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Concepto extraño, 

idea desterrada,

vivencia añorada,

experiencia olvidada.

Acercarse a lo sagrado 

es aproximarse al terreno de lo diferente.

De lo no percibido.

De lo que se encuentra lejos de lo sensible.

De lo distinto.

Cuando el misterio roza nuestra piel 

nos asusta y nos inquieta.

nos sacude y nos interroga.

Cobramos conciencia de nuestra finitud,

de la fragilidad que habitamos.

Pero rápidamente olvidamos,

volvemos a las cosas que vemos y tocamos.

A nuestro pequeño mundo

Volvemos a la ilusoria seguridad.

Pero…

Existen múltiples realidades físicas que no percibimos,

innumerables realidades psíquicas que reprimimos 

y realidades ignoradas que no pensamos.

Y porque no las percibimos, 

y porque las reprimimos,

y porque las ignoramos,

decidimos que no son. 

Es el terreno que no podemos pensar,

el suelo que no podemos imaginar, 

la tierra que no podemos percibir.

Fuera del tiempo y fuera del espacio, 

fuera de la imaginación y fuera del pensamiento. 

Cuando lo evocamos pensamos en la religión que oprime

porque volvimos comprensible lo que no lo es, 

tornamos en palabras lo impronunciable,

tornamos en tiempo lo atemporal,

y al caminar en lo cotidiano olvidamos el asombro 

del encuentro con lo sagrado.

Quizás la eternidad aguarde inquieta, 

tal vez se sienta sola y espera, 

que el tiempo al fin irrumpa,

que el espacio toque sus bordes, 

que la conciencia de la materia 

la sorprenda saliendo a su encuentro, 

atreviéndose a pisar un espacio nuevo:

Espacio del mutuo descubrir

descubrir suelo sagrado.

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