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Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 10 –

—¿Todos listos? —pregunté—, ¿Adam?

—Listo y aguardando.

—¿Gus?

—Preparado

—¿Brandon?

—Señor.

—¿Marga?

—Toda suya, señor.

“Qué guacha”, pensé, “mirá lo que me dice”.

—Muy bien. Salimos y nos conectamos los arneses; yo voy adelante, Marga cierra formación. Atención: vamos en la dirección del viento y, despacio, recolectamos la mayor cantidad posible de datos y en cuatro horas volvemos.Pasamos a la cámara de descompresión y bajamos. Cerré con cerradura codificada y salimos. Cuando nos reunimos con Adam, avanzamos hacia la oscura profundidad con los reflectores encendidos. La caverna era parecida a cualquier cueva terrestre, pero no había humedad, todo estaba seco. Avanzamos trescientos cincuenta metros. —¿Altitud? —pregunté.—Descendimos 50 metros —dijo Gus.—Medición de gases. —En curso… Dióxido de carbono 18%, Nitrógeno 65%, Oxígeno: 19,9%, Inertes nada, casi respirable, si no fuera por el dióxido de carbono. Temperatura, 12 grados.—Tomemos una muestra microbiológica.—Enseguida —dijo Adam—, va a estar lista en 10 minutos.—Nos acercamos a una bifurcación en 240 metros —dijo Marga.

—¿todos bien?—Interrogué—¿Gus? Te noto respirar muy rápido, desacelerá porque te vas a quedar sin oxígeno

— me siento un poco encerrado, el traje, está cueva cada vez más estrecha, me siento un poco claustrofóbico, ya me calmo.

Seguimos adelante con cuidado, se veía poco y nada

—Ignacio tengo el resultado, es definitivamente positivo, son bacterias gram positivas, y muchas. —Escuchen todos, estamos expuestos a un gran riesgo biológico, seamos cuidadosos —anuncié.—No son de la Tierra, chicos, no las reconoció el programa, pero son muy similares al estreptococo.Llegamos a la bifurcación y eran dos caminos que seguían hacia abajo.Pedí lecturas y Gus dijo:

—La de la derecha baja unos 30 grados, temperatura 18 grados, composición atmosférica varían muy poco, baja un poco el dióxido de carbono, ¿qué carajo pasa allá abajo? ¿De dónde sale el viento? — Gus siguió con sus deducciones—La actividad volcánica no puede generar atmósfera, y no se que impulsa el viento, quizás diferencia de presiones…

—Decime para que lado— interrumpí

—La de la izquierda baja 60 grados y la temperatura es de 21 grados hasta donde alcanzamos a detectar, que son 800 metros. No aconsejo ese camino, costaría mucho subir de regreso.—Bueno, vamos todos hacia la derecha, avanzamos según el plan —ordené.Al bajar, se empezó a estrechar el camino, pero todavía íbamos cómodos.

El piso se sentía raro como pegoteado, ¿es humedad?

—¡Shhhh! —dijo Marga—, silencio.

—¿Qué ocurre? —preguntó Gus.

—Escuchen, es como un zumbido, ¿lo oyen?

Subimos los micrófonos del traje… Y se escuchaba

—Cincuenta metros adelante.

Todos estábamos inquietos, acostumbrados a que el único sonido de Marte era el viento. Llegamos a otra bifurcación

—Viene de atrás de esa pared —dijo Brandon.

—Tenemos 15 minutos antes de empezar a volver —dije.

Marga empezó a pegarle con el martillo a la pared.

—¡Pará, Marga! No, no —dije.

Se oyó un crujir de la pared, que se empezó a rajar y se desmoronó un trozo, que cayó pesadamente al lado mío y el sonido creció mucho. Pensé que iba a salir alguna especie de monstruo marciano.

—¡Es líquido! —gritó Marga—, es…¡agua!.

—A ver, déjame ver —dijo Gus—, parece —recolectó una muestra y esperamos ansiosos el resultado.

Empezó a hablar el analizador:

Composición de la muestra, agua terrestre, coincidencia 99,87%, potable, apta para consumo humano._

—¡Un río de agua! —dijo Gus.

Entonces sonó mi alarma.

—Terminó el tiempo —dije—, tomá varias muestras y volvemos, ah, y una muestra de aire también, después la analizamos.

Regresamos a Ulises.

Habíamos logrado determinar que el aire era casi respirable. Encontramos vida, sin dudas marciana, y un río de agua potable.

—Hicimos algo histórico, equipo, los felicito. Mañana trataremos de conseguir algún dato más.

Teníamos 36 horas para volver a la base Marinelis. Si nos dejaba la tormenta.

—Adam —dije—, cuando lleguemos al vehículo quiero que hagamos una excursión a la entrada de la cueva, vamos a ver y medir el grado de la tormenta.

—De acuerdo —contestó.

Subir fue arduo, nos llevó tres horas. Llegamos cansados y hambrientos.

—Vayan cargando todo el material y nos reunimos dentro de Ulises en 30 minutos.

—Ok —dijo el resto.

Con Adam nos dirigimos los 20 metros que nos separaban de la entrada principal. A medida que nos acercábamos, era más difícil avanzar: caminábamos contra un muro de aire.

—¿Velocidad del viento?

—150 km por hora.

—¡Mierda!, ¿se puede soltar el sensor para que evalúe la magnitud de la tormenta?

—Es posible, pero lo perderemos… y es el último.

—Tenemos menos de 34 horas para llegar antes de que se nos acabe el aire, contamos con 12 a 14 de viaje, en 20 horas tenemos que salir de este pozo.

—Vale, ¿lo suelto?

—Dale.

El sensor voló y se perdió en el viento apenas atravesó la entrada; recibimos datos durante 15 segundos, pocos pero suficientes.

—Almacenados —dijo Gus.

—Vamos —dije y rotamos en dirección a Ulysses.

Todas las miradas estaban puestas en el monitor principal que parpadeaba, hasta que se iluminó.

—¡Por Dios! —exclamó Marga.

Lo que se veía era todo negrura, pero eso no era el problema.

—¿Velocidad de la tormenta?

—En dos horas pasará el ojo de la tormenta por aquí, podremos salir de acá dentro de… 24 horas.

—No nos alcanza el tiempo —dije.

El dron salió de Marinalis en dirección a las cavernas. Recorría kilómetros en contra del viento y de los remolinos que pugnaban por detenerlo, y el peso de su carga volvía mucho más difícil mantener la estabilidad. Primero perdió contacto con la base, después el rumbo y finalmente la velocidad, hasta que cayó y se enterró en un montículo de arena. Treinta segundos después se activó el localizador de corto alcance, el único que funcionaba después del impacto. Pero para detectarlo había que estar a menos de dos kilómetros de distancia.

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