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Sentido es una palabra ubicua.

Nos habla de sentimientos,

nos habla de caminos,

nos relata de llamados,

de vocaciones y de destino.

 

Buscar el sentido es clamar por el hacia dónde

y también por el para qué.

La vida nos puebla de sentidos comunes,

culturales algunos, materiales otros,

que se nos imponen como mandamientos,

imposibles de ignorar.

 

Nos consumen el presente,

nos ocupan el futuro,

parecen colmarlo todo, pero sólo ilusionan

nuestra ansia de plenitud,

y para cuando volvemos la vista atrás,

sólo escuchamos el viento.

 

A veces tenemos sed de sentido verdadero,

de descubrir el propósito,

propósito que inevitablemente nos dirige al otro.

La humanidad para unos, Dios para otros.

 

El encuentro con lo distinto que se aproxima,

permanecer en la memoria por la eternidad.

Eternidad que nos habita desde el cuerpo

en los genes que portamos  y que nos trascienden.

Eternidad que nos habita desde el espíritu y nos busca.

 

Ansia de descubrir la razón por la cual nos toca este lugar,

este tiempo, este recorrido.

El que lo descubre se vuelve rico,

pues descubre su hogar, su lugar.

 

Encontró y fue encontrado por lo eterno que atraviesa el tiempo.

Por lo infinito que pasea por la historia,

inventando encuentros,

encuentros que nos sueñan y cuentan la historia,

nuestra historia.

 

Historia común que se torna extraordinaria,

sólo cuando reciben el toque mágico del sentido.

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