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A las 5 a.m. del día 226 del año marciano 21, el vehículo Ulises 2 partió con rumbo noroeste bajo mi mando, con Marga como primera oficial

—¿Cómo estamos, equipo?

—Ansiosos, jefe, vamos ya para adelante —dijo Adam.

—¿Marga?

—Todo en orden, listo para partir, conecto temporizador. T : 72 hs conteo descendente, inicio ahora.

Ulises, que desde afuera parecía un mezcla de tanque con motor home, comenzó a desplazarse entre el polvo y las rocas a una velocidad que oscilaba entre los 4 y 7 km por hora. Mi atención estaba dividida entre el radar y el visor delantero.

—¿Viento? Cuesta moverlo.

— 50 km/h dirección sudeste, lo tienes de frente, Ignacio.

—Nos va a retrasar si sigue.

—Tiempo estimado de llegada, 14 horas.

—Nos deja un margen de poco más de dos días para trabajar en el agujero.

—Creo que 48 horas son suficientes —intervino Adam.

—Todo depende de la profundidad que encontremos —agregó Brandon, el otro geólogo integrante de la dotación.

—Tenés razón, veremos —dije.

Las siguientes siete horas discurrieron sin complicaciones. Marga condujo durante dos mientras yo dormía plácidamente. En un momento sentí que me sacudían del hombro.

—¿Qué pasa?

—Marga te requiere, Ignacio.

En un minuto me pusieron al tanto de la situación: un declive inesperado para la misión. Debemos rodearlo si no queríamos volcar.

—¿Cómo viene la tormenta? —pregunté ya despabilado.

—Acercándose lentamente, pero parece que la velocidad es menor, aunque aumentó el volumen y eso me preocupa un poco —respondió Adam.

—¿Tiempo de contacto?

—36 horas, señor.

—Vamos a rodearla, no quiero tomar riesgos, pero quiero un ojo en la tormenta todo el tiempo, no más sorpresas y no te fíes de las máquinas solamente, usa los ojos y los binoculares. Entramos, pasa la tormenta y regresamos.

—Señor, al bajar por la pendiente perderemos contacto con la base. Dependeremos de los satélites, hasta donde se pueda, porque una vez que la tormenta esté arriba no tienen más señal, y además hay otra cosa, y es que al bajar al valle también perderemos contacto radial con Marinelis.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Depende, pero más o menos seis a ocho horas. Estaremos solos —dijo Marga.

—Pasame con el comandante.

Iván lo autorizó.

—Comprendido, Marga, adelante con maniobra de rodeo.

—Sí, Ignacio.

El vehículo comenzó el descenso lateral unos cuatrocientos metros hacia abajo y a la derecha, llegó a tener una inclinación de treinta grados, pero sin comprometer seriamente la estabilidad.

—Contacto con Marinelis interrumpido, señor —dijo Gus.

—Enterado.

Nos sumergimos en un lugar desconocido, donde aún no había cartografía dado que no se había pensado en la zona como algo relevante. Sin cartografía, sin radio y con satélites intermitentes. Avanzamos con dificultades y tuvimos que rodear aún más de lo que pensamos.

—El radar está confuso, creo que la radiación electromagnética de la tormenta nos está afectando —dijo Gus, acelerado.

—¿Dónde está la tormenta? —pregunté.

Los macizos montañosos no nos dejaban ver con perspectiva.

—Según el satélite, está a unos 50 km, pero hay viento de 40 km por hora en nuestra dirección y en aumento.

—¿Resistirá el drone? —pregunté.

—Sí, hasta 80 —dijo Gus.

—Envíen el drone uno.

—Drone uno afuera.

El drone se elevó raudamente, alcanzó los cuatrocientos metros de altura y apuntó en la dirección del viento.

—¡Dios mío! —exclamó Marga.

Una negrura enorme que ocupaba dos tercios de cielo, atravesada por rayos y descargas eléctricas, llenó la pantalla del vehículo. El grado de la tormenta era 5 y, según los datos que llegaban a la computadora, abarcaba un cuarto del planeta. Una catástrofe potencial.

—Tenemos que volver —afirmó Brandon.

—Abortando misión —ordené.

—Espera —dijo Marga, sumida en cálculos matemáticos frente a la computadora de navegación.

—¿Marga?

—Estamos a 42 kilómetros de la base y viajando a la máxima velocidad en subida tardaríamos cerca de diez horas en llegar, por los cálculos de velocidad de la tormenta, ésta nos alcanzaría una hora antes de que llegáramos; no sobreviviríamos una grado 5. Ahora bien, estamos a ocho kilómetros de las cavernas, si arriesgamos y vamos lo más rápido que nos dé la máquina, llegaríamos 30 minutos antes que ella, con el tiempo suficiente de refugiarnos allí hasta que pase.

—Llegaríamos muy jugados —dijo Gus.

—Hagámoslo —dije—, a toda marcha, todos sentados y ajustados.

—Hecho —dijo Marga—, rumbo 246 sudoeste, velocidad 20 km por hora, tiempo estimado de llegada, dos horas.

Conduje lo más concentrado que pude. La visibilidad era casi cero y el viento sacudía el vehículo hasta que sentí los brazos como piedras, mientras trataba de mantener la dirección. La tormenta se acercaba más rápido de los calculado.

—¿Cuántos drones tenemos con radar? —pregunté.

—Uno, señor, pero no va a aguantar este viento.

—Marga, ¿cuál es la última posición que teníamos de la caverna más cercana?

—Tendría que estar… —levantó la mirada y señaló hacia el frente de la pantalla anterior— ¡justo ahí!

Allí estaba, se veía claramente la cueva sobre una elevación de unos cincuenta metros con la entrada apuntando hacia nosotros y en contra del viento.

—Marga , calculá el diámetro de la entrada y el ángulo.

—Listo, tres metros y medio de alto, cinco de ancho —sonrió— ¡entramos!

El viento nos sacudió fuerte y la visibilidad era casi nula. Encendí los reflectores infrarrojos y aceleré.

El vehículo chocó contra una piedra y perdí la vertical, pero me salvaron los estabilizadores laterales que, con toda potencia, equilibraron el vehículo, y de un salto entramos en la cueva casi diez metros, donde todo se estabilizó.

—¡Eh, bravo!

Aplausos de todos, nos estrechamos las manos. Marga me miró y dijo:

—Parece que el Mayor hizo un curso de salvación personal de la señora española que suele acompañarlo últimamente.

Sin previo aviso, me besó.

—¡Ey, yo también ayudé! —protestó Gus.

—Te lo has ganado, hombre, pero sin malacostumbrar —me dijo y después giró hacia Gus—, ¿y tú Gus qué miras?

—¡Nada!

—Que es una broma, hombre, joder —y le dio un beso por mejilla.

—En serio, Gus, ¿cuánto estimas que durará la tormenta? —pregunté.

Se volcó sobre la consola principal y escribió datos. Nos miró serio.

—Creo que con la extensión que tiene ahora, mínimo cuarenta y ocho horas.

Nos miramos y se nos fue la sonrisa a todos. Teníamos provisiones para una semana, agua para cuatro días y aire para tres.

Quedaban dos días y seis horas.

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