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CAPITULO 6

Finaliza el período de adaptación, los primeros días fueron un jet lag eterno. Llegar a Marte me provocó, al principio, sensaciones familiares. Dentro de la base era todo tan parecido a lo que viví en la Antártida, los pasillos, los dormitorios, el salón comedor, hasta el despacho del comandante, todo se asemejaba a la base Marambio, aunque esta era mucho más grande, en la que roté cuando me entrenaba en vuelos en ambientes hostiles. Había una diferencia: entonces bastaba con ponerse el abrigo para salir a caminar libremente y tomar contacto con la naturaleza; aquí el salir es un poco más complicado.

Estoy fascinado con estos paisajes interminables, los colores tan naranjas y el desierto tan rocoso, pero lo que me genera contemplar el cañón es difícil de describir. Es todo tan enorme y desolado… Cuando lo recorro, no puedo evitar pensar: “la puta, Ignacio, ¿te acordás cuando era una locura soñar con ir a París o a Nueva York?, y ahora mirá donde está el pibe de Ituzaingó”. Y es entonces cuando la incomodidad del encierro, las sensaciones raras con las diferencias de gravedad y todo lo jodido que me siento físicamente desaparece y quedo idiota mirando el horizonte.

Hoy estaba realizando el recorrido 1.2 A, a unos quinientos metros de la base; recogía datos de los móviles ya en el filo del atardecer, cuando elevé la mirada y la vi por primera vez ese punto azul pálido, diminuto. Parece loco pero allí está mi lugar en el universo, mis afectos y mis certezas, mis creencias, mi hogar; esa imagen me sacudió tanto que perdí la noción del tiempo, hasta que escuché un grito.

—¡Puta madre, Ignacio, podéis volver ahora mismo, hombre! —la voz de Marga era inconfundible.

—Copiado, ¿cuál es la situación?

Y escuché el pitido agudo de la alarma del traje. 

—Gilipollas, ¡tu nivel de oxígeno, pedazo de idiota!

Miré: 8% “a la mierda”.

—Inicio retorno.

—Vuelve despacio, que si no te vais a ahogar como un cochino y yo no voy a ir a rescatarte. 

“Esta mina me cuida como si fuera mi vieja, pero no me deja tocarle ni un pelo”, Recuerdo que pensé mientras trataba de no caerme.

La gravedad y la atmósfera, menores a las de la Tierra, me vuelven más liviano, pero menos hábil, me cuesta coordinar, así que el esfuerzo es muy intenso y me empiezo a desesperar. Mi marcha fue bastante lenta y llegué con un 2% de oxígeno, agitado y me sentía casi morir.

El comandante me sacudió mal, y creo que no fue peor porque todavía tengo crédito por lo que hice allá arriba, pero igual me dio para que tenga y me sancionó prohibiéndome salir por 72 horas de la base.

—Novatos, siempre hay que estar cuidándolos —murmuró al irse.

Igual valió la pena.

Fin de reporte.
La base está ubicada entre dos macizos montañosos en lo alto de la ladera sur del cañón, porque allí se encuentra más protegida de los intensos vientos y de las tormentas que ocurren cada tanto, y que en ocasiones se convierten en huracanes gigantes de polvo y viento. Es grande y cómoda. Somos una dotación de cuarenta personas, alrededor de unas quince mujeres y el resto, hombres. 

La primera tarea que me asignaron fue organizar la logística del arribo de suministros, que llegan todos los meses en naves de transporte no tripuladas, que debí aprender a conducir por telemetría remota.

Después vino lo más difícil, capacitarse en pilotar los lanzadores de emergencia. Había cinco que podían poner a toda la dotación de la base fuera del planeta en menos de 24 horas y acoplarlos a las naves que lo orbitan.

—¿Y, qué tal el héroe gaucho? —dijo con ironía Roger, el ingeniero aeroespacial— ,vamos a exprimirte un poco hasta que manejar esos lanzadores sea tan natural como lavarte los dientes. Quiero que si tenemos que evacuar a todos de este planeta en una emergencia, no tengas que pensar, sino actuar en automático.

