Seleccionar página
DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

DESDE ITUZAINGO HASTA MARTE – Capítulo 9-

A las 4:30, hora marciana, sonó la alarma de mi reloj. Entreabrí los ojos y me dolía cada porción del cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Todavía sentía su perfume en mi piel. “¿Nos habrán escuchado? Se que transgredí doscientos mil reglamentos militares de dos planetas”.

—Ignacio —dijo Gus—, arriba, desayuno listo y caliente.

—Voy.

Me vestí con todo el traje, salí de mi litera y allí los vi, a los cuatro, desayunar huevos y panceta disecados. Marga me saludó como cualquier otro día, no percibí en ella ningún signo de complicidad, ni mirada, ni gesto, nada.

—Buen día —dije.

—Hola, Ignacio. Ya desayuné, si te parece —dijo Adam—, puedo salir hasta la entrada y ver qué pasa ahí afuera.

—¿Estás listo?

—Sí, ya estoy.—dijo mientras terminaba de ajustarse el traje

—Dame diez, que como algo, y salís.

—Ok, espero.

Comí con hambre y rápido. Los huevos no lucían bien pero estaban muy ricos.

—Bueno, vamos —le dije—, procedé con cuidado y mantenete en línea permanente, con la cámara encendida.

—Son quince metros…

—Doscientos kilómetros por hora era el viento anoche.

—Dale, tenés razón.

Adam fue a la cámara de descompresión. Todos nos terminamos de preparar sin sacar un ojo del monitor. Cuando Adam empezó a transmitir, lo que vimos fue perturbador: noche cerrada en pleno verano a las seis de la tarde.

—Viento: velocidad…. 250 km por hora.

—¡Puta madre!, salí de ahí Adam, volvé.

—Esperá—dijo Adam—el sensor del traje me indica viento a mi espalda, voy a sobrepasar a Ulises y avanzar diez metros hacia el interior.

—Copiado, pero con cuidado, por favor.

Fue hacia el recodo de la cueva. En pantalla, lo vimos estirar su brazo hacia la oscuridad que había hacia su derecha.

—¡Hay viento! —gritó—. ¡Chicos! ¡viene viento desde dentro de la cueva!

—Extendé el sensor —ordené.

—Midiendo…

Los datos se transmitieron a la consola central:

Composición de muestra gaseosa_

Dióxido de carbono … 25%_

Nitrógeno…58%_

Oxígeno …17% _

Inertes …. Trazas_

Se agachó y tomó una muestra de tierra de la cueva, la colocó en el analizador primario y esperó_

Análisis microbiológico … Actividad bacteriana tenue positiva, viral negativa._

—¡Dios mío! —alcancé a decir.

—¡Hay vida en esta roca, encontramos vida!, ¡carajo! —gritó Gus.

—¡Hostias! —gritó Marga, mientras saltaba.

—Es preliminar muchachos, puede ser contaminación, bajen un poco la marcha— dijo Adam

—Es verdad—reconocí—Adam, acércate a Ulises, por favor; en 10 minutos estamos ahí.

Miré al resto

—Todos a trabajar, tenemos en nuestra puerta uno de los posibles hallazgos más importantes de toda la historia, no podemos equivocarnos.

—Sí, Ignacio —corearon todos.

En medio de una excitación de estudiantes, apurados por salir al nuevo mundo, me estaba poniendo el casco cuando mis ojos se cruzaron con su mirada. Ahí supe que no había sido un sueño, y también intuí que empezaba a vivir uno… O quizás dos.

Desde Ituzaingó hasta Marte -capitulo 8- La caverna.

Desde Ituzaingó hasta Marte -capitulo 8- La caverna.

De a poco tomamos conciencia de lo precaria que era nuestra situación.

—Bien —señalé—, vamos a concentrarnos en el trabajo, tenemos poco tiempo.

—Para empezar, Gus, tenemos que hacer una medición de atmósfera.

—Ahí va —Gus se volcó a la consola—, desplegando sensor.

Escuchamos sobre el fondo del ruido tremendo de la tormenta el sensor que asomaba su estructura fuera de Ulises. Casi no veíamos la entrada de la cueva porque al ingresar tuve que girar porque tiene un codo hacia la izquierda y quedó con el frente hacia el interior. Nos rodeaba una oscuridad total, a pesar de que era el atardecer, ya que la tormenta cubría el cielo por completo.

—Recibiendo datos— dijo Gus

—Adelante —respondí.

—Temperatura, 2º C; densidad del aire, 15000 Pa; composición, dióxido de carbono 50%, nitrógeno 35%, argón 2,5%, oxígeno 12,5%.

—¿Estás seguro? —murmuré.

—No sé, Ignacio, mira tú, capaz que fue alterado el sensor por la tormenta.

—Está en línea con la razón por la que nos enviaron hasta acá, la lectura de los drones.

—Sí, pero es muy diferente a lo esperado; además, si el cambio en la proporción de los gases es mayor hacia el interior, es posible que exista agua en estado líquido y, por ende, la existencia de vida…

—Encontraremos marcianos y sus ciudades subterráneas —dijo Marga.

