Desde Ituzaingo hasta Marte – El final

Capítulo 12

Volver a ver la superficie fue una experiencia liberadora. Fueron tres días de incertidumbre y encierro en esa cueva llena de sorpresas que nos refugió. El cielo lucía despejado hacia el sur, pero sobre nosotros, hacia el norte, la oscuridad era total y sólo el saber que la nube negra se alejaba se sobreponía al espanto que nos causaba contemplarla. Salimos con una duración de viaje estimada de 20 horas y teníamos aire sólo para 10. Era imperativo que el oxígeno estuviese donde teníamos la última lectura del dron, aunque una cosa era lo programado y otra donde hubiese caído en el medio de semejante tormenta.

—Está desconocido el paisaje, parece otra parte de Marte —señalé.

—Lo veo complicado esto —dijo Marga—, sin GPS es como ir en medio de la niebla.

Luego de quince minutos de avanzar sobre la incertidumbre, una sonrisa se dibujó en el rostro de Adam:

—¡Lo conseguí, tenemos contacto con el satélite!

—¡Esa! —dije. Con el satélite encontraríamos el oxígeno y el boleto de regreso a casa.

—Mmm, no detecto ningún dron; debe ser el trasponder de largo alcance, se debe haber roto en la caída —señaló Adam—. Lo único que nos queda es que funcione el localizador de corto alcance, pero tenemos que estar dentro de los dos kilómetros de su posición, tendremos que pasar cerca para detectarlo.

—Vamos a donde tendría que haber caído —dije.

Marga y yo nos alternamos en la conducción sin detenernos. Aunque el desplazamiento fue lento para permanecer detrás de la tormenta, el conducir con el GPS satelital era una maravilla, así que nos dirigimos a la supuesta ubicación del dron.

—¡Lo tengo! —dijo Gus— 12 grados norte, rumbo 660.26. Ahí están los tubos, a dos kilómetros.

—¡Vamos! —gritó Marga.

Cuando llegamos nos quedaba aire para 30 minutos. Adam y Gus se enfundaron los trajes y salieron a buscar los tubos. Los movieron con dificultad y los empalmaron a las terminales externas, mientras Marga monitoreaba el llenado de los tanques.

—70 por ciento, 75, 78, 84, 93, 98, hecho. Tenemos autonomía por 30 horas.

—Tanques fuera —dijo Adam, y descartaron los tubos, cerraron los empalmes y abordaron de nuevo.

—Rumbo 450, dirección Marinelis —ordené.

Y allí fuimos. El camino fue menos complicado de lo que esperábamos. A unos 10 kilómetros establecimos contacto con la base y la alegría de volver a escucharnos se hizo notar a ambos lados de la pantalla. Casi 80 horas después de la partida arribábamos a Marinelis, exhaustos pero felices. Lo habíamos logrado. Traíamos con nosotros el descubrimiento más sorprendente de toda la historia.

La verdad es que pensamos lo peor, que no lo habían logrado —dijo Iván y nos abrazó uno por uno—. Sentimos mucha impotencia por no poder salir en ayuda, pero realmente evaluamos evacuar la base por intensidad que alcanzó tormenta.

—Tenemos mucho que contarte, Iván —le dije.

—¡Cuánta misterio! Cuenten entonces, soy todo oídos.

Comencé el relato de nuestros descubrimientos. Al culminar, Iván estaba conmovido.

—¡No lo puedo creer! Ignacio, muchachos —nos miró a todos—, ustedes cambian historia, ¿dan cuenta de lo que hicieron?

En las siguientes semanas, todo los del equipo de análisis biomolecular y de microbiología se dedicaron a analizar el material y concluyeron que realmente la vida hallada en las profundidades de la caverna no era contaminación, sino que efectivamente era vida marciana. Iván pidió una videoconferencia con Moscú, Washington y Houston.

—En línea, comandante.

—Estimados colegas: quiero que ustedes sean partícipes de un descubrimiento asombroso: hemos encontrado vida bacteriana y agua en el subsuelo del planeta Marte.

Lo que siguió fue emocionante: el hallazgo nos obligaba a todos a replantear las ideas que nos habían llevado hasta ese momento de la historia. Luego de la euforia y las emociones, la Tierra solicitó el envío de las muestras, que fueron recibidas en una de las estaciones espaciales que se hallaban en órbita terrestre, donde las analizaron de nuevo y, después de las conclusiones positivas, lo comunicaron al mundo.

Meses después, en un acuerdo logrado en la ONU, se tomó la decisión de emplear todos los recursos de todas las bases existentes en Marte, en un esfuerzo conjunto, para determinar los alcances del descubrimiento y su extensión en el subsuelo del planeta.

Yo, por mi parte, tenía mis propios enigmas.

EPÍLOGO

7 de marzo de 2059

El viento sacudía los pinos y el primer frío del año se dejaba sentir mientras yo subía por el camino del bosque a la cabaña que daba sobre el lago de Villa la Angostura. Cuando llegué a casa, dejé las bolsas del mercado en la cocina y me senté a seguir escribiendo. Eran los tramos finales de mis memorias marcianas, lo que me daba un poco de nostalgia, ya que siempre me costó concluir las cosas.

Miré la ventana que daba al lago. Todavía me maravillaban los paisajes. Volví la mirada a la pantalla:

Marte es hoy un planeta colonizado por los habitantes de la Tierra en forma masiva, habitado por alrededor de dos millones de seres humanos. El descubrimiento de vida realizado por nuestro equipo fue más vasto que lo esperado y posibilitó que establecerse en Marte sea mucho más sencillo de lo imaginado. Ahora es nuestro segundo hogar en el cosmos. 

Escuché sus pasos correr hacia mí, giré y lo alcé en brazos.

—Papi, dale, deja de escribir, vení con nosotros a jugar un rato —dijo Sebastián.

—Dejá a papá tranquilo, que tiene mucho que contar —dijo Marga, tomándolo de la mano.

—¿Qué, va a escribir de mi hermano? —preguntó curioso— ¿Otra vez?

—De ustedes también escribe, quédate tranquilo. Dale, vamos que te preparé chocolate caliente con tostadas.

Fueron hacia la cocina y quedé nuevamente solo, pensando en las aventuras de Marte, en el amor que nos atrapó y la familia que formamos.

La familia del primer ser humano concebido y nacido en Marte.

Nuestro hijo mayor, Emiliano.

El marciano.

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