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Para Osvaldo las relaciones familiares habían sido un problema toda su vida

28/7/17

Siempre fue doloroso todo lo que tuviese que ver con las relaciones con las mujeres y sus vericuetos, nunca terminó de entender que era lo que ellas demandaban de él, pero siempre les terminaba debiendo algo.

Y con los niños otro tanto, con ellos nunca había tenido paciencia, ni propios ni ajenos, y de ellos siempre se habían ocupado las mujeres.

 

De sus tres matrimonios no le quedaban más que algunos buenos recuerdos y una tonelada de reproches interminables que nunca acababan.
“Qué no me escuchás” “Qué no hablás” “Qué no te ocupás de los chicos”. “Qué vivís adentro de un termo”. Y una retalía de frases por el estilo que provocó que, a sus 60 años, pensar en acercarse a una mujer era algo así como ciencia ficción, todo lo que tuviera que ver con lo femenino le causaba espanto.
“Me voy a hacer cura” solía decir a los conocidos que le preguntaban acerca de su vida sentimental.

 

Tuvo tres hijas y con ellas también las relaciones estuvieron plagadas de malos entendidos, ausencias y desencuentros.
Cuando fueron niñas, adolescentes y ahora de adultas también.

Actualmente no se veía con ninguna, y si bien se sentía un poco sólo, estaba tranquilo, le había costado mucho lograr esa tranquilidad para ponerla en juego por una aventura, por más amorosa que sea.
Además, ya no era como antes, no sentía la misma urgencia que tuvo a lo largo de toda la vida, “se ve que me estoy volviendo viejo” solía reflexionar.

Esa mañana de fines de marzo amaneció fresca, así que decidió prepararse un te con tostadas que le calentaran el cuerpo y un poco el espíritu.
A las 10 sonó el celular, raro porque nadie lo llamaba nunca, miró y vió el número de Laura, su hija, a la que no veía hacia cinco años, la que solía ser tan pesada como la madre, siempre con reproches y reclamos.
Dudó en atenderla.
Dejó pasar tres tonos, “seguro me va a manguear algo, seguro ” .
Pero atendió.

—Hola abuelo, soy Matías—dijo una vocecita infantil—mi mamá dice que vos no querés verme, pero yo quiero tener abuelo.
Osvaldo sintió que algo crujía dentro de su alma.
Le había llegado la noticia que había sido abuelo, pero nunca lo contactaron y él no se iba a rebajar a pedir nada, además niños….
Pero escuchar esa pequeña voz le provocó tal nudo en la garganta, que por un segundo le impidió articular palabra.
—Hola Matías—sólo pudo decir—yo no…
—¿Y cuando te voy a conocer?, Yo te quiero abuelo, mami me mostró una foto tuya y quiero que me lleves al cine.
Osvaldo no podía hablar porque le iban a saltar las lágrimas.
—¿Me cortaste abuelo?
—No, no Matías—se recompuso—¿Qué te parece si voy a tu casa y nos vemos?
—¿En serio abuelo ? ,¡Que lindo! ¿Y sabes dónde es mi casa?
–Si, yo se donde es, quédate tranquilo
—Yo te quiero abuelo
—Yo también, Matías, yo también
—chau abuelo, ¡vení eh!
—chau Matías
Cortó.

Se dejó caer en el viejo sillón con un despelote de recuerdos y sensaciones raras en la cabeza.
“Quizás viví equivocado” dudó .
Todo parecio de repente haber tomado otro color, esa voz que le dió un nuevo nombre, que no había esperado nunca, y mucho menos sentir lo que sentía en ese momento.
Supo que había dejado algunas cosas de lado en la vida.
Una puntada de dolor le atravesó la cabeza.
Supo que había olvidado ser padre
Supo que había olvidado ser abuelo.
Supo que empezaba el tiempo
El tiempo de recordar.

 

 

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