—No, pero bacterias sí.

—Ups, es cierto —dije—. Escuchen bien: bajo ningún concepto nos quitamos los trajes, ni aunque veamos una playa con palmeras, ¿entendido?

—¡Tío, que si veo una playa con palmeras me zampo la bikini!

El coro de aullidos masculinos dio por cerrada la charla.

—Mmmm, no sé, es muy raro todo, pero les propongo esto: estamos todos cansados, fue un día tremendo y largo, y tenemos hambre y sueño, así que comamos algo, y descansamos unas seis horas. Yo no tengo fuerzas para analizar de qué se trata esto ahora. Después de eso arrancamos con todo a ver con qué sorpresa nos encontramos en las profundidades de este agujero —dije.

Todos aprobaron entusiasmados casi al unísono. Nos repartimos las tareas y comimos con avidez; luego, nos dispusimos a descansar, sacando los pesados equipos que llevábamos puestos durante todo el día.

—T –5:59:57 y contando —les dije—, en seis horas tenemos que estar listos para salir.

Ulises era un gran Motorhome con todo lo necesario para que cinco personas estuvieran cómodas, con literas privadas para los oficiales a cargo, o sea, Marga y yo, y una común para el resto. Entré en mi litera hecho polvo, con una opresión en el estómago porque no veía muy claro cómo cuernos íbamos a salir de allí, pero trataba de postergar lo que no podía resolver entonces. Me quedé sólo con la ropa interior puesta, feliz de la libertad de tanto cachivache que había que usar todo el tiempo, y apenas apoyé la cabeza en la almohada me apagué, literalmente.

Me sobresalté al sentir que algo se deslizaba por mi cuerpo. “Estoy soñando”, pensé por un instante, pero no: estaba bien despierto, intenté darme vuelta y alguien me sujetó con fuerza. La sensación tomó la forma de un beso, ¡me besaba el cuello!, y de dedos que acariciaban y dibujaban intimidad en mi piel.

Con un movimiento brusco giré sobre mí mismo, rompí el cerco de los brazos que me sujetaban y adiviné entre las sombras el rostro y la desnudez de Marga.

—¿Mar?

—Shhhh.

—Pero… —alcancé a balbucear, antes de que me besara, al tiempo que sentía sus tetas sobre mi pecho y su pelvis sobre mí.

Mi cuerpo y el suyo piel a piel. La toqué. Su cadera se deslizó sobre la mía, apreté sus nalgas y nos unimos tan armoniosamente como si nos conociéramos de toda la vida. Tras un instante de pausa, se renovaron las caricias, los besos y el descontrol, todo en absoluto silencio.

Fue un minuto, no sé, pero estallé, mi mente se quedó blanca y me detuve. Sentía que Marga me atraía de nuevo hacia ella, más y más, hasta que su cuerpo comenzó a temblar y todo cesó tan bruscamente como había empezado.

Pegados y agitados. La sentía sobre mí: sus pechos, su pelvis, sus muslos, calientes, muy calientes, su piel quemaba. En la oscuridad busqué su boca, pero antes de tocar sus labios, apretó mis mejillas entre sus manos, me besó otra vez por un segundo y, sin darme cuenta cómo, en el mismo silencio con el que transcurrió todo, se escabulló de mis brazos, de mi cuerpo, de mi litera, y se fue.

“¿Qué hice?, ¡por Dios!”, alcancé a hilvanar y caí dormido.

Desde Ituzaingo hasta Marte -capítulo 7-

Desde Ituzaingo hasta Marte -capítulo 7-

A las 5 a.m. del día 226 del año marciano 21, el vehículo Ulises 2 partió con rumbo noroeste bajo mi mando, con Marga como primera oficial

—¿Cómo estamos, equipo?

—Ansiosos, jefe, vamos ya para adelante —dijo Adam.

—¿Marga?

—Todo en orden, listo para partir, conecto temporizador. T : 72 hs conteo descendente, inicio ahora.

Ulises, que desde afuera parecía un mezcla de tanque con motor home, comenzó a desplazarse entre el polvo y las rocas a una velocidad que oscilaba entre los 4 y 7 km por hora. Mi atención estaba dividida entre el radar y el visor delantero.

—¿Viento? Cuesta moverlo.

— 50 km/h dirección sudeste, lo tienes de frente, Ignacio.

—Nos va a retrasar si sigue.

—Tiempo estimado de llegada, 14 horas.

—Nos deja un margen de poco más de dos días para trabajar en el agujero.

—Creo que 48 horas son suficientes —intervino Adam.

—Todo depende de la profundidad que encontremos —agregó Brandon, el otro geólogo integrante de la dotación.

—Tenés razón, veremos —dije.

Las siguientes siete horas discurrieron sin complicaciones. Marga condujo durante dos mientras yo dormía plácidamente. En un momento sentí que me sacudían del hombro.

—¿Qué pasa?

—Marga te requiere, Ignacio.

En un minuto me pusieron al tanto de la situación: un declive inesperado para la misión. Debemos rodearlo si no queríamos volcar.

—¿Cómo viene la tormenta? —pregunté ya despabilado.

—Acercándose lentamente, pero parece que la velocidad es menor, aunque aumentó el volumen y eso me preocupa un poco —respondió Adam.

—¿Tiempo de contacto?

—36 horas, señor.

—Vamos a rodearla, no quiero tomar riesgos, pero quiero un ojo en la tormenta todo el tiempo, no más sorpresas y no te fíes de las máquinas solamente, usa los ojos y los binoculares. Entramos, pasa la tormenta y regresamos.

—Señor, al bajar por la pendiente perderemos contacto con la base. Dependeremos de los satélites, hasta donde se pueda, porque una vez que la tormenta esté arriba no tienen más señal, y además hay otra cosa, y es que al bajar al valle también perderemos contacto radial con Marinelis.

—¿Cuánto tiempo? —pregunté.

—Depende, pero más o menos seis a ocho horas. Estaremos solos —dijo Marga.

—Pasame con el comandante.

Iván lo autorizó.

—Comprendido, Marga, adelante con maniobra de rodeo.

—Sí, Ignacio.

El vehículo comenzó el descenso lateral unos cuatrocientos metros hacia abajo y a la derecha, llegó a tener una inclinación de treinta grados, pero sin comprometer seriamente la estabilidad.

—Contacto con Marinelis interrumpido, señor —dijo Gus.

—Enterado.

Nos sumergimos en un lugar desconocido, donde aún no había cartografía dado que no se había pensado en la zona como algo relevante. Sin cartografía, sin radio y con satélites intermitentes. Avanzamos con dificultades y tuvimos que rodear aún más de lo que pensamos.

—El radar está confuso, creo que la radiación electromagnética de la tormenta nos está afectando —dijo Gus, acelerado.

—¿Dónde está la tormenta? —pregunté.

Los macizos montañosos no nos dejaban ver con perspectiva.

—Según el satélite, está a unos 50 km, pero hay viento de 40 km por hora en nuestra dirección y en aumento.

—¿Resistirá el drone? —pregunté.

—Sí, hasta 80 —dijo Gus.

—Envíen el drone uno.

—Drone uno afuera.

El drone se elevó raudamente, alcanzó los cuatrocientos metros de altura y apuntó en la dirección del viento.

—¡Dios mío! —exclamó Marga.

Una negrura enorme que ocupaba dos tercios de cielo, atravesada por rayos y descargas eléctricas, llenó la pantalla del vehículo. El grado de la tormenta era 5 y, según los datos que llegaban a la computadora, abarcaba un cuarto del planeta. Una catástrofe potencial.

—Tenemos que volver —afirmó Brandon.

—Abortando misión —ordené.

—Espera —dijo Marga, sumida en cálculos matemáticos frente a la computadora de navegación.

—¿Marga?

—Estamos a 42 kilómetros de la base y viajando a la máxima velocidad en subida tardaríamos cerca de diez horas en llegar, por los cálculos de velocidad de la tormenta, ésta nos alcanzaría una hora antes de que llegáramos; no sobreviviríamos una grado 5. Ahora bien, estamos a ocho kilómetros de las cavernas, si arriesgamos y vamos lo más rápido que nos dé la máquina, llegaríamos 30 minutos antes que ella, con el tiempo suficiente de refugiarnos allí hasta que pase.

—Llegaríamos muy jugados —dijo Gus.

—Hagámoslo —dije—, a toda marcha, todos sentados y ajustados.

—Hecho —dijo Marga—, rumbo 246 sudoeste, velocidad 20 km por hora, tiempo estimado de llegada, dos horas.

Conduje lo más concentrado que pude. La visibilidad era casi cero y el viento sacudía el vehículo hasta que sentí los brazos como piedras, mientras trataba de mantener la dirección. La tormenta se acercaba más rápido de los calculado.

—¿Cuántos drones tenemos con radar? —pregunté.

—Uno, señor, pero no va a aguantar este viento.

—Marga, ¿cuál es la última posición que teníamos de la caverna más cercana?

—Tendría que estar… —levantó la mirada y señaló hacia el frente de la pantalla anterior— ¡justo ahí!

Allí estaba, se veía claramente la cueva sobre una elevación de unos cincuenta metros con la entrada apuntando hacia nosotros y en contra del viento.

—Marga , calculá el diámetro de la entrada y el ángulo.

—Listo, tres metros y medio de alto, cinco de ancho —sonrió— ¡entramos!

El viento nos sacudió fuerte y la visibilidad era casi nula. Encendí los reflectores infrarrojos y aceleré.

El vehículo chocó contra una piedra y perdí la vertical, pero me salvaron los estabilizadores laterales que, con toda potencia, equilibraron el vehículo, y de un salto entramos en la cueva casi diez metros, donde todo se estabilizó.

—¡Eh, bravo!

Aplausos de todos, nos estrechamos las manos. Marga me miró y dijo:

—Parece que el Mayor hizo un curso de salvación personal de la señora española que suele acompañarlo últimamente.

Sin previo aviso, me besó.

—¡Ey, yo también ayudé! —protestó Gus.

—Te lo has ganado, hombre, pero sin malacostumbrar —me dijo y después giró hacia Gus—, ¿y tú Gus qué miras?

—¡Nada!

—Que es una broma, hombre, joder —y le dio un beso por mejilla.

—En serio, Gus, ¿cuánto estimas que durará la tormenta? —pregunté.

Se volcó sobre la consola principal y escribió datos. Nos miró serio.

—Creo que con la extensión que tiene ahora, mínimo cuarenta y ocho horas.

Nos miramos y se nos fue la sonrisa a todos. Teníamos provisiones para una semana, agua para cuatro días y aire para tres.

Quedaban dos días y seis horas.

Desde Ituzaingo hasta Marte -segunda Parte- La tormenta-

Desde Ituzaingo hasta Marte -segunda Parte- La tormenta-

CAPITULO 6

Finaliza el período de adaptación, los primeros días fueron un jet lag eterno. Llegar a Marte me provocó, al principio, sensaciones familiares. Dentro de la base era todo tan parecido a lo que viví en la Antártida, los pasillos, los dormitorios, el salón comedor, hasta el despacho del comandante, todo se asemejaba a la base Marambio, aunque esta era mucho más grande, en la que roté cuando me entrenaba en vuelos en ambientes hostiles. Había una diferencia: entonces bastaba con ponerse el abrigo para salir a caminar libremente y tomar contacto con la naturaleza; aquí el salir es un poco más complicado.

Estoy fascinado con estos paisajes interminables, los colores tan naranjas y el desierto tan rocoso, pero lo que me genera contemplar el cañón es difícil de describir. Es todo tan enorme y desolado… Cuando lo recorro, no puedo evitar pensar: “la puta, Ignacio, ¿te acordás cuando era una locura soñar con ir a París o a Nueva York?, y ahora mirá donde está el pibe de Ituzaingó”. Y es entonces cuando la incomodidad del encierro, las sensaciones raras con las diferencias de gravedad y todo lo jodido que me siento físicamente desaparece y quedo idiota mirando el horizonte.

Hoy estaba realizando el recorrido 1.2 A, a unos quinientos metros de la base; recogía datos de los móviles ya en el filo del atardecer, cuando elevé la mirada y la vi por primera vez ese punto azul pálido, diminuto. Parece loco pero allí está mi lugar en el universo, mis afectos y mis certezas, mis creencias, mi hogar; esa imagen me sacudió tanto que perdí la noción del tiempo, hasta que escuché un grito.

—¡Puta madre, Ignacio, podéis volver ahora mismo, hombre! —la voz de Marga era inconfundible.

—Copiado, ¿cuál es la situación?

Y escuché el pitido agudo de la alarma del traje. 

—Gilipollas, ¡tu nivel de oxígeno, pedazo de idiota!

Miré: 8% “a la mierda”.

—Inicio retorno.

—Vuelve despacio, que si no te vais a ahogar como un cochino y yo no voy a ir a rescatarte. 

“Esta mina me cuida como si fuera mi vieja, pero no me deja tocarle ni un pelo”, Recuerdo que pensé mientras trataba de no caerme.

La gravedad y la atmósfera, menores a las de la Tierra, me vuelven más liviano, pero menos hábil, me cuesta coordinar, así que el esfuerzo es muy intenso y me empiezo a desesperar. Mi marcha fue bastante lenta y llegué con un 2% de oxígeno, agitado y me sentía casi morir.

El comandante me sacudió mal, y creo que no fue peor porque todavía tengo crédito por lo que hice allá arriba, pero igual me dio para que tenga y me sancionó prohibiéndome salir por 72 horas de la base.

—Novatos, siempre hay que estar cuidándolos —murmuró al irse.

Igual valió la pena.

Fin de reporte.
La base está ubicada entre dos macizos montañosos en lo alto de la ladera sur del cañón, porque allí se encuentra más protegida de los intensos vientos y de las tormentas que ocurren cada tanto, y que en ocasiones se convierten en huracanes gigantes de polvo y viento. Es grande y cómoda. Somos una dotación de cuarenta personas, alrededor de unas quince mujeres y el resto, hombres. 

La primera tarea que me asignaron fue organizar la logística del arribo de suministros, que llegan todos los meses en naves de transporte no tripuladas, que debí aprender a conducir por telemetría remota.

Después vino lo más difícil, capacitarse en pilotar los lanzadores de emergencia. Había cinco que podían poner a toda la dotación de la base fuera del planeta en menos de 24 horas y acoplarlos a las naves que lo orbitan.

