las 4:30, hora marciana, sonó la alarma de mi reloj. Entreabrí los ojos y me dolía cada porción del cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Todavía sentía su perfume en mi piel. “¿Nos habrán escuchado? Se que transgredí doscientos mil reglamentos militares de dos planetas”.

—Ignacio —dijo Gus—, arriba, desayuno listo y caliente.

—Voy.

Me vestí con todo el traje, salí de mi litera y allí los vi, a los cuatro, desayunar huevos y panceta disecados. Marga me saludó como cualquier otro día, no percibí en ella ningún signo de complicidad, ni mirada, ni gesto, nada.

—Buen día —dije.

—Hola, Ignacio. Ya desayuné, si te parece —dijo Adam—, puedo salir hasta la entrada y ver qué pasa ahí afuera.

—¿Estás listo?

—Sí, ya estoy.—dijo mientras terminaba de ajustarse el traje

—Dame diez, que como algo, y salís.

—Ok, espero.

Comí con hambre y rápido. Los huevos no lucían bien pero estaban muy ricos.

—Bueno, vamos —le dije—, procedé con cuidado y mantenete en línea permanente, con la cámara encendida.

—Son quince metros…

—Doscientos kilómetros por hora era el viento anoche.

—Dale, tenés razón.

Adam fue a la cámara de descompresión. Todos nos terminamos de preparar sin sacar un ojo del monitor. Cuando Adam empezó a transmitir, lo que vimos fue perturbador: noche cerrada en pleno verano a las seis de la tarde.

—Viento: velocidad…. 250 km por hora.

—¡Puta madre!, salí de ahí Adam, volvé.

—Esperá—dijo Adam—el sensor del traje me indica viento a mi espalda, voy a sobrepasar a Ulises y avanzar diez metros hacia el interior.

—Copiado, pero con cuidado, por favor.

Fue hacia el recodo de la cueva. En pantalla, lo vimos estirar su brazo hacia la oscuridad que había hacia su derecha.

—¡Hay viento! —gritó—. ¡Chicos! ¡viene viento desde dentro de la cueva!

—Extendé el sensor —ordené.

—Midiendo…

Los datos se transmitieron a la consola central:

Composición de muestra gaseosa_

Dióxido de carbono … 25%_

Nitrógeno…58%_

Oxígeno …17% _

Inertes …. Trazas_

Se agachó y tomó una muestra de tierra de la cueva, la colocó en el analizador primario y esperó_

Análisis microbiológico … Actividad bacteriana tenue positiva, viral negativa._

—¡Dios mío! —alcancé a decir.

—¡Hay vida en esta roca, encontramos vida!, ¡carajo! —gritó Gus.

—¡Hostias! —gritó Marga, mientras saltaba.

—Es preliminar muchachos, puede ser contaminación, bajen un poco la marcha— dijo Adam

—Es verdad—reconocí—Adam, acércate a Ulises, por favor; en 10 minutos estamos ahí.

Miré al resto

—Todos a trabajar, tenemos en nuestra puerta uno de los posibles hallazgos más importantes de toda la historia, no podemos equivocarnos.

—Sí, Ignacio —corearon todos.

En medio de una excitación de estudiantes, apurados por salir al nuevo mundo, me estaba poniendo el casco cuando mis ojos se cruzaron con su mirada. Ahí supe que no había sido un sueño, y también intuí que empezaba a vivir uno… O quizás dos.

Desde Ituzaingó hasta Marte -capitulo 8- La caverna.

Desde Ituzaingó hasta Marte -capitulo 8- La caverna.

De a poco tomamos conciencia de lo precaria que era nuestra situación.

—Bien —señalé—, vamos a concentrarnos en el trabajo, tenemos poco tiempo.

—Para empezar, Gus, tenemos que hacer una medición de atmósfera.

—Ahí va —Gus se volcó a la consola—, desplegando sensor.

Escuchamos sobre el fondo del ruido tremendo de la tormenta el sensor que asomaba su estructura fuera de Ulises. Casi no veíamos la entrada de la cueva porque al ingresar tuve que girar porque tiene un codo hacia la izquierda y quedó con el frente hacia el interior. Nos rodeaba una oscuridad total, a pesar de que era el atardecer, ya que la tormenta cubría el cielo por completo.

