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Los 2 grados se sentían intensos, el frío se metía entre los pliegues de su vieja campera roja compañera de tantos inviernos, y llegaba hasta su piel.
Eran las seis y veinticinco y estaba en la parada del colectivo, como cada mañana desde hacía ya ….no  recordaba cuantos años, pero eran muchos.

Era todavía noche cerrada, la niebla tenue lo hacia todo un poco más tenebroso
de lo que ya era estar sólo en una parada de colectivo en el gran Buenos Aires.
Por fin, la silueta del 441 se iluminó como saliendo de la nada.

Estiró el brazo para detenerlo, se acomodó el pelo instintivamente, y aguardó.
—Estación Morón—le dijo al chofer al subir.
Estaba medianamente lleno y se ubicó en un lugar cerca de la puerta trasera, dió play a los auriculares para degustar la música que salía de su teléfono.
Era ese el momento del día que Jeremías sentía que se podía relajar y disfrutar, aunque le resultaba curioso que sea en un colectivo que, ya a estas alturas del recorrido, estaba colmado de pasajeros apretados, pero él se las arreglaba para aislarse del entorno y se conectaba con su parte mas interior, más profunda.

Luego de unos minutos, miró hacia adelante tratando de distinguir cuanto faltaba para llegar, a través de los vidrios empañados.
Fue en ese movimiento que la vió.
Se sorprendió al ver esa cabellera larga y rulosa que él conocía tan bien.
Ella giró su cabeza hacia la ventanilla y ya no le quedaron dudas, era Marisa.
Un escalofrío le recorrió la espalda acompañado de esa sensación en el estómago, que era tan singular en él cuando le empezaba a bajar la presión.
Cerró los ojos con fuerza “Concéntrate Jere”, se dijo a sí mismo, “no hagas papelones”.
Sintió que le volvían los colores a la pálida piel, la cual no podía sino imaginar.

“No puede ser, no puede ser”, se repetía una y otra vez, sin atreverse a volver a mirar en esa dirección.

Sin buscarlo, las imágenes de aquel día se volvieron presente:
La ruta, la alegría de salir juntos el fin de semana, el mate que se vuelca, el ardor en la piel, el descontrol del volante, el vuelco, despertarse y no encontrar a Marisa, no estaba, no la veía, estaba atrapado, no se podia mover, las sirenas, el dolor…Y  Martín…
Abrió los ojos y miró nuevamente hacia el asiento del colectivo… Ella ya no estaba. Habían llegado a destino; desesperado la buscó  entre la marea humana que pugnaba por bajar apurada para llegar a la estación del tren.

Finalmente la ubicó, estaba a unos diez metros delante de él, en medio de la muchedumbre, quiso gritarle y sólo le salió un sonido gutural, sin fuerzas.
—¡¡¡¡Marisa!!!!—pudo decir al fin, y casi se le detiene el corazón cuando ella se volvió hacia él y lo miró.
Sus ojos verdes inolvidables lo contemplaron con una seriedad extraña.
Ella se dió vuelta y siguió caminando hacia el tren que acababa de llegar a la estación y estaba con las puertas abiertas.
Jeremías empezó a correr, chocando a la gente, hacia ella, la que, luego de de entrar al tren y de acomodarse como pudo, giró la cabeza dentro del vagón, y lo volvió a mirar.

El sonido inconfundible del aviso de cierre de puertas del tren lo desesperó aún más.
Las puertas se cerraron un instante antes de él llegar y quedar cara a cara con ella a través del vidrio de la puerta. La dureza de su rostro lo intimidó.
El tren arrancó y vió lágrimas rodar por sus mejillas, mientras un gendarme se le acercó, alertado por la gente que había empujado en su loca carrera.
Se disculpó y caminó sin rumbo, aturdido por lo que había pasado.
Volver a verla después de tanto tiempo y de todo lo que pasó, de todos aquellos años de culpa y dolor fue muy fuerte, a pesar que creía que el tiempo había logrado cicatrizar algo las heridas.
Su actitud lo hizo ver que no lo habia perdonado, “la muerte de un hijo no se perdona”, le decía su madre.
Él creía que sí, hasta hoy, ahora pensaba que la vieja tenía razón, que perder a un hijo no se perdona, que era una culpa que lo iba a acompañar siempre.
Todavía sentía un frío en la espalda, que no se le había ido desde que empezó en el colectivo.
El mismo frío que sentía cada noche desde hacia cinco años.
El frío que sintió en el cementerio cuando enterró a su adorado hijo Martin, y al amor de su vida.
Cuando enterró a Marisa.

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