Mirar al cielo

Mirar al cielo

Mirar al cielo

01

Creímos que la Tierra era lo único que existía,

pero no, mirar al cielo nos reveló las estrellas.

Creímos entonces que la tierra era el centro del universo,

pero no, mirar al cielo nos reveló al sol.

02

Creímos que el sol era el centro del universo,

pero no, mirar al cielo nos revelo las galaxias.

Creímos que nuestra galaxia era el centro del universo,

pero no, mirar al cielo nos reveló que hay millones.

03

Creemos que nuestro universo es el único que existe,

quizás si, a lo mejor no.

Creemos saber mucho

pero recién empezamos a entender

04

Por eso cuando miro el cielo contemplo mi maravillosa insignificancia.

Descubro el tamaño de mis problemas

y de mis diferencias con los otros.

05

Descubro que soy una brisa tenue que pasa.

Que soy una flor frágil que se deshace.

Que soy un débil parpadeo en la historia.

06

Y cuando, en las noches sin luna, elevo mi mirada

veo palidecer a las estrellas y detenerse a los astros.

De a poco lo absoluto me abraza, 

lo infinito me envuelve,

y me conecta con la eternidad.

Al mirar el cielo.

Estreno ( 2 edición)

Estreno ( 2 edición)

ESTRENO

1.

Desde que crucé por primera vez aquel portón, apenas cumplidos los diez años, espero este momento, espero estar acá, sentado, rodeado por estas personas. Todavía no puedo creerlo.

¡Qué loco! Fantaseé este camino mil veces, imaginé estos metros que me acercaban al sueño de mi vida, y justo hoy, que me está pasando de verdad, resulta que no puedo mover las piernas. Desde que salimos del túnel, me tiembla todo el cuerpo, más por dentro que por fuera. Siento los músculos agarrotados, parecen de cemento.

Tengo que pensar cómo colocar una pierna delante de la otra. Cuando acepté, no esperaba esto, no fui consciente de lo nervioso que me pondría. Ya hace tres días, pero parece que hubiera sido recién.

—¿Juan? ¿Cómo estás? Soy Lucas, te llamo para avisarte que te puse en la lista este finde, ya sabés que se me cayeron los tres de abajo y no tengo reemplazo, así que… ¿cuento con vos?

—Yo… eh, sí, sí, claro.

—Genial, te espero esta noche, y… felicitaciones.

Desde entonces no dormí más. Pero ahora me siento inseguro y una buena parte de mí quiere rajar, desaparecer, no sé, disparar para algún lado. El escuchar mi nombre por los altavoces hace que me dé cuenta de que no puedo irme. Ya no. Pero Juan “¿No quisiste esto desde que eras un pendejo?, Tranquilo, que lo peor ya pasó, ahora nadie se va a fijar en vos”, me digo.

Comienza el partido y me relajo sólo un poco porque, cada vez que veo esta camiseta, siempre me sale el hincha de adentro y un nudo en el estómago se queda conmigo hasta el pitazo final. Siempre que el viejo gritaba, puteaba y saltaba en estas butacas, o frente a la tele, yo estaba seguro de que le faltaba un tornillo. Hasta que empezó a pasarme a mí.

Pero ahora no estoy en esas butacas allá arriba, estoy en estos asientos del banco de suplentes que parecen el trono de un rey. Ahora ya no puteo, aunque dan ganas, estoy del lado de los puteados. Y hoy putean, y mucho, porque las cosas no están bien, todo salió al revés. La angustia de siempre me llena el pecho.

2.

Minuto 38, segundo tiempo. Hace cinco que terminamos de calentar y volvimos todos a sentarnos. Pero Lucho se cae y no se levanta. Lo veo ahí tirado. “¿Qué te pasa Lucho?, dale, levántate”, suplico. Un codazo del compañero de la derecha me sacude.

—¡Juan!

Volteo hacia la izquierda y veo que Lucas habla con Emanuel, y los dos me miran. Me miran a mí. Emanuel empieza despacio a caminar hacia acá. ¡Puta madre! Se pone a 10 centímetros de mi cara y me dice:

—Juan, cambiate que entrás.

Lo escucho sin oírlo. Otra vez agarrotado, no puedo moverme, tengo los músculos de cemento.

—¡Dale, pibe, ponete las pilas! —grita Emanuel

Estoy a punto de decirle que no, que no puedo moverme, cuando siento que me levantan dos brazos, uno de cada lado, y así, como en el aire, me encuentro de pie, me dan un empujón y camino. Emanuel se da vuelta.

—¿Pensás entrar con la campera? ¡Vamos gil, que está jodida la cosa!