—Recibiendo datos— dijo Gus

—Adelante —respondí.

—Temperatura, 2º C; densidad del aire, 15000 Pa; composición, dióxido de carbono 50%, nitrógeno 35%, argón 2,5%, oxígeno 12,5%.

—¿Estás seguro? —murmuré.

—No sé, Ignacio, mira tú, capaz que fue alterado el sensor por la tormenta.

—Está en línea con la razón por la que nos enviaron hasta acá, la lectura de los drones.

—Sí, pero es muy diferente a lo esperado; además, si el cambio en la proporción de los gases es mayor hacia el interior, es posible que exista agua en estado líquido y, por ende, la existencia de vida…

—Encontraremos marcianos y sus ciudades subterráneas —dijo Marga.

—No, pero bacterias sí.

—Ups, es cierto —dije—. Escuchen bien: bajo ningún concepto nos quitamos los trajes, ni aunque veamos una playa con palmeras, ¿entendido?

—¡Tío, que si veo una playa con palmeras me zampo la bikini!

El coro de aullidos masculinos dio por cerrada la charla.

—Mmmm, no sé, es muy raro todo, pero les propongo esto: estamos todos cansados, fue un día tremendo y largo, y tenemos hambre y sueño, así que comamos algo, y descansamos unas seis horas. Yo no tengo fuerzas para analizar de qué se trata esto ahora. Después de eso arrancamos con todo a ver con qué sorpresa nos encontramos en las profundidades de este agujero —dije.

Todos aprobaron entusiasmados casi al unísono. Nos repartimos las tareas y comimos con avidez; luego, nos dispusimos a descansar, sacando los pesados equipos que llevábamos puestos durante todo el día.

—T –5:59:57 y contando —les dije—, en seis horas tenemos que estar listos para salir.

Ulises era un gran Motorhome con todo lo necesario para que cinco personas estuvieran cómodas, con literas privadas para los oficiales a cargo, o sea, Marga y yo, y una común para el resto. Entré en mi litera hecho polvo, con una opresión en el estómago porque no veía muy claro cómo cuernos íbamos a salir de allí, pero trataba de postergar lo que no podía resolver entonces. Me quedé sólo con la ropa interior puesta, feliz de la libertad de tanto cachivache que había que usar todo el tiempo, y apenas apoyé la cabeza en la almohada me apagué, literalmente.

Me sobresalté al sentir que algo se deslizaba por mi cuerpo. “Estoy soñando”, pensé por un instante, pero no: estaba bien despierto, intenté darme vuelta y alguien me sujetó con fuerza. La sensación tomó la forma de un beso, ¡me besaba el cuello!, y de dedos que acariciaban y dibujaban intimidad en mi piel.

Con un movimiento brusco giré sobre mí mismo, rompí el cerco de los brazos que me sujetaban y adiviné entre las sombras el rostro y la desnudez de Marga.

—¿Mar?

—Shhhh.

—Pero… —alcancé a balbucear, antes de que me besara, al tiempo que sentía sus tetas sobre mi pecho y su pelvis sobre mí.

Mi cuerpo y el suyo piel a piel. La toqué. Su cadera se deslizó sobre la mía, apreté sus nalgas y nos unimos tan armoniosamente como si nos conociéramos de toda la vida. Tras un instante de pausa, se renovaron las caricias, los besos y el descontrol, todo en absoluto silencio.

Fue un minuto, no sé, pero estallé, mi mente se quedó blanca y me detuve. Sentía que Marga me atraía de nuevo hacia ella, más y más, hasta que su cuerpo comenzó a temblar y todo cesó tan bruscamente como había empezado.

Pegados y agitados. La sentía sobre mí: sus pechos, su pelvis, sus muslos, calientes, muy calientes, su piel quemaba. En la oscuridad busqué su boca, pero antes de tocar sus labios, apretó mis mejillas entre sus manos, me besó otra vez por un segundo y, sin darme cuenta cómo, en el mismo silencio con el que transcurrió todo, se escabulló de mis brazos, de mi cuerpo, de mi litera, y se fue.

“¿Qué hice?, ¡por Dios!”, alcancé a hilvanar y caí dormido.

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