—¿Y, qué tal el héroe gaucho? —dijo con ironía Roger, el ingeniero aeroespacial— ,vamos a exprimirte un poco hasta que manejar esos lanzadores sea tan natural como lavarte los dientes. Quiero que si tenemos que evacuar a todos de este planeta en una emergencia, no tengas que pensar, sino actuar en automático.

Tuve que pasar por el simulador una vez por día durante dos semanas, a veces en medio de la noche, y al final realicé un simulacro real con acoplamiento orbital y todo. Resultó agotador.

También tuve que aprender de cero a conducir. Los vehículos de superficie son diferentes a los de la tierra. Manejar aquí resulta un desafío enorme, ya que si aceleraba de golpe podía salir literalmente volando, como me pasó una vez en la que casi me voy a la mierda por el barranco.

 Ivan Serkin es el comandante de la base, un hombre apasionado por el proyecto, que sabe conducir a hombres y mujeres muy diversos con una naturalidad inusual para un ruso. Aprendí a respetarlo.
El día 220 del año, a la hora del desayuno sonaron los parlantes: “Reunión general en salón principal dentro de 15 minutos, obligatoria”. Fuimos y el comandante apareció de repente.

—Buenos días, primero que nada disculpas, saben bien que no me gusta interrumpir el horario del desayuno, pero tengo que comunicarles algo muy importante. Hace una semana ya de la tormenta “Patricia” que pasó a unos 20 kilómetros de aquí. El escaneo rutinario que realizamos después de cada tormenta pareció ser normal, sólo evidenció el habitual desplazamiento de médanos, pero el análisis detallado posterior nos mostró esto:

Se iluminó la pantalla principal. 

—Observen, aparecieron estas imágenes borrosas, que luego se fueron aclarando y vimos lo que parecían ser tres cavernas ubicadas a unos 50 kilómetros en dirección sudoeste. Pues bien, enviamos drones que determinaron que efectivamente eran cuevas y las analizaron.

–Nos miró a todos y continuó

“Aquí empieza lo interesante, en los análisis preliminares, se determinó que las densidades de oxígeno y dióxido de carbono son diferentes a las de la superficie, y bastante superiores a las halladas en las siete cavernas hermanas descubiertas en el 2007. Las siete hermanas, además, tienen 20 metros de profundidad, a estas no se les pudo medir aún, pero lo que sí midieron los drones es que hay un 13,35% de oxígeno y casi 42,65% de nitrógeno.

“Muy parecido al aire terrestre”, el murmullo recorrió la sala, pero Iván siguió hablando.

—Me pregunto ¿y por qué hay más oxígeno?, ¿dónde está? ¿qué ocurre en las profundidades del planeta? ¿Estarán allí las respuestas a las preguntas que nos hemos hecho desde que vinimos aquí? ¿Estamos en los umbrales de quizás realizar un descubrimiento asombroso? ¿Será habitable el planeta en forma subterránea? ¿O es una falsa señal?

Pues bien, el comando espacial determinó que averiguarlo es nuestra máxima prioridad. El comandante nos refirió las dificultades: al estar a más de cincuenta kilómetros de la base, queda por fuera del límite de autonomía máxima de los vehículos, por lo que se iba a adaptar a uno de ellos con las baterías necesarias para ir, investigar y regresar en tres días. Además, una tormenta de proporciones se acercaba desde el sur y, si llegaba primero, podía hacer desaparecer para siempre las cavernas bajo el polvo.

—La misión contará con cinco astronautas, esta vez dos pilotos, dos geólogos y un ingeniero en minas; las designaciones les serán remitidas en breve. ¿Preguntas?

El silencio se escuchó en la sala.

—Muy bien, pueden retirarse.

Horas después estaba tomando un café en el comedor, cuando sonó mi dispositivo.

—Ignacio —me encontró George 

—¿Qué hacés por acá?, ¿no estabas de turno?

—Estoy, ¿no te llegó la señal? Te busca el comandante, te espera en su despacho en diez minutos. 

—Recién lo veo, ¿sabes qué pasa?

—No, pero creo que tiene que ver con la misión. 

—¡Andá!

—Andá vos, que te espera.

El comandante me recibió en cuanto llegué: 

—Hola, Ignacio, ¿como va ser un marciano? 

—Un poco verde señor, pero madurando.

Iván sonrió. 

—Ignacio, te cité porque quiero que acompañes a Alex como segundo piloto, te veo sólido a pesar de tu corta experiencia y considero que estás listo para el reto

—Gracias, comandante, ahí estaré. 

—Dentro de cinco días partirán hacia allí. 

—Sí, señor.

—Puedes retirarte.

Esa mañana había buscado en el salón a Marga, pero no la vi. Hacía ya un tiempo que no nos encontrábamos, el trabajo en áreas separadas nos había distanciado un poco. Pero al pasar por el bar de la planta baja esa noche la vi sola tomando ron con una cara que aconsejaba distancia. Igual me acerqué. 

—¿Qué os pasa, mujer, que no aparecéis?

—No te hagas el gracioso que te sacudo un mamporro. 