Me saco la campera y llego hasta Lucas.

—Escuchame Juancito, no pensaba que iba a pasar esto, pero necesito que tengas la cabeza fría y hagas lo que sabes hacer. Ves que está todo mal, y vos vas a ser el último hombre, yo sé que estás cagado en las patas, pero quiero que te quede claro que, si te traje, es porque te tengo confianza y sé que vas a poder, así que dale, tomá el número, entrá y rompela.

Otra vez las malditas piernas que se resisten a darme bola. Como puedo, llego hasta la línea de cal.

3.

—Tranquilo, pibe —me dice el cuarto árbitro al verme la cara —, un toque y entrás.

Me tiembla todo

—Bajá un cambio, nene, que vas a estar bien — dice el cuarto árbitro—, mirá que esto no te lo olvidás más.

Entonces levanto los ojos y miro. El estadio Monumental ruge como una bestia herida. Perdemos con Boca 1 a 0 y jugamos con 10. Faltan cinco minutos y se lesionó el único central que quedaba en la cancha, Lucho. No estaba en los cálculos de nadie que entre un pendejo de 16 años recién cumplidos, que no jugó ni un minuto en Primera, y que hasta ayer nadie conocía, o sea, yo.

La pelota se va por el fondo y el cuarto árbitro levanta la bandera:

—Dale, pibe, entrá que el otro ya salió.

Siento los murmullos de todo el estadio, y, como puedo, voy a pararme al lado del cinco, afuera del área.

—Quédate acá, nene, y cubrime; yo salgo primero.

Asiento con la cabeza, sin poder hablar. Hay un corner a favor y me dice:

—Quédate que subo yo.

Me quedo en el círculo central y espero. No corrí ni cinco metros y el corazón me late a mil. El corner lo tiran mal, el diez de ellos recupera la pelota y, con campo libre, sale disparado hacia donde estoy yo. Lo veo venir y dudo entre salirle o correrlo a la par. Decido salirle, lo cruzo, y me deja pagando, se va hacia el arco, solo. Entre el arquero y él, nadie. No pienso, lo corro. Está cinco metros adelante y vuela como si recién empezara el partido. “Juan, vos podés”, me digo y las piernas antes entumecidas ahora están livianas. Corro como nunca corrí.

El delantero se acerca al área y veo al Pichi dudar si salir o no; me mira con ojos desolados y se queda. Lo alcanzo sobre la línea del área. Me la juego: o penal y expulsión, o zafar por un minuto más. Vuelo con los pies hacia delante mirando fijo la pelota, pero el hijo de puta adivina mi cruce, me salta y yo quedo desparramado viendo cómo se va al gol. Ahora sí el Pichi le sale, él lo esquiva hacia la izquierda, pero se abre mucho y la tira afuera, casi besando el palo.

Respiro.

—Levantate, pibe— me dice el capitán.

Me duele todo.

Deben quedar 30 segundos de los cinco que dio de descuento y la tiran al corner. El último. Me quedo parado en el mismo lugar de la otra vez y escucho que el Pichi grita desde atrás:

—Andá, nene, que no hay tiempo.

Me quedo quieto.

—¡Dale, pendejo boludo!

Corro y busco un lugar en el área grande, me ubico donde voy siempre, en el primer palo. Aunque sé que no puedo esconderme en el área con mi metro ochenta y cinco, el golpe desde atrás no me lo esperaba. Giro y veo al seis de ellos.

—Saltás y te quiebro, pendejo de mierda —dice y le creo.

Patean el córner, la pelota irremediablemente viene hacia mí, no pienso, salto, y un mazazo en las costillas me dobla en dos. Pierdo el equilibrio y cuando voy cayendo hacia adelante la pelota me rebota en la nuca, un instante antes de chocar la cara contra el pasto y sentirlo entre los labios.

Con la cara hundida en el piso, escucho el rugido más fuerte que jamás oí y una montaña humana me cae encima. El ruido es ensordecedor, todo el mundo me abraza y yo, yo no entiendo nada. Hasta el árbitro se me acerca y me da la mano.

Se me cruzan mil imágenes: el papi, la mami, los viajes, la pensión, el esfuerzo. Me parece que voy a llorar como un boludo. Y sí, lloro.

Al otro día los diarios titularon: “El jugador más joven en marcar un gol en el superclásico”. Juancito.

CONSCIENTES

CONSCIENTES

Una parte del universo cobró vida
Una parte de la vida cobró conciencia.
Conciente descubrió que podía conocer.
Que podía desafiar sus límites
y ansió llegar al infinito.

