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Matías aguardaba el campamento de invierno un poco nostálgico, quizás porque era el último, y un poco preocupado por lo que pudiera ocurrir allí. 

El ambiente en el San Bartolomé se había puesto un poco pesado para él desde que se había hecho público su encuentro con Iara.
Lo sabían todos porque él tuvo la mala idea de contarle a Sebastián y, como siempre, al buchón se le escapó en un chat con Juan, y así empezó el que no digas nada, no te juro que no, que si… Y así llegó a los oídos de Axel, que todos sabían que le tenía unas ganas bárbaras a Iara, y al facherito patota del curso no le gustaba que nadie se le pare enfrente de sus ganas, por eso sabía que tenía que cuidarse, sobre todo con tres días por delante en un lugar abierto.
Además estaba Iara… Iara, uffffff… Desde que vino a principios de año no pudo dejar de mirarla, pero recién hacía dos semanas que se animó a invitarla a almorzar y ella dijo que sí…
Matías había cumplido los 17 en abril, era alto, de 1,80m y con contextura física muy atlética, fruto de su pasión por la natación, que practicaba desde los 6 años en el club donde iba con su familia y entrenaba allí casi todos los días.
Era una pasión para él, que heredó de su tío Alejandro. Él le enseñó a ser disciplinado en los entrenamientos porque era la única forma de llegar lejos, solía decirle siempre. Esta actitud le había desarrollado el físico y el aguante. El superarse a sí mismo era un desafío cotidiano y el deporte lo volvió un chico con empuje. Algunos le veían futuro competitivo, pero él no se la creía, le gustaba participar en las competiciones de clubes, pero hasta ahí, exageraban un poco, sonreía para sí.
Esa primera noche de fogón estaba muy fría, pero él se vistió con los habituales jeans gastados, la remera del club de natación, la campera y la infaltable pulsera de cordón entrelazado en la muñeca izquierda.
Se juntó con los amigos al lado del fuego adoptando su clásica pose con las manos en la cintura y con la pierna izquierda descansando, postura que le generaba infinitas cargadas, pero que nunca registraba hasta que se lo hacían notar, se ve que era aprendida del padre que se paraba igual.
Llamaron a sentarse en círculo y se tuvo que separar del grupo porque no había lugar para todos juntos, tuvo que sentarse al lado del idiota de Seba, que ya estaba ahí echado hacía rato meta parlotear con Nacho. A su izquierda, como a unos tres metros, estaba sentada Iara con sus ojos azules enfocados en él.
No había quedado en nada con ella, pero tenía que reconocer que esa minita le estaba moviendo cosas, que era distinta, no como las otras con las que había salido antes, esta tenía algo, no sabía bien qué.
Le guiñó un ojo y ella le devolvió un besito, que provocó que Antonella le diese un codazo que la hizo ponerse colorada, o al menos eso le pareció, el fuego y la noche hacían difícil distinguir. 
Durante todo el fogón sintió esos ojos clavados en él, ojos que le provocaban sensaciones nuevas… Y que le encantaban. “¿Eso sería enamorarse?”, pensó.

Cuando terminó el fogón, se le vino al humo Axel y le dijo bajito al oído que se dejara de joder con Iara, que esa mina era de él. Matías lo miró fijó y le contestó:
 —¿Pero qué mierda te pasa? 
Axel amagó con pegarle, pero justo pasó el preceptor y se frenó.
—Cuídate pendejo, o la vas a pasar mal.
Matías amagó con seguirla, pero lo tomaron del hombro.
—Dejalo, es un idiota—le dijo Seba.
Se acomodó el pelo con la mano mientras miraba alejarse a Axel.

—Tenés razón— A Matías no le gustaba pelear, pero tampoco lo iban a tomar por idiota.

Ese fogón cambió algo dentro suyo, se sentía decidido a meterse con Iara aunque tuviera que pelearse con Axel.
En medio del frío que calaba hasta los huesos a medida que el fuego quedaba atrás, pensó: “Va a estar calentito el campa” y, con una sonrisa, se fue caminando despacio con Seba otra vez al encuentro de sus amigos.  

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