Cinco años

Jeremías esperaba el colectivo, como cada mañana, desde hacía ya más años de los que le hubiera gustado contar. El reloj marcaba las seis y diez de aquel día de julio. Los dos grados se le metían entre los pliegues de su gastada campera roja. Todavía era noche cerrada, y la bruma volvía más siniestro el hecho de estar solo esperando en una parada de colectivo en la madrugada del Conurbano bonaerense.

Cada tanto unas luces surgían desde la niebla, tomaban la forma de un auto o de una moto, y se perdían entre las sombras. Por fin, la silueta del colectivo salió de la nada. Estiró el brazo para detenerlo, se acomodó el pelo instintivamente y esperó.

—Morón —le dijo al chofer al subir.

Apoyó la SUBE y se fue hacia el fondo. Estaba medianamente lleno, así que se ubicó en el lugar de siempre, de espaldas a la puerta trasera, dio play a los auriculares y se dejó llevar por la música que sonaba en su teléfono. Ese era el momento del día en que se olvidaba de todo y se relajaba. Antes del trabajo, de la tensión y de las exigencias de cada día.

Cuando les contaba a sus amigos, les resultaba raro que un colectivo lleno fuese su lugar elegido para distenderse. Pero igual él se las arreglaba para aislarse del entorno y conectarse con su parte más interior, más profunda. La voz rasposa de Ismael Serrano entibiaba sus oídos helados: “Todo es frágil: tu costumbre de amarme, mi fe, el silencio y la vida que duerme en un vagón de tren. Tu contrato fugaz, la memoria, este hilo de voz, las quimeras que surcan estrechos y este corazón que persigue tu rastro en la alfombra de la habitación”.

Esa mañana el tránsito estaba más lento que de costumbre: cruzar el puente de la autopista se había ido transformado en algo parecido a una procesión religiosa, pero donde estaban en ese momento era rara tanta demora. Trató de ver qué pasaba a través de los vidrios empañados, pero no alcanzó a distinguir nada y miró hacia adelante. Entonces la vio. La mujer de cabellera larga llena de rulos que estaba sentada tres asientos por delante. Como ella miraba hacia el frente, sólo veía su nuca. No podía ser quien creía. No podía ser. Hasta que ella miró hacia la ventanilla y su cara se reflejó en el vidrio.

Entonces no le quedaron dudas.

Era.

Tuvo esa sensación en la boca del estómago tan singular que aparecía cada vez que le bajaba la presión. El sudor le llenó la frente y el piso se le volvió inestable. Cerró los ojos con todas sus fuerzas. Sin poder evitarlo, las imágenes de aquel día volvieron: la ruta, la alegría de salir juntos de fin de semana, el relajarse.

—¿Te sirvo un mate?

—Dale.

—¡Cuidado!

El mal cálculo, el mate que se vuelca, el ardor en la piel, el volante que gira sin control, el vuelco, el dolor.

—¿Marisa?, ¡contestame! ¿Dónde estás? ¡Marisa! ¡Mi amor!, ¿dónde está el nene? ¡Martín!

No los veía, no los escuchaba, no se podía mover, las sirenas, el sueño, la oscuridad.

Sacudió su cabeza. “Concéntrate, Jere”, se dijo a sí mismo, “no vas a hacer un papelón en el colectivo”. No podía ser, no puede ser, se repetía sin atreverse a volver a mirar. Finalmente abrió los ojos y se encontró solo, el colectivo estaba casi vacío. Habían llegado.

Miró y ella ya no estaba. Bajó y la buscó por entre el tumulto de gente que pugnaba por ir toda junta por el mismo lugar, apurada por llegar a la estación del tren.

Tardó unos momentos pero la ubicó: iba como a unos diez metros por delante, entremedio de la muchedumbre que se agolpaba chocando entre sí. Sentía la lengua pegada al paladar, y el grito que buscaba llamarla, encerrado, se hundía en el fondo de su garganta.

—Marisa.

Ella se detuvo y lo miró. Sus ojos verdes lo miraban de nuevo. Un momento, lo miraron. Ella se dio vuelta y caminó a paso rápido hacia el tren, que acababa de llegar a la estación, y ya estaba con las puertas abiertas.

—¡Marisa! Esperá, no te vayas, ¡Marisa, por favor!

Jeremías empezó a correr, pero chocaba contra la gente que, sobresaltada, lo insultaba al pasar. Avanzaba hacia ella sin poder acercarse. Marisa entró al tren entre el tumulto y, después de acomodarse como pudo, giró la cabeza hacia él sin mirarlo. El aviso de cierre de puertas lo desesperó todavía más. Cuando estaba a un par de metros, se cerraron y quedó cara a cara con ella, con el vidrio de por medio.

Ella lo miró. Un momento, lo miró.

El tren empezó a moverse y la vio alejarse. Un gendarme lo detuvo, alertado por la gente que había empujado en su carrera. Jeremías le pidió disculpas y, para cuando volvió la vista al tren, el último vagón acababa de dejar la estación. Se quedó ahí parado mirándolo irse, sin entender. “La muerte de un hijo nunca se perdona”, decía su madre. Él había pensado que sí, pero entonces supo que, como casi siempre, su vieja tenía razón.

Caminó por el andén que recorría todos los días como si estuviese en Pekín. Todavía sentía ese sudor frío en la espalda, frío que no se le había ido desde que la encontró en el colectivo. Frío que lo acompaña cada noche cada vez que se acuesta. Frío que sintió en el cementerio cuando enterró a Martín y que lo terminó de sepultar junto con Marisa. Entonces comprendió. Se había olvidado. Hoy se cumplían cinco años de ese día.

Cinco años sin ella.

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