Seleccionar página

Entre los 10 y los 12 años, todo mi mundo giraba alrededor de jugar a la pelota. Allí, la canchita del barrio que, con su piso de tierra y arcos imaginados entre árboles y bultos de ropa, era el sitio más deseado de la tierra.

Almorzar después de la escuela y salir a patear hasta la hora que se apagaba el sol era lo que hacía más fácil el madrugar de cada día.

Pero un tarde gris de invierno apareció él y, de la nada, se constituyó en gendarme de la cuadra. De repente, ir cada tarde a la canchita se volvió una tarea cada vez más difícil de encarar.

Porque allí estaba el perro marrón.

Perro que pertenecía a una raza medio parecida a un boxer y llegó con una familia que se había mudado en esos días al barrio, pero él no era un perrito casero, era un callejero hecho y derecho.

Su figura era intimidante, siempre allí, cuidando las fronteras invisibles de un espacio que hizo suyo y que nadie se atrevía a desafiar sin arriesgarse a salir con la marca de sus dientes en el pantalón o la pierna.

El problema era que, para ir a la canchita, resultaba inevitable atravesar su territorio, que abarcaba a lo ancho hasta la vereda de enfrente y una cantidad de metros incierta a lo largo; o bien tener que dar una vuelta enorme para esquivarlo, sin tener ninguna garantía de no toparme con algún colega suyo en el camino.

Nuestras batallas eran solitarias y cotidianas.

Yo me acercaba sigiloso, oteando la vereda hasta donde me daban los ojos para ver si lo veía, ya que, o estaba escondido detrás de una planta de donde emergía de golpe gruñendo, o estaba echado dormido en el pasto.

Para cuando me situaba dentro de su horizonte olfativo-auditivo, ya su mirada estaba fija en mí. Evaluaba si me animaba a desafiarlo, si me  iba a atrever a cruzar la frontera invisible de su reino, o no.

Ahí yo tenía que tomar la decisión. Era intentar una buena galopada zigzagueante que semejaba una gambeta ganadora o intentar acertarle un piedrazo, que él tenía la habilidad de esquivar siempre y lo enfurecía aún más.

La última decisión era volver a casa, derrotado.

Casi siempre elegía correr y rezar hasta que, casi sobre mis talones, de golpe el milagro ocurría y él se detenía, dejándome por fin el camino abierto al placer, pero percibía su mirada a mi espalda que, con sus ojos vivaces, parecía que me decía “vas a tener que pasar por acá para volver ” y un regusto amargo recorría mi boca.

Porque el volver implicaba la misma tortura.

Durante meses fue una barrera inexorable en mis tardes de fútbol, cuando muchas veces terminaba resignado.

Pero ese martes de septiembre me levanté distinto, cansado del miedo y de la bronca que me provocaba. Así que me preparé la ropa y las zapatillas y salí decidido a enfrentarlo de una vez por todas.

Lo vi desde lejos acostado en la vereda, pero al oir mis pasos se alertó y cada metro que me acercaba a él, le sostuve la mirada desafiante, mientras el miedo recorría mi espalda, mis manos y todo mi ser. Pero no me detuve, aunque el terror entumecía mis piernas, gritándome que pare.

Cuando él se dio cuenta que la mano venía cambiada, se paró con la velocidad de un rayo, con sus dientes asomando y sus orejas aplastadas, y empezó a caminar hacia mí.

Gruñía. Mucho.

Yo sabía que sólo tenía una chance. Me detuve un instante, y él también frenó.

Reinicié mis pasos decidido y él empezó a correr, hasta que a medio metro de distancia se lanzó hacia mí con los dientes listos para cerrarse sobre mí pierna.

Estaría a unos veinte centímetros del piso cuando mi empeine impactó de lleno en su costado izquierdo, como si fuese una pelota.

Estar en el aire fue su perdición porque la patada, que no me salió muy buena, lo hizo volar igual como un metro hacia el cordón. Vuelo que concluyó en un aullido de dolor cuando su cuerpo impactó contra el suelo.

Al instante, se paró y caminó medio rengo hacia la vereda de enfrente y desde allí me observó, pero su mirada ya era otra.

Yo, que no salía de mi asombro por lo que había hecho, me quedé unos segundos contemplándolo, y empecé lentamente a caminar. Aguardé su arremetida, pero se quedó allí. Me observaba desde lejos sin moverse.

Un coro interminable de aplausos imaginarios acompañó la sensación del héroe que derrotó a la bestia que sentí en ese momento. Victoria tan secreta como las cotidianas batallas que libramos.

Desde ese día, el pasar por allí no volvió a ser un problema y cada vez que me veía, el que cruzaba de vereda era él, no yo.

Después crecí, la canchita se transformó en una casa, el fútbol empezó a ser un recuerdo y él se fue un día con el viento como se suelen ir todas las cosas en la vida.

Así se fue también la infancia.

Con el perro marrón.

A %d blogueros les gusta esto: