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Una sola carne serán, dijo al principio.

Nosotros pensamos en la pasión,

Él pensaba en ellos.

Una sola carne que eterniza los vínculos para siempre.

 

Nuestro narcisismo ya no puede romper

lo que ellos han unido.

A nuestra imagen y semejanza ansiamos que sean.

Llevan nuestros rasgos y nuestros gestos en sus rostros.

Portan nuestras frustraciones e ilusiones,

nuestros dones y nuestros dolores en su alma.

 

Son el don maravilloso que recibimos de la vida.

Cuando ellos llegan, todo cambia.

Nuestro corazón se estremece interminablemente

para por siempre latir junto al de ellos.

 

Una sola carne,

síntesis asombrosa entre dos cuerpos y dos almas

que al entrelazarse, se vuelven únicos y diferentes,

en la vida que engendran,

haciendo eterno el sendero que recorren.

 

Misteriosa aventura, sentir a la vez

amor y vulnerabilidad,

alegría y temor,

responsabilidad y asombro.

 

Deseamos que el tiempo se detenga

en ese momento único en que descansan entre nuestros brazos.

Todo nuestro ser cabe en nuestro regazo.

Pero ayudamos a que sus alas crezcan

para que vuelen alto y lejos.

 

Llevan nuestra sangre y nuestra ilusión.

Llevan nuestra pasión y nuestra alma.

Llevan nuestro amor y nuestros temores.

Llevan nuestro espíritu y nuestra eternidad.

 

Una sola carne dijo Él, y nos regaló el sentido.

Una sola carne, y nos regaló eternidad.

Una sola carne, y descubrimos el cosmos entero

en esos pequeños ojos que curiosos nos miran

y que nos llamán con un nombre nuevo

qué atraviesa por siempre nuestro ser:

Papá.

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