Le fue concedido el conocimiento.
A cambio, tuvo que pagar un precio.
Descubrió la finitud,
descubrió el futuro,
descubrió la historia,
descubrió la futilidad,
descubrió la muerte.

Se separó del resto de sus compañeros de ruta,
que inocentes, siguieron transitando el eterno presente.
“Conoceréis el bien y el mal, y seréis como Dios”
Le susurraron al oido.
Y así fue.

Cómo dioses poblaron la tierra y trajeron el dolor a todo lo vivo.
Extinguidores seriales, los llama la ciencia.

Ahora conocen, pero no lo suficiente.
Transforman, pero sin querer o no, lastiman
Saben el porvenir y le temen
Se quedaron sin Dios
Se sienten solos.

A veces añoran la inocencia perdida
Pero ya no les pertenece.
Son conscientes de su fragilidad
Son conscientes de su capacidad
Son conscientes de sus límites
Son concientes y responsables
Son humanos.

POLVO DE ESTRELLAS

POLVO DE ESTRELLAS

EL COSMOS

Mirar al cielo es mirar la historia,
todo lo que ves, ocurrió ya hace mucho tiempo.
Mirar al cielo es viajar hacia el pasado de lo que ya fue y nunca volverá.
Es contemplar nuesto origen.
Lo miramos cómo si fuera hoy,
pero ya nada existe tal como parece,
solo es un majestuoso reflejo de lo que pasó.

Mirar al cielo es recordar que estamos hechos
Nuestra civilización, nuestra historia,
nuestra cultura, nuestro cuerpo.
Todo lo que vemos y sentimos,
fue amasado en el corazón de alguna estrella
y quizás seamos el único recuerdo que ella dejó.

Hijos de las estrellas, seres eternos.
¿Cuanta edad tenemos?
No la podemos contar.
Existíamos antes de nacer,
existiremos luego de morir.
Lo absoluto dotó de conciencia,
La conciencia que contempla la magnificencia de lo creado
A nosotros.

Puso eternidad en nuestra alma
La eternidad que tienen nuestros átomos
¿Cual es tu tiempo?
¿Días, semanas, años?
¿O cientos, miles o millones de años?

Mirar al cielo es contemplar la historia,
nuestra historia,
que nos abarca y nos trasciende.
Que anida en tus ojos que contemplan
En tus manos que acarician
En tu corazón que ama
En tus piernas que recorren el camino del encuentro,
hacia lo infinito.

Polvo estelar.
Recorrimos un largo camino hasta aquí
para poder contemplar en tus ojos la majestad de lo Absoluto.
Estalla la alegría cuando lo hallamos
Entonces entendemos.
De donde venimos, hacia dónde vamos.

_”El cosmos esta también dentro de nosotros. Estamos hechos de la misma sustancia que las estrellas”. _
_Carl Sagan_

Desde Ituzaingo hasta Marte – El final-

Desde Ituzaingo hasta Marte – El final-

Capítulo 12

Volver a ver la superficie fue una experiencia liberadora. Fueron tres días de incertidumbre y encierro en esa cueva llena de sorpresas que nos refugió. El cielo lucía despejado hacia el sur, pero sobre nosotros, hacia el norte, la oscuridad era total y sólo el saber que la nube negra se alejaba se sobreponía al espanto que nos causaba contemplarla. Salimos con una duración de viaje estimada de 20 horas y teníamos aire sólo para 10. Era imperativo que el oxígeno estuviese donde teníamos la última lectura del dron, aunque una cosa era lo programado y otra donde hubiese caído en el medio de semejante tormenta.

—Está desconocido el paisaje, parece otra parte de Marte —señalé.

—Lo veo complicado esto —dijo Marga—, sin GPS es como ir en medio de la niebla.

Luego de quince minutos de avanzar sobre la incertidumbre, una sonrisa se dibujó en el rostro de Adam:

—¡Lo conseguí, tenemos contacto con el satélite!

—¡Esa! —dije: con el satélite encontraríamos el oxígeno y el boleto de regreso a casa.

—Mmm, no detecto ningún dron; debe ser el trasponder de largo alcance, se debe haber roto en la caída —señaló Adam—. Lo único que nos queda es que funcione el localizador de corto alcance, pero tenemos que estar dentro de los dos kilómetros de su posición, tendremos que pasar cerca para detectarlo.

—Vamos a donde tendría que haber caído —dije.

Marga y yo nos alternamos en la conducción sin detenernos. Aunque el desplazamiento fue lento para permanecer detrás de la tormenta, el conducir con el GPS satelital era una maravilla, así que nos dirigimos a la supuesta ubicación del dron.

—¡Lo tengo! —dijo Gus—, 12 grados norte, rumbo 660.26, ahí están los tubos, a dos kilómetros.