—En serio, negrita, te extraño, ¿qué te pasa?

—¿De verdad me lo preguntáis?, ¡joder!, ¿que eres ciego, hombre? ¡Hay una puta misión de la hostia y yo acá tejiendo como Penélope! 

—No te lo tomes así, seguro después de esta misión habrá otras y vas sin esta tormenta que se nos viene encima. 

—Eso lo dice muy tranquilo el señor porque va a ir, ya me enteré, ¡felicidades! “¡Ay, comandante González, qué especial es lo que hizo!”, le dicen todas esas calientapollas.

—¡Pará, zarpada! Estás descarrilando.

—¿Y tú sabes quién es la mujer con quien hablas? Yo escalé la cima del Aconcagua a los 29 años, ¡a los 29! Tú seguro estarías tomando leche de crío, y aquí me tienen jugando como una guarra.

Le acaricié el pelo despacio.

—Te prometo que voy a hablar con el comandante a ver si hay algún lugar en la próxima salida.

Después la tomé de la mano y le dije:

—Sos la mejor, y te falta poco para salir a la cancha, no tenés que enojarte.

Su rostro se ablandó y sus ojos dulces me sacudieron.

Suspiró. 

—Sí, creo que tienes razón, el resentimiento me hace mal. Gracias, Nacho, que me has quitado la bronca, eres…

Me acerqué despacio a sus labios, ella miraba mi boca sin moverse y a dos centímetros me puso su dedo índice sobre mis labios y me detuvo.

—¡Que eres arisca, mujer!

Sonrió: 

—¿Como decís vosotros?, “donde se come…”.

Me acerqué a su oído y le susurré: 

—Me voy con las calientapollas.

—El señor es grande ya —y me despidió con un beso por mejilla—, gracias de nuevo.

—Un placer.

La tarde anterior a la partida, el comandante me llamó a su oficina en forma urgente.

—Tenemos un problema, Ignacio.

—¿Qué ocurre, señor? 

—Alex está con gastroenteritis y no puedo arriesgar que se deshidrate en medio de misión, los necesito a todos ciento por ciento. 

—Sabe que cuenta conmigo, comandante. 

—Ya sé, Ignacio. Tener sólo a Marga para copiloto; Viktor y Pierre están en el valle y no agrada la idea de enviar dos novatos a esta misión, pero tampoco puedo postergar 24 horas porque tengo alerta de tormenta para menos de siete días, que no sabemos cuánto tiempo va a durar y cómo quedará el terreno después; parece de las grandes.

—Marga es una excelente piloto, y merece tener su oportunidad, creo que lo que sorteamos allí arriba fue de mucha experiencia para ella.

—Sí, pero reporte decir que hubo momento que perdió el control. 

—Fue un instante de desahogo, señor, pero no afectó su rendimiento, y piense que estábamos a 30 segundos de morir.

—Está bien, Ignacio, tomo en cuenta tu criterio, habla con ella y reportame. Salen mañana a las 6.

—Sí, señor.

Golpeé la puerta dos veces. 

—No quiero ver a nadie. 

—Pero hoy el que tengo una sorpresita soy yo.

Entreabrió la puerta: 

—Más te vale.

Cuando le comuniqué la decisión del comandante, se puso como una niña que se había encontrado con Papá Noel. No pudimos dormir esa noche, la misión era la más importante en la historia de la base. Era maravilloso estar al lado de Marga otra vez

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 5 –

Desde Ituzaingo hasta Marte – capítulo 5 –

5 Estar dentro de un espacio cerrado era lo que le costaba más de su función, pero la presencia de Balto lo ayudaba, en ocasiones excesivamente, ya que solía masticar un asiento o la mesa del comedor cuando se aburría. Todo estaba tan ensayado que no quedaba lugar para la incertidumbre y la mayoría del tiempo lo dedicaban a mantenerse en forma.

La única situación realmente compleja del viaje era atravesar la zona conocida como “el enjambre”. Así llamaban al cúmulo de asteroides cuya órbita se debía cruzar antes del arribo, que desde hacía diez años se interponía en la trayectoria hacia Marte y lo haría por cinco años más. Requería que el espacio fuera monitoreado en forma minuciosa durante las próximas 18 horas. Desde la tragedia de la nave Escorpio 16, en el 2050, atravesarlo era un desafío mayúsculo, tres naves chinas habían sucumbido ante él en los últimos tres años. Marga y John fueron despertados para cumplir esa tarea. 

El día D-4 para el amartizaje comenzó igual que todos, pero la preocupación se percibía en el ambiente: todos estaban inquietos, tensos. Marga y John se quedaron en la estación de monitoreo, Ignacio se tomó media hora para la rutina de ejercicios matutinos. Habrían pasado diez minutos cuando le pareció oír un grito ahogado de Marga, seguido por el sonido de la alarma de colisión. Ignacio salió eyectado del gimnasio hacia el puente de mando.

