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Curiosamente todo empezó en Pekín allá por el comienzo de los años 20. China fue la responsable del inesperado boom espacial, cuando se le ocurrió sorprender al mundo al anunciar su primera misión humana a la Luna. Las imágenes de astronautas chinos paseando por la superficie lunar fueron revulsivas para el público de los Estados Unidos. Su eterno narcisismo requería un desafío nuevo que reparase la herida. El desafío se llamó Marte, y el reto fue recogido por China.
El planeta rojo se convirtió entonces en el objetivo a alcanzar por las dos potencias que se lanzaron en una apresurada carrera por ser la primera en poner un pie sobre él. La competencia fue un pálido déjà vu de la otrora ocurrida en la caliente Guerra Fría.
Gracias a que esta vez desarrollaron el proyecto juntamente con europeos y rusos, el 27 de abril de 2033 el americano Douglas Halstead y el ruso Viktor Petrovsky pusieron al mismo tiempo el pie en Marte por primera vez. China siguió adelante con su esfuerzo y coronó en el año 2036 su propia hazaña.
En los siguientes años los vuelos al planeta rojo se volvieron habituales y se incorporaron más naciones al creciente y cada vez más impopular sostén económico del proyecto. En la medida que aportaban recursos al programa, adquirían el derecho a participar en él.
Para comienzos de los años 40 se construyeron tres bases en distintos puntos de la superficie marciana, con presencia permanente de seres humanos, cuyas dotaciones eran relevadas cada seis meses; una de ellas, la base Marinelis, era el destino de Sagitario IV. Era la base más grande de Marte, con una superficie de 20.000 metros cuadrados y una dotación de 40 personas. Relevar a siete de ellos y vivir seis meses como marcianos era la misión que Ignacio tenía la responsabilidad de conducir.

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