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Ignacio era hijo único de una familia oriunda de Ituzaingó, una localidad de los suburbios de la ciudad de Buenos Aires, y el viajar al espacio lo fascinó desde que aprendió a decir su nombre. 

Cuando creció, sintió con cierta decepción que había nacido en un lugar equivocado del planeta. Sin embargo ,finalizando la adolescencia, tuvo una certeza: el ser un viajero espacial no era ya sólo su deseo, sintió la convicción de que se había transformado en su destino.

Los requisitos para ser astronauta eran innumerables, pero para tener alguna posibilidad debía convertirse primero en piloto. Era un chico con un cuerpo trabajado desde adolescente, con su metro ochenta, y sus ochenta kilos se sentía como un jugador de rugby, y eso lo destacaba entre sus pares. 

Pero además amaba volar, era un chico que, cuando se apasionaba con algo, era imparable, fue así que ni bien terminó el secundario, entró en la escuela de aviación militar y se transformó en piloto de combate. Fue el mejor promedio de su promoción y por ello se ganó la posibilidad de realizar un master en astronáutica en la NASA, que duraba tres años. Cuando estaba por terminarlo, la suerte hizo su parte. Aquella tarde de marzo preparaba un final en su cuarto del campus cuando Marga, su españolísima compañera de máster, entró en su cuarto con una botellita de Champagne en la mano. 

Hola!

—Se suele golpear la puerta en mi barrio, ¿y eso? —señaló la botella, sin mirarla a ella, aunque sentía sus ojos almendrados y esa sonrisa que lo trastornaba.

Se dio vuelta para saludarla. Ese uniforme que usaban en el master parecía dibujado sobre su cuerpo. 

Nada debía sacarlo de su objetivo, pero “¡qué buena que está, por Dios!”, pensó. 

—¿Barrio?, ¿qué? Vosotros y esos términos raros que usáis, vale, hombre, que no te la creo que no te has enterado.

—Enterarme de qué.

—¡Uy, cabrón! Qué sorpresilla te voy a dar.

La única sorpresa que esperaba de ella era que se quitase el uniforme pieza por pieza. “Ignacio, no seas idiota, te tenés que contener”. Ella, ajena a todo, cliqueó el dispositivo y apareció el presidente argentino anunciando que el país daba un salto al futuro. 

Ahora somos parte de las naciones de vanguardia en la exploración espacial, y los astronautas argentinos cruzaran el espacio como San Martín cruzó los Andes. 

El comentarista explica que se habían transferido casi 2.500 millones de dólares al proyecto internacional Marte. Así Argentina podía participar del programa espacial. Ignacio no sé lo esperaba, la abrazó sin saber qué decir, mientras Marga hacía equilibrio tratando de destapar la botella de Champagne.

Cuatro meses después, ya en Buenos Aires, Ignacio disfrutaba unos días de descanso en la casa de sus padres. Aquel frío jueves de fines de julio, después de almorzar, se había recostado en el sofá que rodeaba la chimenea, acunado por el aroma del quebracho ardiente, cuando el sonido agudo de una llamada holográfica lo despabiló. Saltó del sofá, se vistió lo más rápido que pudo, se colocó los lentes virtuales, ingresó su clave, y la figura del brigadier López se corporizó frente a él.

—Teniente González, usted sí que la pasa bien…

—… 

—Veo que tiene mucho ímpetu comunicativo

 —Señor, yo…

—Teniente González, prepare sus cosas porque fue transferido al programa espacial internacional, tiene en su dispositivo la reserva de su vuelo a Houston de mañana a las 18, empieza en tres días. 

—…

—Felicitaciones, teniente, háganos sentir orgullosos.

Ignacio atinó a balbucear un tímido “gracias” y se quedó con la mente en blanco. El brigadier se desvaneció al interrumpirse la llamada. De a poco una sonrisa empezó a desdibujar la sorpresa de su rostro. 

—¿Dijo Houston?

 En cuanto se supo que había sido elegido para el programa Marte, la prensa se instaló en el frente de la casa y esas poco más de 24 horas que permaneció en ella fueron transmitidas a todo el país. Ituzaingó logró fama nacional e internacional. Por unas horas “Ituzaingó” fue la palabra más mencionada en todas las redes sociales. Ignacio sólo buscó estar con los amigos queridos y familiares, y aislarse lo más posible de la atmósfera de celebridad que se gestaba a su alrededor.

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