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Diciembre es tiempo de Navidad.
Y la Navidad es un tiempo de comienzos,
y el tiempo de comienzos es un tiempo para lo nuevo,
donde lo nuevo es pura potencialidad.

Potencialidad que es esperanza de que el mundo puede ser mejor.
En donde todo se vuelve posible.
Es un tiempo de nacimiento
En que lo nuevo brota sobre lo antiguo que rejuvenece y en
el encuentro se vuelve diferencia.
Diferencia que nos asusta y que nos fascina,
que nos aleja y que nos atrae

Diferencia que nos desafía y nos invita
a salir del escondite
y acercarnos a conocer lo distinto.
Reconocernos en el rostro del otro,
en su mirada y en su aliento,
en su fuerza y en su corazón.

Dios se acerca en nuestra forma, aprendiendo nuestro idioma
para que yo pueda acercarme en tu idioma a vos.
Dios que aprendiendo de nosotros, nos invita a estar cerca,
Dios que se acerca en la ternura de un bebé indefenso,
Dios que elige necesitarnos por amor.
Dios que elige aprender de nosotros descubriéndonos en los ojos humanos de un niño que llora y sonríe

Dios que descubre
el afecto y la palabra,
el amor y la pasión,
el odio y el rencor,
la violencia y el terror,
la angustia y el dolor,
la incertidumbre y la desolación,
Dios que vive humanidad.

Navidad
es un tiempo de invitación a creer que lo imposible puede ser,
porque lo imposible un día se hizo humanidad.
En un niño de Belén
en quien lo eterno se volvió historia,
para que en nuestra historia,
lo impensable se vuelva vida.
Vida que nos encuentra y que nos reconcilia,
que ilumina para siempre nuestra oscuridad
en un Dios que nos abraza y nos invita
a caminar eternidad.

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