La alarma combinaba un sonido estridente junto a luces rojas y amarillas que llenaban toda la nave, a lo que se sumaban los ladridos de Balto, tan asustado como él. Corrió a través de las dos cubiertas, se sentó en el asiento del piloto, aseguró el anclaje de Balto y exclamó:

–¿Qué pasa, Marga?

–Pues que no sé, hombre, estaba todo bien, ninguno estaba en posición peligrosa y de pronto… Puta madre, este gilipollas de Alan encendió todas las alarmas.

–Alan –dijo Ignacio en voz alta.

Alan era el cerebro electrónico de la nave, programado para casi todo, aun para evitar colisiones.

 –Asteroide de 12 metros, acompañado de uno secundario, en órbita elíptica alrededor del primero, de 3,5 metros acercándose a 13.480 mts por segundo en trayectoria de colisión con Sagitario, tiempo de impacto calculado en 5 minutos y 22 segundos.

–¿Daño estimado?

–Destrucción total de la nave. 

–¿Probabilidad de maniobra exitosa?

–Por la cercanía y velocidad, 3%.

–¿Por qué no fue detectado antes?

–Venía con el monitoreo de un enjambre en el sector ocho, señor, sus características hicieron que la gravedad del secundario hiciera rotar la órbita del primario que chocó contra otro y se desvió hacia nosotros en el último instante, entonces encendí las alarmas, mis disculpas, señor.

–¿Recomendaciones, Alan?

–Rezar, señor.

–¡Ay, Dios, Ignacio, que nos matamos, Jesucristo! 

–¡Marga! te necesito calmada. John, transfiere todo el control a mi consola. 

–Hecho, comandante.

Las naves espaciales estaban diseñadas en forma modular, de modo que en caso de emergencia se podía abortar la misión separando el módulo de supervivencia. 

 –Alan, ¿tiempo de aborto y desanclaje?

 –10 minutos, señor. 

Ignacio evaluó las opciones. Debía tomar una decisión. Su vida y la de sus colegas dependía de lo que hiciera durante los próximos 60 segundos.

 –50 segundos, señor.

La nave no podría rotarse como si fuera un avión, porque la estructura no lo resistiría. Era lenta y pesada, se partirían los enlaces que anclaban los distintos módulos que la componían. A pesar de eso, evaluó que encarar la situación como si Sagitario fuese un avión caza era la única salida posible. Conocía que sus posibilidades eran casi nulas, pero era eso o esperar el choque. En desafío a todos los manuales, escogió la única opción que creyó viable.

Sólo por 10 segundos iba a intentar transformar a Sagitario en un avión de combate, si pasaban 11 se partiría en tres o en cuatro, aunque era posible que sucediera a los 8, 9 o 10 segundos también. Pero con menos de 10 segundos el que los partiría sería el asteroide.

–Escuchen bien, la única posibilidad que veo es acelerar hacia arriba, como si nos persiguiera un misil.

–Ignacio, no la vas a poder acelerar lo suficientemente rápido, además la estructura no lo va a resistir, se va a partir. 

–John, esa roca viene a 50.000 km por hora directo a nosotros, se va a partir igual si no hacemos nada, ¿otra opción?

–La verdad no se me ocurre. 

–¿Marga? 

–Nnnnn, no se –estalló–, ¡Padre Nuestro que estás en los Cielos! ¡Ignacio!, ¡nos vamos a matar!

Ignacio miró a John y apretó la mano de Marga. 

 –¡Este hijo de puta no nos va a matar, vinimos para hacer historia y vamos a hacer historia! Rezá, pero rezá bien.

–Sí Ignacio…. Acá estoy cuentas conmigo

–30 segundos, señor –dijo Alan.

–Alan, asegura los anclajes –ordenó Ignacio, miró a sus colegas, y los dos asintieron. 

–Asegurados, señor, 10 segundos y contando…

–Pasar todo el control a mi mando,

–Realizado, señor, buena suerte. 

Entonces inspiró lo más que pudo y se lanzó. 

Rotó 45 grados hacia arriba el timón y aceleró, luego giró hacia la derecha, 9.. 8… 7… se oían los crujidos de toda la estructura de la nave, con alarmas que se sumaban unas sobre otras. 6… 5… 4… Siguió inclinando el timón. 

–50 grados –señaló Alan– 55, 60, 65… ¡Señor!

Ignacio tenía la vista clavada en el cronómetro: 3… 2… 1… 0.

Frenó con los retrocohetes a potencia máxima.

La nave se estabilizó y aún seguían allí. 

 Miró a Marga y preguntó 

–¿Alan?

 –Impacto negativo, señor, pasó a 1,5 metros de la popa.

 –¿Daños?

 –Descompresión en módulo 3, ya aislada, fuga de combustible en motor 2, cerrado, nada esencial, pero va a tener que trabajar duro para poder continuar con la misión. Felicidades, señor, salvó 7 vidas y rompió 13 reglas.

