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Miré hacia el oeste. El sol amagaba a esconderse detrás de unas nubes de tinte verdoso y actitud amenazante. Eran las cinco de la tarde de un sábado de diciembre que derretía el asfalto.

—No arranque joven, está fiero el oeste, no le conviene ir para allá, yo sé lo que le digo— escuché una voz disfónica detrás mío.

Me di vuelta y un hombre alto y morocho, con una piel curtida de tanto sol y el pelo totalmente canoso, me miraba fijo con ojos entrecerrados y el cigarrillo que le colgaba de la comisura labial, mientras se limpiaba las manos con un trapo

—Pero nunca llueve aquí, ¿o estoy equivocado?

—Nunca es una palabra que ya me olvidé en estos tiempos de climas raros, — se dio la vuelta y se alejó— yo no iría, pero cada quien decide sus cosas— dijo mientras entraba en un cuartito que había al lado del único baño de la estación de servicio de Chacharramendi, en la Pampa.

 

Había parado a cargar combustible a una cuadra de la ruta 143, camino a Colonia 25 de mayo, a 167 kilómetros de distancia. 5 y 10 salí, manejé por la ruta 143 hasta que intersecta con la 20, y entré en la conquista del desierto.

Al principio no me di cuenta, sólo fue una ligero temblor que me pareció un desnivel de la ruta.
Pero después sentí que el auto se me iba del camino. Eran vientos laterales. Fuertes. Apreté el volante y bajé la velocidad, pero igual el viento me barría hacia la derecha. Me detuve y las sacudidas se sentían por todo el auto, igual.

Fue entonces cuando lo vi. Venía directo hacia mí. Era enorme, todo giraba a su alrededor y un estruendo sordo lo acompañaba. Nunca había visto un tornado fuera de la televisión y ahora tenía uno a unos doscientos metros que se me venía encima.

Tenia que pensar rápido. Decidí dar la vuelta.

Giré en semicírculo y salí a toda la velocidad que pude imprimirle al auto. Lo miraba por el espejo, un poco más pequeño cada vez, hasta que desapareció de repente tan de imprevisto como llegó.
Me detuve, bajé a mirar y no estaba, aunque las nubes oscurecían el horizonte.

Llegue a Chacharramendi como a las siete y media. Tenia mucha sed, así que volví a la estación de servicio donde había estado antes.

 

—Una Coca light por favor — le dije a la chica del barcito — Una pregunta, ¿está el señor canoso de piel muy curtida por el sol?

—Ah, usted debe buscar a Don José.

—Anda con un cigarrillo de costado — agregué.

—Sí, sí, es Don José, ¿hace mucho que no viene por acá don?

—ya hace un tiempo, si—Porque hoy hace un año que Don José desapareció, dicen que se lo llevó puesto un tornado ahí en la conquista del desierto, pero nunca lo encontraron ni a él, ni a Pinto, su caballo— se detuvo—aunque algunos dicen que lo han visto, que anda por ahí cuidando a la gente, pero yo no creo en esas cosas, ¿vio? ¿Lo conocía usted?

—No… Ehh sí, alguna vez lo vi, hace mucho me parece…— tome la Coca de un trago, apoyé el vaso y me levanté  —ya tengo que seguir, gracias y disculpá

—Adios don

Salí buscando aire que, caliente, me pegó en la cara.

Subí al auto y enfilé para Santa Rosa de nuevo. No volví a Colonia 25 de Mayo nunca más

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