ESTRENO

1.

Desde que crucé por primera vez aquel portón, apenas cumplidos los diez años, espero este momento, espero estar acá, sentado, rodeado por estas personas. Todavía no puedo creerlo.

¡Qué loco! Fantaseé este camino mil veces, imaginé estos metros que me acercaban al sueño de mi vida, y justo hoy, que me está pasando de verdad, resulta que no puedo mover las piernas. Desde que salimos del túnel, me tiembla todo el cuerpo, más por dentro que por fuera. Siento los músculos agarrotados, parecen de cemento.

Tengo que pensar cómo colocar una pierna delante de la otra. Cuando acepté, no esperaba esto, no fui consciente de lo nervioso que me pondría. Ya hace tres días, pero parece que hubiera sido recién.

—¿Juan? ¿Cómo estás? Soy Lucas, te llamo para avisarte que te puse en la lista este finde, ya sabés que se me cayeron los tres de abajo y no tengo reemplazo, así que… ¿cuento con vos?

—Yo… eh, sí, sí, claro.

—Genial, te espero esta noche, y… felicitaciones.

Desde entonces no dormí más. Pero ahora me siento inseguro y una buena parte de mí quiere rajar, desaparecer, no sé, disparar para algún lado. El escuchar mi nombre por los altavoces hace que me dé cuenta de que no puedo irme. Ya no. Pero Juan “¿No quisiste esto desde que eras un pendejo?, Tranquilo, que lo peor ya pasó, ahora nadie se va a fijar en vos”, me digo.

Comienza el partido y me relajo sólo un poco porque, cada vez que veo esta camiseta, siempre me sale el hincha de adentro y un nudo en el estómago se queda conmigo hasta el pitazo final. Siempre que el viejo gritaba, puteaba y saltaba en estas butacas, o frente a la tele, yo estaba seguro de que le faltaba un tornillo. Hasta que empezó a pasarme a mí.

Pero ahora no estoy en esas butacas allá arriba, estoy en estos asientos del banco de suplentes que parecen el trono de un rey. Ahora ya no puteo, aunque dan ganas, estoy del lado de los puteados. Y hoy putean, y mucho, porque las cosas no están bien, todo salió al revés. La angustia de siempre me llena el pecho.

2.

Minuto 38, segundo tiempo. Hace cinco que terminamos de calentar y volvimos todos a sentarnos. Pero Lucho se cae y no se levanta. Lo veo ahí tirado. “¿Qué te pasa Lucho?, dale, levántate”, suplico. Un codazo del compañero de la derecha me sacude.

—¡Juan!

Volteo hacia la izquierda y veo que Lucas habla con Emanuel, y los dos me miran. Me miran a mí. Emanuel empieza despacio a caminar hacia acá. ¡Puta madre! Se pone a 10 centímetros de mi cara y me dice:

—Juan, cambiate que entrás.

Lo escucho sin oírlo. Otra vez agarrotado, no puedo moverme, tengo los músculos de cemento.

—¡Dale, pibe, ponete las pilas! —grita Emanuel

Estoy a punto de decirle que no, que no puedo moverme, cuando siento que me levantan dos brazos, uno de cada lado, y así, como en el aire, me encuentro de pie, me dan un empujón y camino. Emanuel se da vuelta.

—¿Pensás entrar con la campera? ¡Vamos gil, que está jodida la cosa!

Me saco la campera y llego hasta Lucas.

—Escuchame Juancito, no pensaba que iba a pasar esto, pero necesito que tengas la cabeza fría y hagas lo que sabes hacer. Ves que está todo mal, y vos vas a ser el último hombre, yo sé que estás cagado en las patas, pero quiero que te quede claro que, si te traje, es porque te tengo confianza y sé que vas a poder, así que dale, tomá el número, entrá y rompela.

Otra vez las malditas piernas que se resisten a darme bola. Como puedo, llego hasta la línea de cal.

3.

—Tranquilo, pibe —me dice el cuarto árbitro al verme la cara —, un toque y entrás.

Me tiembla todo

—Bajá un cambio, nene, que vas a estar bien — dice el cuarto árbitro—, mirá que esto no te lo olvidás más.

Entonces levanto los ojos y miro. El estadio Monumental ruge como una bestia herida. Perdemos con Boca 1 a 0 y jugamos con 10. Faltan cinco minutos y se lesionó el único central que quedaba en la cancha, Lucho. No estaba en los cálculos de nadie que entre un pendejo de 16 años recién cumplidos, que no jugó ni un minuto en Primera, y que hasta ayer nadie conocía, o sea, yo.

La pelota se va por el fondo y el cuarto árbitro levanta la bandera:

—Dale, pibe, entrá que el otro ya salió.

Siento los murmullos de todo el estadio, y, como puedo, voy a pararme al lado del cinco, afuera del área.

—Quédate acá, nene, y cubrime; yo salgo primero.

Asiento con la cabeza, sin poder hablar. Hay un corner a favor y me dice:

—Quédate que subo yo.

Me quedo en el círculo central y espero. No corrí ni cinco metros y el corazón me late a mil. El corner lo tiran mal, el diez de ellos recupera la pelota y, con campo libre, sale disparado hacia donde estoy yo. Lo veo venir y dudo entre salirle o correrlo a la par. Decido salirle, lo cruzo, y me deja pagando, se va hacia el arco, solo. Entre el arquero y él, nadie. No pienso, lo corro. Está cinco metros adelante y vuela como si recién empezara el partido. “Juan, vos podés”, me digo y las piernas antes entumecidas ahora están livianas. Corro como nunca corrí.

El delantero se acerca al área y veo al Pichi dudar si salir o no; me mira con ojos desolados y se queda. Lo alcanzo sobre la línea del área. Me la juego: o penal y expulsión, o zafar por un minuto más. Vuelo con los pies hacia delante mirando fijo la pelota, pero el hijo de puta adivina mi cruce, me salta y yo quedo desparramado viendo cómo se va al gol. Ahora sí el Pichi le sale, él lo esquiva hacia la izquierda, pero se abre mucho y la tira afuera, casi besando el palo.

Respiro.

—Levantate, pibe— me dice el capitán.

Me duele todo.

Deben quedar 30 segundos de los cinco que dio de descuento y la tiran al corner. El último. Me quedo parado en el mismo lugar de la otra vez y escucho que el Pichi grita desde atrás:

—Andá, nene, que no hay tiempo.

Me quedo quieto.

—¡Dale, pendejo boludo!

Corro y busco un lugar en el área grande, me ubico donde voy siempre, en el primer palo. Aunque sé que no puedo esconderme en el área con mi metro ochenta y cinco, el golpe desde atrás no me lo esperaba. Giro y veo al seis de ellos.

—Saltás y te quiebro, pendejo de mierda —dice y le creo.

Patean el córner, la pelota irremediablemente viene hacia mí, no pienso, salto, y un mazazo en las costillas me dobla en dos. Pierdo el equilibrio y cuando voy cayendo hacia adelante la pelota me rebota en la nuca, un instante antes de chocar la cara contra el pasto y sentirlo entre los labios.

Con la cara hundida en el piso, escucho el rugido más fuerte que jamás oí y una montaña humana me cae encima. El ruido es ensordecedor, todo el mundo me abraza y yo, yo no entiendo nada. Hasta el árbitro se me acerca y me da la mano.

Se me cruzan mil imágenes: el papi, la mami, los viajes, la pensión, el esfuerzo. Me parece que voy a llorar como un boludo. Y sí, lloro.

Al otro día los diarios titularon: “El jugador más joven en marcar un gol en el superclásico”. Juancito.

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