Estaban todos tiesos, sin poder entender lo que acababan de vivir y lo cerca de morir que habían estado 

–un metro y medio, que hijo de puta Ignacio, perdón comandante 

–la próxima vez acelero más–acoto con la voz quebrada 

–gracias Dios, gracias, gracias– recitaba Marga, sollozando

Ignacio se miró las manos temblorosos, puso en automático y se acercó a la gaveta de su derecha, la abrió y sacó una botella de vino mendocino de doce años, y ante la mirada de sorpresa de sus compañeros, la destapó y sirvió tres copas 

–celebremos nuestro nuevo nacimiento 

Brindaron y se abrazaron los tres gritando como en un estadio de fútbol

El sonido del intercomunicador holográfico puso frenó la algarabía. Se materializó el holograma del mismísimo general Lewis. 

–¿Qué carajo está haciendo, mayor González? ¿Jugando a los avioncitos de guerra? ¿Quiere matar a todos? 

–Evité una colisión con un asteroide, Señor 

–¿Qué?

–Alan transmití por favor 

–Transmisión en curso 

Las imágenes se desplegaron en 3D ante la mirada azorada del general y de todo Houston 

–Pero no es posible hacer esa maniobra…. 

Las imágenes se repetían una y otra vez volviéndose más y más increíbles 

–General, solicito autorización para despertar al resto de la tripulación–Ignacio sacudió el asombro provocado por su osadía 

–Concedido…, muchacho usted acaba de hacer historia hoy, lo felicito 

–Gracias Señor, fui bien entrenado 

 –Pasen comunicación y enlace a Marinelis, Houston fuera.

El holograma se desvaneció y se quedaron solos, con el silencio rodeandolos

 Ignacio se dirigió hacia el sector dormitorio, a despertar a sus queridos amigos mientras todavía temblaba del susto y también de alegría de seguir vivo.
 Habían pasado 72 horas y el panel de monitoreo indicaba 7 horas, 23 minutos para el amartizaje 
Todos ya se encontraban en sus puestos listos para la fase final.

La pantalla principal se iluminó con una frase intermitente que parecía de un portal de últimas noticias 

“Fase de descenso activada y en curso”

–Aquí base Marinelis , Sagitario, ¿como vas ?

–Todo ok Marinelis, en orden y en curso previsto 

–Sagitario tenemos algo que mostrarles que acabamos de recibir de Houston 

–Adelante Marinelis.

La imagen del Empire State iluminado con el celeste y blanco de su amada Argentina y el 25/5/2044 debajo con su rostro llenó la pantalla .

La nave se llenó de vítores y aplausos 

–¡Come on Nacho , give hard!

–¡Dale è possibile! 

–¡Vamos hombre que tu eres el héroe hoy! 

Yuri dijo algo inentendible en su ruso natal para seguir la tradición espacial de bendecir al piloto antes del descenso en sus idiomas maternos y Balto hizo lo suyo llenando de ladridos el momento más importante del vuelo.

–Marinelis aquí Sagitario IV, pasando a control manual 

–Autorizado Sagitario, Marinelis fuera, buen amartizaje 

El módulo de descenso se separó de Sagitario y comenzó su caída hacia el valle .

Ignacio contempló junto a Marga la enormidad del paisaje marciano y mientras conducía el descenso, no pudo evitar que lo emotivo se hiciera presente, y los ojos del niño que observaba el cielo permanecían aún en él 

“Gracias abuelo por esto, sabes que mis ojos son los tuyos”.

Se concentró nuevamente en la tarea y condujo con pericia la siempre difícil maniobra del amartizaje.

En el medio del viento cruzado pudo posar la nave como si fuera una caricia en el rostro de su amado Marte.

Con ya todo apagado y posados en la superficie, los aplausos no se hicieron esperar.

Ignacio intentó decir algo significativo pero sólo atinó a agradecer a todos 

–Estuviste brillante, dijo Marga 

Sus ojos tiernos lo llenaron de caricias.

Tres horas después estaba frente al valle inmenso del cañón.

Inspiró profundamente y comenzó a recorrer los trescientos metros que lo separaban de la base sin dejar de contemplarlo todo.

Esta vez estaba despierto.
Bitácora del capitán:

En el tiempo previsto el vehículo de descenso se posó en la base marciana Marinelis, situada en el ecuatorial cañón homónimo del centro del planeta.

 Sagitario IV amartizó con normalidad el 25 de mayo de 2044 a las 22:39 hora de Houston,.

Firmado: 

comandante Ignacio González Freire.

Un astronauta argentino por primera vez en la historia posó sus pies en otro mundo.

P.D.

Año 2048

Efemérides espaciales:

Mayo 

Día 21 : Maniobra Ituzaingó 

Maniobra realizada por el astronauta Argentino Ignacio González Freire en la misión Sagitario IV en el año 2044 para evitar una colisión inminente con un asteroide.

La misma forma parte del de la enseñanza en el programa de entrenamiento astronáutico, y su práctica en situaciones similares ha salvado decenas de vidas

 

 

A %d blogueros les gusta esto: