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Desde Ituzaingó hasta Marte

Una historia espacial

El viaje

Capítulo 1

 

 

Ignacio contempló el horizonte desde el macizo sur del gran cañón. El valle Marinelis, que se desplegaba 4.000 metros bajo sus pies, parecía no tener fin y la brisa marciana era todo lo que se oía en aquel atardecer. Sin embargo, algo no encajaba. A través del viento, llegaba un eco o quizás un zumbido. Volteó su rostro instintivamente buscando la causa. Pero sólo contempló el horizonte desnudo. Se sentía confuso.
El sonido se tornó más y más intenso, al tiempo que el paisaje se iba desvaneciendo ante sus ojos y todo se cubrió de oscuridad. “¿Qué?”, fue lo último que pensó antes de que el sistema de mantenimiento vital de la nave pusiera fin a su sueño inducido. El zumbido rítmico fue lo único que quedó de aquel paisaje marciano.
“Puta madre, qué dolor”. Trató de tomarse la cabeza, pero los brazos no le respondieron. Separó los párpados con dificultad. Todo se veía borroso. Tardó unos segundos en ubicarse. Después de mucho tiempo volvía a estar consciente. Se acomodó dentro de su litera e intentó recuperar la movilidad, mientras trataba de aclarar sus ideas. Lo primero que vio fue el monitor ubicado a la altura de sus ojos: “Comandante González Freire. Fecha terrestre: 18 de mayo de 2044. Hora de Houston: 21:07. Día de vuelo: 185. Tiempo de arribo: 6 días 23 horas 53 minutos”.
Debía despertar una semana antes del amartizaje. El zumbido se había detenido y, en un silencio casi total, se sentó con cuidado para evitar el mareo. Luego de unos minutos, logró ponerse de pie, se quitó el traje y la máscara vital. Después de media hora de ejercicios suaves, la fuerza parecía retornar a sus músculos.
Desnudo, recorrió la nave. Disfrutó sentir sus piernas moverse y la paz de esos primeros instantes. Tomó una ducha para remover el gel protector que cubría su piel y, luego de comprobar que sus compañeros estaban bien, ir hacia el depósito de alimentos. Se decidió por unos espaguetis a la pomarola, los hidrató, los calentó y mientras degustaba cada bocado escuchó algo así como un gemido, o ¿un ladrido? “¡Uy! ¡Balto!”. ¡se lo había olvidado! Terminó el plato, y fue hacia el dormitorio donde se hallaban sus colegas. Allí estaba la mascota de la misión, recién despierto.
Después de ayudarlo a recuperarse y juguetear un rato, miró el reloj. “Bueno, a trabajar”, le dijo, y se instaló junto al perro en su puesto en la cabina de mando, frente a la pantalla principal. Entonces lo vio, allí estaba, tan cerca, suspendido en medio de la nada, Marte, majestuoso, en el centro de la pantalla, inclinado levemente hacia la izquierda. Fascinado por su color naranja, sus montañas y sus valles, sus blancos polos que se distinguían claramente entre su contorno. Estaba a menos de siete días de caminar sobre él; todavía no asimilaba del todo lo que estaba pasando: el chico de Ituzaingó finalmente iba a poner sus botas en Marte.
Aquellas interminables noches de verano con su abuelo en la casa de Pinamar eran la excusa que necesitaban para ir a la playa y contemplar juntos el cielo estrellado. Ignacio escuchaba y disfrutaba las historias que Nicolás le contaba acerca de los primeros viajes espaciales.
—¿Sabes cuánto medía el Saturno 5, el cohete que fue a la Luna?
—¿Cuánto, abuelo?
—110 metros, y arriba de todo, sentados sobre millones de litros de combustible, iban los tres intrépidos viajeros.
Ignacio disfrutaba las caras de asombro que ponía su abuelo.
—¿Me contás otra?
Y el abuelo comenzaba otra vez a relatar las hazañas de aquellos hombres que con casi nada lograron lo imposible, y que le parecían nuevas cada vez que las escuchaba.
—Vos vas a ir allí —le señaló el cielo—, serás un viajero del espacio.
Balto empezó a ladrar y enseguida sonó el pitido que anunciaba un mensaje holográfico transmitido desde la Tierra.
—Sagitario IV , aquí Houston, ¿cómo fue ese despertar?, adelante.
—Aquí Sagitario IV, como siempre, Houston, un poco de cefalea, nada serio.
—Ok, vamos a movernos un poco, comandante, tenemos que chequear todos los sistemas.
—Ok, Houston, adelante.
La actividad comenzó de nuevo. El cumplir todo lo que Houston le encomendó le llevó tres horas y cincuenta minutos. Al terminar, se sentía como si hubiera escalado una montaña. Desde la tierra lo liberaron de toda responsabilidad y le indicaron que descansara. Se recostó, programó el reloj para despertarse en dos horas y cayó dormido con Balto acurrucado a sus pies

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