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Cuenta el antiguo mito que Narciso era el joven más bello que jamás haya existido. Mientras su belleza encandilaba a las ninfas, él parecía no necesitar de nadie, sólo consigo mismo bastaba.

Eco, una de las ninfas, encandilada por su belleza, le declaró su amor, pero él la rechazó. Ella murió de pena.

Indignada, la diosa de la venganza Nemesis lo condenó a enamorarse de su propia imagen reflejada en un espejo de agua. Encandilado por ella, se olvidó de sí mismo, cayó en las profundidades del lago y se ahogó. En aquel lugar donde despareció, nació una bella flor que nos recuerda desde entonces su historia.

Siempre fue un mito, sólo encarnado por unos pocos a lo largo de la historia que hacían del culto a sí mismos una religión. Reyes, emperadores o profetas encarnaron Narcisos a lo largo del camino humano, casi siempre acompañado de la fascinación de sus semejantes que en ocasiones proyectaba sobre ellos su propio narcisismo subterráneo.

Era una vivencia lejana a la experiencia cotidiana de la humanidad. Siempre el amor a uno mismo estaba proyectado a las causas comunes que encarnaban lo propio. El pueblo, la fe, la patria, el honor, la familia; en lo grupal se expresaba lo individual.

Pero todo cambió de repente en poco más de una generación o dos. El narcisismo quedó mas cerca de la experiencia cotidiana de casi todos los hombres y las mujeres que en todo el resto de la historia.

Las viejas y opresivas cadenas de obligaciones vinculares y religiosas que nos anudaban y contenían fueron rotas, y lo que cada uno sentía se abrió paso, saliendo de su ancestral refugio, encaramándose de a poco como lo más importante de la vida.

Alegría y felicidad nos habitaron y los sueños estuvieron más cerca que nunca de ser vividos. Las ilusiones acompañaron nuestros días y nuestras noches. De a poco, se movieron los sentimientos, las relaciones se liberaron de mandatos eternos que las condenaban al sometimiento sin fin, al deber, a la obligación, donde lo sagrado y lo absoluto se esfumaron de la vivencia cotidiana de cada uno de nosotros.

Los vínculos se aflojaron y empezaron a romperse cada vez por razones más nimias, los simbólicos primero (parejas y amistades) los sanguíneos (padres, hermanos, hijos) después. Ocurrió lentamente, al principio, pero luego los cambios se aceleraron cada vez más, hasta que fue imposible sostenerlos y los trozos de esas relaciones rotas caían sobre las vidas de todos, como un terremoto vincular que sacudió a toda la humanidad.

Después, nacieron aquellos que no habían vivido bajo los vínculos asfixiantes y los que no conocieron los mandatos sin tiempo que oprimían (paradójicamente, también nos cuidaban un poco). Así fue que crecieron, cual nóveles dioses, cuidados hasta lo imposible para evitar ser frustrados, encarnando ellos el eterno anhelo de la ahora secular inmortalidad y, como nunca antes, comenzaron a mandar los pequeños y los adultos se sometieron a ellos.

Pero de a poco eso también cambió, porque todo el placer posible debe ser vivido, lo que se siente en cada momento es la ley suprema de la vida. Los nuevos mandatos son ahora la felicidad permanente y el no sufrir nunca. La frustración se volvió intolerable.

Empezamos a olvidarnos lentamente unos de otros y estamos cada vez más pendientes de nuestras vivencias, nuestros deseos, nuestros intereses, tolerando cada vez un poco menos la cercanía de lo distinto en el prójimo, a necesitarnos menos.

Cada vez tenemos más derechos y cada vez nos cuesta más sostener nuestras responsabilidades. Esperar se hace más y más difícil.

La pasión tomó el nombre del amor y reinó sobre todos, definiendo los comienzos y los finales de cada relación afectiva. Los vínculos y las vidas se parecen a los objetos, importantes más por ser nuevos que por lo que son.

Se hizo más difícil comprendernos y comprometernos, ya que ahora sólo podemos jurar fidelidad a nuestras sensaciones e ideas del momento que vivimos. Nuestro desenfreno consumista empezó a resquebrajar nuestro planeta mientras lo contemplamos sin inmutarnos ni detenernos a pensar en lo que vendrá. Nos colmamos de lo material que necesitamos y de lo que no, y tenemos más de lo que soñamos alguna vez.

En un nuevo movimiento de paradigmas, los niños dioses también pasaron a ser, para muchos, una carga. Nos habíamos quedado sin Dios eterno, nos quedamos también sin los pequeños dioses humanos que daban sentido al futuro.

Por primera vez en la historia, las poblaciones de los países desarrollados dejaron de crecer, los ancianos empezaron a ser más que los niños y en muchos lugares las escuelas empezaron a ser un recuerdo y la infancia, una anormalidad. En la actualidad el porcentaje de hogares unipersonales no deja de crecer, sobre todo en mayores de 50 años y en la población joven y educada, y está alrededor del 25% de la población. Es una tendencia en alza en los últimos 40 años.

¿Nos quedamos solos? ¿Será este nuestro destino? ¿Nuestro inexorable final?¿Extinguirnos lentamente sin percatarnos, mientras nos encandilamos con nuestro espejo? ¿O en una selfie de Narcisos modernos que mueren intentando retratarse en una imagen que eternice su instante de auto fascinación?

¿El Apocalipsis será el olvidarnos del otro y no ver más allá de nuestra propia mirada? ¿Caeremos dentro de nuestro propio reflejo, en un sueño eterno? ¿Será una interpretación exótica sesgada por el prejuicio de la diferencia generacional?

Quizás…

Pero la violencia de género, la violencia criminal, la intolerancia religiosa, las patologías psicologicas cada vez más graves y de aparición más temprano en el desarrollo son una dolorosa realidad.

Quizás todavía podamos aprender a respetar sin dejar de respetarnos. A comprometernos sin dejar de importarnos.

A descubrir por vez primera que la fuerza del amor es capaz de sostener proyectos en el aire exquisito de la libertad y así arribar a una nueva síntesis que una lo bueno de los lazos que nos conectaban y las responsabilidades que estos implicaban, con el respeto al individualismo que nos humaniza y nos conecte desde el respeto a la diversidad y la tolerancia. A descubrirnos unos a otros, distintos y parecidos y necesitados unos de otros.

Quizás debamos nacer otra vez, para hacer de nuevo al mundo, para consumir menos cosas y desearnos más. Para ser humanos y también ser humanidad.

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