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Hubo un tiempo de emociones profundas,

de impulsos urgentes, placenteros,

dolorosos, ansiados,

temidos, intensos.

Tiempos de necesidades.

Necesidad de ser mirado,

necesidad de ser respetado,

necesidad de ser aceptado,

necesidad de ser deseado.

Tiempos sin palabras,

sensaciones sin nombre,

angustia sin razones

sentimientos escondidos.

Tiempos nuevos en un nuevo cuerpo,

senderos desconocidos por descubrir,

sin maestros ni tutores, sólo con amigos del alma

tan perdidos como nosotros.

Tiempos de ansias incalculables

y de frustraciones desvastadoras.

Ansias de ser encontrado

por ojos que, deseantes,

transformen el yo en nosotros.

Entonces nos inunda la alegría

de descubrir la eternidad.

Vislumbrar el rostro del amor

en esos ojos que nos contemplan

suplicando ser mirados, donde 

todo parece posible.

Tiempos de frustraciones inesperadas.

La desilusión nos encuentra por vez primera

 desprevenidos,

se hace carne y parece que todo lo posible ya no 

es.

Desilusión que nos devuelve al comienzo.

O no,

porque es diferente,

ya no es el comienzo,

es el camino.

Descubrió su rostro el deseo,

descubrió su rostro la pasión.

Todo cambió de color,

ya nada vuelve a ser lo que fue.

Lo familiar y cotidiano se volvió extraño,

lo extraño se volvió familiar.

Tiempos de nuevas historias,

tiempos de hacer nuestra historia.

Tiempo irrepetible,

tiempos colmados de memoria,

tiempos añorados.

Por lo menos así recuerdo,

tiempos de adolescencia.

 

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