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4Colocarse el uniforme del proyecto Marte con el escudo de la NASA en una solapa y la bandera argentina en la otra fue como sentirse en una súper producción de Hollywood, una sensación de irrealidad placentera.

 Pero el entrenamiento fue demoledor, y los candidatos o iban desertando o no cumplían los requisitos para continuar y eran dados de baja. De cien postulantes que comenzaron en su promoción, quedaron catorce.

 

Hubo muchas noches que pensó en que no iba a lograrlo, en que estaba más allá de su capacidad. Pero su nombre estaba entre los catorce sobrevivientes, y el de Marga también. Dos tripulaciones, cuatro pilotos, uno de ellos se transformaría en el comandante de la misión. Dos americanos, un española y un argentino, las cartas parecían echadas claramente, pero haber llegado hasta allí se sentía único.

Las tripulaciones se constituían con grupos de siete astronautas de distintas nacionalidades. Su equipo se formó con dos pilotos, Ignacio y Marga; un ingeniero aeroespacial, John; una oficial médico, Manuela; dos geólogos, Yuri y Allesandro, y Michael, el jefe de sistemas. Los siete formaban un equipo heterogéneo en su origen, pero que había logrado armonía en el trato y eficacia en la tarea. El 15 de marzo, el comando general los citó a Marga y a él. 

—¿Sabes qué pasa? —preguntó Marga. 

—Ni la más puta idea.

El comando estaba en la parte posterior del complejo a unos dos kilómetros del centro de entrenamiento. Era un edificio al que nadie deseaba acercarse, ya que desde allí uno podía ser trasladado en escasas ocasiones al cielo, pero casi siempre al infierno. En la recepción le señalaron el cuarto piso, “¡la mierda!”, pensó. —¡joder! Que el mismísimo jefe máximo nos llama! Le susurró al oído.

Era la oficina del jefe de todos los jefes, allí los esperaba Rebecca Wilson, la secretaria del general Lewis. 

—buenas tardes, mayor, teniente, el general Lewis los espera en su oficina, síganme por favor.

Entraron a un despacho que parecía una casa de cinco ambientes. 

—pilotos tomen asiento el general ya viene. 

—si señora —dijeron al unísono. 

Diez minutos después llegó el general Lewis. Era un hombre alto y corpulento, de unos 55 años, canoso y de mirada firme y distante.

—Buenas tardes, gracias por venir, pueden tomar asiento. Muy bien, como ustedes deben saber, nuestro programa, por razones de relaciones públicas, debe ser inclusivo con los países financiadores del proyecto, política que personalmente no comparto ya que creo nunca se debe sobreponer a la excelencia, pero a veces tengo que aceptar las condiciones que me impone la política —hizo una pausa y los miró fijamente a los dos—, y en esta ocasión me han solicitado que la misión de noviembre de este año sea comandada por astronautas no estadounidenses.

Marga miró a Ignacio con una sonrisa malévola y movió los labios sin sonido: “joder”. El general continuó:

—En otro momento me hubiera opuesto tajantemente, aunque me costase la carrera, pero en este caso tengo que reconocer que los he observado con detenimiento desde hace bastante tiempo y venía pensando en ustedes, creo que son idóneos y merecen toda mi confianza para lo que van a encarar, así que pues, si están de acuerdo, la misión Sagitario IV es de ustedes 

—Gracias, señor, no lo defraudaremos —dijo Ignacio, sin saber bien cómo reaccionar.

—Gracias, señor —dijo Marga. 

El general la observó y le preguntó:

—¿Alguna duda, teniente?, ¿quiere decir algo?

—Solicito permiso para hablar libremente. 

Ignacio la miró extrañado. 

—Permiso concedido.

—Gracias, señor, agradezco su propuesta pero me gustaría ganarme el lugar por mis méritos, no por política. 

—No subestime la política, sino hubiera sido porque “el pueblo” se sintió desafiado, no estaríamos acá ni usted ni yo, aunque, como ya le expliqué, lo que tiene entre manos es por su capacidad, yo no suelo regalar nada. teniente ¿cuento con usted?

—Sin dudarlo, sí, señor. 

—Ah, una cosa más, mayor González, usted es el comandante de la misión, y por si no lo sabe, es histórico que un latinoamericano comande una misión espacial, así que felicidades. 

—Gracias, señor. 

—Pueden retirarse.

Salieron serios y formales hasta el ascensor. Dentro se miraron.

—Felicidades, comandante.

—Así que la señora quiere ganarse un lugar… 

A Marga se le llenaron los ojos de lágrimas. 

—Vení para acá, pendeja linda —Ignacio la abrazó y la besó en la frente. 

Sabía todo lo que ella había deseado ese puesto. 

—Marga, es un honor volar contigo.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, seguían abrazados. El hall estaba lleno. Avanzaron dos pasos y el silencio los envolvió, los ojos del personal estaban fijos en ellos. Se detuvieron. La voz del general resonó a sus espaldas 

—Ladies and gentlemen, I have the honour to introduce to the commander and the first officer of the mission four Sagittarius.

Un coro de colegas y empleados los sorprendió con un prolongado aplauso y vítores. 

Lo que siguió fue una noche inolvidable para toda la tripulación. El comandante era el encargado de bautizar al grupo, y lo llamó “El equipo Cóndor”. “Los Cóndores de Marte”.

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