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De a poco tomamos conciencia de lo precaria que era nuestra situación.

—Bien —señalé—, vamos a concentrarnos en el trabajo, tenemos poco tiempo.

—Para empezar, Gus, tenemos que hacer una medición de atmósfera.

—Ahí va —Gus se volcó a la consola—, desplegando sensor.

Escuchamos sobre el fondo del ruido tremendo de la tormenta el sensor que asomaba su estructura fuera de Ulises. Casi no veíamos la entrada de la cueva porque al ingresar tuve que girar porque tiene un codo hacia la izquierda y quedó con el frente hacia el interior. Nos rodeaba una oscuridad total, a pesar de que era el atardecer, ya que la tormenta cubría el cielo por completo.

—Recibiendo datos— dijo Gus

—Adelante —respondí.

—Temperatura, 2º C; densidad del aire, 15000 Pa; composición, dióxido de carbono 50%, nitrógeno 35%, argón 2,5%, oxígeno 12,5%.

—¿Estás seguro? —murmuré.

—No sé, Ignacio, mira tú, capaz que fue alterado el sensor por la tormenta.

—Está en línea con la razón por la que nos enviaron hasta acá, la lectura de los drones.

—Sí, pero es muy diferente a lo esperado; además, si el cambio en la proporción de los gases es mayor hacia el interior, es posible que exista agua en estado líquido y, por ende, la existencia de vida…

—Encontraremos marcianos y sus ciudades subterráneas —dijo Marga.

—No, pero bacterias sí.

—Ups, es cierto —dije—. Escuchen bien: bajo ningún concepto nos quitamos los trajes, ni aunque veamos una playa con palmeras, ¿entendido?

—¡Tío, que si veo una playa con palmeras me zampo la bikini!

El coro de aullidos masculinos dio por cerrada la charla.

—Mmmm, no sé, es muy raro todo, pero les propongo esto: estamos todos cansados, fue un día tremendo y largo, y tenemos hambre y sueño, así que comamos algo, y descansamos unas seis horas. Yo no tengo fuerzas para analizar de qué se trata esto ahora. Después de eso arrancamos con todo a ver con qué sorpresa nos encontramos en las profundidades de este agujero —dije.

Todos aprobaron entusiasmados casi al unísono. Nos repartimos las tareas y comimos con avidez; luego, nos dispusimos a descansar, sacando los pesados equipos que llevábamos puestos durante todo el día.

—T –5:59:57 y contando —les dije—, en seis horas tenemos que estar listos para salir.

Ulises era un gran Motorhome con todo lo necesario para que cinco personas estuvieran cómodas, con literas privadas para los oficiales a cargo, o sea, Marga y yo, y una común para el resto. Entré en mi litera hecho polvo, con una opresión en el estómago porque no veía muy claro cómo cuernos íbamos a salir de allí, pero trataba de postergar lo que no podía resolver entonces. Me quedé sólo con la ropa interior puesta, feliz de la libertad de tanto cachivache que había que usar todo el tiempo, y apenas apoyé la cabeza en la almohada me apagué, literalmente.

Me sobresalté al sentir que algo se deslizaba por mi cuerpo. “Estoy soñando”, pensé por un instante, pero no: estaba bien despierto, intenté darme vuelta y alguien me sujetó con fuerza. La sensación tomó la forma de un beso, ¡me besaba el cuello!, y de dedos que acariciaban y dibujaban intimidad en mi piel.

Con un movimiento brusco giré sobre mí mismo, rompí el cerco de los brazos que me sujetaban y adiviné entre las sombras el rostro y la desnudez de Marga.

—¿Mar?

—Shhhh.

—Pero… —alcancé a balbucear, antes de que me besara, al tiempo que sentía sus tetas sobre mi pecho y su pelvis sobre mí.

Mi cuerpo y el suyo piel a piel. La toqué. Su cadera se deslizó sobre la mía, apreté sus nalgas y nos unimos tan armoniosamente como si nos conociéramos de toda la vida. Tras un instante de pausa, se renovaron las caricias, los besos y el descontrol, todo en absoluto silencio.

Fue un minuto, no sé, pero estallé, mi mente se quedó blanca y me detuve. Sentía que Marga me atraía de nuevo hacia ella, más y más, hasta que su cuerpo comenzó a temblar y todo cesó tan bruscamente como había empezado.

Pegados y agitados. La sentía sobre mí: sus pechos, su pelvis, sus muslos, calientes, muy calientes, su piel quemaba. En la oscuridad busqué su boca, pero antes de tocar sus labios, apretó mis mejillas entre sus manos, me besó otra vez por un segundo y, sin darme cuenta cómo, en el mismo silencio con el que transcurrió todo, se escabulló de mis brazos, de mi cuerpo, de mi litera, y se fue.

“¿Qué hice?, ¡por Dios!”, alcancé a hilvanar y caí dormido.

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