Tuve que pasar por el simulador una vez por día durante dos semanas, a veces en medio de la noche, y al final realicé un simulacro real con acoplamiento orbital y todo. Resultó agotador.

También tuve que aprender de cero a conducir. Los vehículos de superficie son diferentes a los de la tierra. Manejar aquí resulta un desafío enorme, ya que si aceleraba de golpe podía salir literalmente volando, como me pasó una vez en la que casi me voy a la mierda por el barranco.

 Ivan Serkin es el comandante de la base, un hombre apasionado por el proyecto, que sabe conducir a hombres y mujeres muy diversos con una naturalidad inusual para un ruso. Aprendí a respetarlo.
El día 220 del año, a la hora del desayuno sonaron los parlantes: “Reunión general en salón principal dentro de 15 minutos, obligatoria”. Fuimos y el comandante apareció de repente.

—Buenos días, primero que nada disculpas, saben bien que no me gusta interrumpir el horario del desayuno, pero tengo que comunicarles algo muy importante. Hace una semana ya de la tormenta “Patricia” que pasó a unos 20 kilómetros de aquí. El escaneo rutinario que realizamos después de cada tormenta pareció ser normal, sólo evidenció el habitual desplazamiento de médanos, pero el análisis detallado posterior nos mostró esto:

Se iluminó la pantalla principal. 

—Observen, aparecieron estas imágenes borrosas, que luego se fueron aclarando y vimos lo que parecían ser tres cavernas ubicadas a unos 50 kilómetros en dirección sudoeste. Pues bien, enviamos drones que determinaron que efectivamente eran cuevas y las analizaron.

–Nos miró a todos y continuó

“Aquí empieza lo interesante, en los análisis preliminares, se determinó que las densidades de oxígeno y dióxido de carbono son diferentes a las de la superficie, y bastante superiores a las halladas en las siete cavernas hermanas descubiertas en el 2007. Las siete hermanas, además, tienen 20 metros de profundidad, a estas no se les pudo medir aún, pero lo que sí midieron los drones es que hay un 13,35% de oxígeno y casi 42,65% de nitrógeno.

“Muy parecido al aire terrestre”, el murmullo recorrió la sala, pero Iván siguió hablando.

—Me pregunto ¿y por qué hay más oxígeno?, ¿dónde está? ¿qué ocurre en las profundidades del planeta? ¿Estarán allí las respuestas a las preguntas que nos hemos hecho desde que vinimos aquí? ¿Estamos en los umbrales de quizás realizar un descubrimiento asombroso? ¿Será habitable el planeta en forma subterránea? ¿O es una falsa señal?

Pues bien, el comando espacial determinó que averiguarlo es nuestra máxima prioridad. El comandante nos refirió las dificultades: al estar a más de cincuenta kilómetros de la base, queda por fuera del límite de autonomía máxima de los vehículos, por lo que se iba a adaptar a uno de ellos con las baterías necesarias para ir, investigar y regresar en tres días. Además, una tormenta de proporciones se acercaba desde el sur y, si llegaba primero, podía hacer desaparecer para siempre las cavernas bajo el polvo.

—La misión contará con cinco astronautas, esta vez dos pilotos, dos geólogos y un ingeniero en minas; las designaciones les serán remitidas en breve. ¿Preguntas?

El silencio se escuchó en la sala.

—Muy bien, pueden retirarse.

Horas después estaba tomando un café en el comedor, cuando sonó mi dispositivo.

—Ignacio —me encontró George 

—¿Qué hacés por acá?, ¿no estabas de turno?

—Estoy, ¿no te llegó la señal? Te busca el comandante, te espera en su despacho en diez minutos. 

—Recién lo veo, ¿sabes qué pasa?

—No, pero creo que tiene que ver con la misión. 

—¡Andá!

—Andá vos, que te espera.

El comandante me recibió en cuanto llegué: 

—Hola, Ignacio, ¿como va ser un marciano? 

—Un poco verde señor, pero madurando.

Iván sonrió. 

