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Desde que tenía doce años Juan soñaba con este momento, ahí, sentado en ese lugar, rodeado por aquellas personas que eran tan importantes para él, al lado de los cuales le parecía todavía increíble estar.

Paradojas de la vida, el recorrer aquellos metros que lo separaban del aquel lugar tan deseado, fueron los más difíciles de transitar que él recordaba.

Tuvo que pensar cómo colocar una pierna delante de la otra para desplazarse y dudó si cuando había aceptado participar era consciente de lo que implicaba.
Ahora estaba inseguro y una buena parte de su ser quería salir corriendo de allí.

Escuchar su nombre en la presentación lo devolvió a la realidad y comprendió que no podía irse.
Estaba atrapado.
Pero Juan “¿no quisiste esto desde que eras un gurrumin?” Se decía “tranquilo, que lo peor ya pasó, ahora nadie se va a fijar en vos”

Luego comenzó la actividad y se olvidó un rato de su angustia.
Pero las cosas se complicaron y cuando habia pasado casi una hora y media y se había relajado casi por completo esperando el final, un codazo de su compañero de la derecha lo sacudió.
—¡Juan!
Y vió que el jefe, Leo, hablaba con el segundo, Emanuel, y lo miraron.

Emanuel empezó a caminar hacia él.
Le corrió un frío por la espalda.

Emanuel fue claro—Juan, cambiate que te toca. Juan no sé movió, no podía—¡dale pibe, ponete las pilas!—grito Emanuel
Juan sentía las piernas agarrotadas e iba a decirle que no, cuando se sintió elevado por dos brazos, uno de cada lado, que lo levantaron y se encontró de pie, le dieron un empujón y pudo caminar detrás de quien lo había llamado.
Emanuel se dió vuelta y le dijo
—¿Pensás entrar con la campera puesta? ¡Dale Gil que está fiera la cosa!
Se sacó la campera y llegó hasta Leo.
— Escúchame pibe, no pensaba que iba a pasar esto, pero necesito que tengas la cabeza fría y hagas lo que sabes hacer, estamos jodidos y vas a quedar como el ultimo recurso, yo sé que estas cagado en las patas, pero quiero que sepas que si te traje, es porque te tengo confianza y se que vas a poder, toma el número, entrá y rompela.

Otra vez las malditas piernas que se resistían a darle bola, así que como pudo llegó hasta la línea de cal.
—Tranquilo pibe—le dijo el cuarto árbitro al verlo.
Contempló el entorno.
El estadio Monumental rugía desesperado como una bestia herida.
River perdía con Boca 1 a 0.
Faltaban cinco minutos y se había lesionado el primer central.
No estaba en los cálculos de nadie que entrara ese pibito de 16 años, que no había jugado ni un minuto en primera, que hasta ayer nadie conocía.

La pelota se fue por el fondo y el cuarto árbitro levanto la bandera, y le dijo
—Dale pibe entrá que el otro ya salió.
Entre murmullos de todo el estadio, fue como pudo a pararse al lado del seis.
—Quédate acá nene, que yo voy a subir en este rato que falta.
Asintió con la cabeza.
Hubo un corner a favor y el seis le dice:
—Quédate que subo yo.
Se paro en el circulo central y esperó, con el corazón que le latía a mil.
El corner lo tiran mal y el diez de  Boca recupera la pelota y con campo libre, sale disparado como una flecha, va hacia el arco propio, antes que lo note lo pasa, Juan empieza a correrlo y siente que no va a poder, que no lo va a alcanzar, a unos diez metros del area mira al arquero, y el arquero no sale, espera que es lo que va a a hacer él.
Con el último esfuerzo se tira pensando que le va a hacer penal, pero su pie contacta la pelota, que sale disparada por el lateral izquierdo.
—Bien pibe— le dice El Capitán.

Faltan sólo 30 segundos y hay un último corner a favor.
Se queda parado en el mismo lugar de la otra vez y escucha que el arquero le dice: —Anda pibe que no hay tiempo.
Duda.
—¡Dale boludo!—le grita
Corre y se sitúa en el área grande, cerca del primer palo, y recibe un codazo del seis de ellos.
—Saltás y te quiebro — le dice con una cara que mete miedo.
Patean el corner y la pelota irremediablemente viene hacia él, que salta por instinto y recibe un golpe en las costillas.
Se dobla de dolor y cae arqueado hacia adelante, y la pelota le rebota en la parte superior de la cabeza, cambiando de dirección antes de caer con la cara contra el piso y sentir el pasto entre los labios.
Lo siguiente fue escuchar el rugido mas fuerte que jamás oyó en su vida y una montaña de personas que le cayeron encima.
Supo después que fue el jugado de River más joven en marcar un gol en el súperclásico.
Juancito.

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