Ser feliz – segunda parte-

Evolución

Los grandes elementos esenciales para la felicidad en esta vida son algo que hacer, algo que amar y algo que esperar.

George Washington

Hoy abordaré el aspecto psicológico y social, ya que, si bien el sentirse feliz tiene un apoyo en la biología, se aleja de ella a medida que las necesidades básicas están satisfechas y ya no constituyen un motivo de preocupación prioritario.

Digo entonces que la vivencia de felicidad psicológica puede ser lograda bajo diversas circunstancias y suele ser experimentada con más o menos intensidad. Más intensidad en todo lo relacionado con situaciones que generen satisfacción inmediata (un logro deportivo, una sorpresa inesperada, etc) y en general es efímera y por otra parte, menor intensidad con lo que tiene que ver con el logro de objetivos, (ya sean conscientes o no, familiares o sociales) pero esta ” felicidad” , en cambio, posee un efecto más duradero.

En la sociedad actual, competitiva como pocas, una parte imprtante del bienestar surge como consecuencia del establecimiento de lazos sociales saludables, ya que como seres gregarios que somos, no podemos imaginarnos felices en el completo aislamiento de nuestros semejantes y, paradójicamente, el bienestar o malestar también se genera de la comparación, favorable o no, con nuestro grupo de referencia, en cuanto a logros materiales, académicos, intelectuales o de popularidad pública, así como nuestra inclusión y permanencia en el mismo. La importancia de las redes sociales refleja está necesidad de ser incluido en ellas como parte de un grupo para lo cual es necesario estar o parecer siempre feliz.

Sólo posteamos felicidad.

A pesar de esto, la vivencia de felicidad se volvió más y más ligada a experiencias individuales por sobre las grupales, a la vez que nuevos valores materiales y concretos ocupan el lugar de los mandatos familiares y religiosos, pasando ( al decir del filósofo Zygmunt Bauman), de realidades más rígidas o sólidas donde El bien y El mal Eran externos al sujeto, a otras más líquidas o volátiles, es decir que se acomodan al sentimiento personal que posee la persona en un momento determinado, que se encuentra sometido a fluctuaciones periódicas, que dependen de múltiples factores que confluyen en cada sujeto de un modo particular.

Los valores sociales son también parámetros orientadores de lo cada grupo humano hace suyo a la hora de definir la felicidad. Hoy, en general, están representados por el logro de fama y reconocimiento, el mantenimiento de la juventud a toda costa, el hallazgo de la pareja ideal siempre anhelada, la acumulación de dinero y el logro de poder. Sin embargo todo lo dicho es muy variable y la rápida volatilidad de esos mismos valores de una indivualidad a otra hace que la sensación de felicidad sea muy inestable.

Para muchos el alcanzar esta tetralogía aseguraría la felicidad, por lo que se invierte nuestro tiempo, dinero y vida en alcanzarlas y mantenerlas, pero cuando se logra, la sensación se vuelve efímera. El alcanzarlas promete mucho placer, y lo brinda, pero el sostenerlas lo diluye y hace que, en general, se deba aumentar la dosis de estímulo para volver a sentirlo nuevamente, generando un ciclo que no tiene fin y que en reiteradas ocasiones culmina en almas destrozadas y relaciones rotas.

Es, en definitiva, un cielo de papel.

En el orden familiar más recientemente, los padres actuales han incorporado la felicidad de los hijos como valor por encima de cualquier otro. Pero es más bien una necesidad propia que se transmite cómo mandato, lo que deriva en conductas que eviten a toda costa el sufrimiento de los hijos. Así se invierten cuantiosos recursos materiales y emocionales en intentar evitar que enfrenten situaciones que los hagan sufrir. Esto termina por generar adolescentes o adultos con poca tolerancia a la frustración, muy demandantes y que reclaman a sus progenitores, a la sociedad o al Estado, el paraíso prometido, a la vez que la vivencian como algo tan idealizado que se vuelve inalcanzable.

¿Qué digo entonces de la felicidad? ¿Qué es imposible lograrla? ¿O es una quimera que reemplazó al concepto de cielo o paraíso religioso, aquí en la Tierra?

Creo que hay que comenzar por redefinir el concepto de felicidad y quizás sea el de bienestar el que mejor se acomode a lo posible de ser vivido.

Defino bienestar al estado de la persona humana en el que se le hace sensible el buen funcionamiento de su actividad somática y psíquica.
Como tal, el término hace referencia a un estado de satisfacción personal, o de comodidad que proporciona satisfacción económica, social, laboral, psicológica, biológica, entre otras.
El bienestar esta más ligado a lo que perdura en el tiempo, en lugar del concepto de felicidad que es más intenso y efímero.

Podemos aspirar al bienestar como objetivo vital sin olvidar que su obtención depende en parte de nosotros y en parte del destino que nos toque y que nunca es permanente.

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