—Ignacio, te cité porque quiero que acompañes a Alex como segundo piloto, te veo sólido a pesar de tu corta experiencia y considero que estás listo para el reto

—Gracias, comandante, ahí estaré. 

—Dentro de cinco días partirán hacia allí. 

—Sí, señor.

—Puedes retirarte.

Esa mañana había buscado en el salón a Marga, pero no la vi. Hacía ya un tiempo que no nos encontrábamos, el trabajo en áreas separadas nos había distanciado un poco. Pero al pasar por el bar de la planta baja esa noche la vi sola tomando ron con una cara que aconsejaba distancia. Igual me acerqué. 

—¿Qué os pasa, mujer, que no aparecéis?

—No te hagas el gracioso que te sacudo un mamporro. 

—En serio, negrita, te extraño, ¿qué te pasa?

—¿De verdad me lo preguntáis?, ¡joder!, ¿que eres ciego, hombre? ¡Hay una puta misión de la hostia y yo acá tejiendo como Penélope! 

—No te lo tomes así, seguro después de esta misión habrá otras y vas sin esta tormenta que se nos viene encima. 

—Eso lo dice muy tranquilo el señor porque va a ir, ya me enteré, ¡felicidades! “¡Ay, comandante González, qué especial es lo que hizo!”, le dicen todas esas calientapollas.

—¡Pará, zarpada! Estás descarrilando.

—¿Y tú sabes quién es la mujer con quien hablas? Yo escalé la cima del Aconcagua a los 29 años, ¡a los 29! Tú seguro estarías tomando leche de crío, y aquí me tienen jugando como una guarra.

Le acaricié el pelo despacio.

—Te prometo que voy a hablar con el comandante a ver si hay algún lugar en la próxima salida.

Después la tomé de la mano y le dije:

—Sos la mejor, y te falta poco para salir a la cancha, no tenés que enojarte.

Su rostro se ablandó y sus ojos dulces me sacudieron.

Suspiró. 

—Sí, creo que tienes razón, el resentimiento me hace mal. Gracias, Nacho, que me has quitado la bronca, eres…

Me acerqué despacio a sus labios, ella miraba mi boca sin moverse y a dos centímetros me puso su dedo índice sobre mis labios y me detuvo.

—¡Que eres arisca, mujer!

Sonrió: 

—¿Como decís vosotros?, “donde se come…”.

Me acerqué a su oído y le susurré: 

—Me voy con las calientapollas.

—El señor es grande ya —y me despidió con un beso por mejilla—, gracias de nuevo.

—Un placer.

La tarde anterior a la partida, el comandante me llamó a su oficina en forma urgente.

—Tenemos un problema, Ignacio.

—¿Qué ocurre, señor? 

—Alex está con gastroenteritis y no puedo arriesgar que se deshidrate en medio de misión, los necesito a todos ciento por ciento. 

—Sabe que cuenta conmigo, comandante. 

—Ya sé, Ignacio. Tener sólo a Marga para copiloto; Viktor y Pierre están en el valle y no agrada la idea de enviar dos novatos a esta misión, pero tampoco puedo postergar 24 horas porque tengo alerta de tormenta para menos de siete días, que no sabemos cuánto tiempo va a durar y cómo quedará el terreno después; parece de las grandes.

—Marga es una excelente piloto, y merece tener su oportunidad, creo que lo que sorteamos allí arriba fue de mucha experiencia para ella.

—Sí, pero reporte decir que hubo momento que perdió el control. 

—Fue un instante de desahogo, señor, pero no afectó su rendimiento, y piense que estábamos a 30 segundos de morir.

—Está bien, Ignacio, tomo en cuenta tu criterio, habla con ella y reportame. Salen mañana a las 6.

—Sí, señor.

Golpeé la puerta dos veces. 

—No quiero ver a nadie. 

—Pero hoy el que tengo una sorpresita soy yo.

Entreabrió la puerta: 

—Más te vale.

Cuando le comuniqué la decisión del comandante, se puso como una niña que se había encontrado con Papá Noel. No pudimos dormir esa noche, la misión era la más importante en la historia de la base. Era maravilloso estar al lado de Marga otra vez

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