—¡Vamos! —gritó Marga.

Cuando llegamos nos quedaba aire para 30 minutos. Adam y Gus se enfundaron los trajes y salieron a buscar los tubos. Los movieron con dificultad y los empalmaron a las terminales externas, mientras Marga monitoreaba el llenado de los tanques.

—70 por ciento, 75, 78, 84, 93, 98, hecho. Tenemos autonomía por 30 horas.

—Tanques fuera —dijo Adam, y descartaron los tubos, cerraron los empalmes y abordaron de nuevo.

—Rumbo 450, dirección Marinelis —ordené.

Y allí fuimos. El camino fue menos complicado de lo que esperábamos. A unos 10 kilómetros establecimos contacto con la base y la alegría de volver a escucharnos se hizo notar a ambos lados de la pantalla. Casi 80 horas después de la partida arribábamos a Marinelis, exhaustos pero felices. Lo habíamos logrado. Traíamos con nosotros el descubrimiento más sorprendente de toda la historia.

Capítulo 13

La verdad es que pensamos lo peor, que no lo habían logrado —dijo Iván y nos abrazó uno por uno—. Sentimos mucha impotencia por no poder salir en ayuda, pero realmente evaluamos evacuar la base por intensidad que alcanzó tormenta.

—Tenemos mucho que contarte, Iván —le dije.

—¡Cuánta misterio! Cuenten entonces, soy todo oídos.

Comencé el relato de nuestros descubrimientos. Al culminar, Iván estaba conmovido.

—¡No lo puedo creer! Ignacio, muchachos —nos miró a todos—, ustedes cambian historia, ¿dan cuenta de lo que hicieron?

En las siguientes semanas, todo los del equipo de análisis biomolecular y de microbiología se dedicaron a analizar el material y concluyeron que realmente la vida hallada en las profundidades de la caverna no era contaminación, sino que efectivamente era vida marciana. Iván pidió una videoconferencia con Moscú, Washington y Houston.

—En línea, comandante.

—Estimados colegas: quiero que ustedes sean partícipes de un descubrimiento asombroso: hemos encontrado vida bacteriana y agua en el subsuelo del planeta Marte.

Lo que siguió fue emocionante: el hallazgo nos obligaba a todos a replantear las ideas que nos habían llevado hasta ese momento de la historia. Luego de la euforia y las emociones, la Tierra solicitó el envío de las muestras, que fueron recibidas en una de las estaciones espaciales que se hallaban en órbita terrestre, donde las analizaron de nuevo y, después de las conclusiones positivas, lo comunicaron al mundo.

Meses después, en un acuerdo logrado en la ONU, se tomó la decisión de emplear todos los recursos de todas las bases existentes en Marte, en un esfuerzo conjunto, para determinar los alcances del descubrimiento y su extensión en el subsuelo del planeta.

Yo, por mi parte, tenía mis propios enigmas.

EPÍLOGO

7 de marzo de 2059

El viento sacudía los pinos y el primer frío del año se dejaba sentir mientras yo subía por el camino del bosque a la cabaña que daba sobre el lago de Villa la Angostura. Cuando llegué a casa, dejé las bolsas del mercado en la cocina y me senté a seguir escribiendo. Eran los tramos finales de mis memorias marcianas, lo que me daba un poco de nostalgia, ya que siempre me costó concluir las cosas.

Miré la ventana que daba al lago. Todavía me maravillaban los paisajes. Volví la mirada a la pantalla:

_Marte es hoy un planeta colonizado por los habitantes de la Tierra en forma masiva, habitado por alrededor de dos millones de seres humanos. El descubrimiento de vida realizado por nuestro equipo fue más vasto que lo esperado y posibilitó que establecerse en Marte sea mucho más sencillo de lo imaginado. Ahora es nuestro segundo hogar en el cosmos. _

Escuché sus pasos correr hacia mí, giré y lo alcé en brazos.

—Papi, dale, deja de escribir, vení con nosotros a jugar un rato —dijo Sebastián.

—Dejá a papá tranquilo, que tiene mucho que contar —dijo Marga, tomándolo de la mano.

—Que, ¿va a escribir de mi hermano? —pregunto curioso—, ¿otra vez?

—De ustedes también escribe, quédate tranquilo, dale, vamos que te preparé chocolate caliente con tostadas.

Fueron hacia la cocina y quedé nuevamente solo, pensando en las aventuras de Marte, en el amor que nos atrapó y la familia que formamos.

La familia del primer ser humano concebido y nacido en Marte.

Nuestro hijo mayor, Emiliano.

El marciano.

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