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—¡Nuestro país es el mejor país del mundo!— Hizo una pausa, miró al auditorio, y agregó—¡Por eso nos envidian, por eso nos quieren quitar lo que es nuestro, lo que por derecho es del pueblo y de nadie más! ¡Yo no lo voy a permitir!

Ubaldo terminó casi en un grito y se calló de golpe, entrecerrando los ojos.

Le pareció oír a la multitud corear su nombre por apenas un instante, momento que fue disuelto por los tibios aplausos que lo devolvieron al presente.

El recuerdo entrometido le llenó los ojos de humedad.

El local de la unidad básica tenía, como mucho, espacio para unas treinta personas, y no estaba lleno. El ventilador de techo apenas si agitaba el aire caliente que los envolvía en esa tarde-noche de fines de enero.

Luego de saludar a los compañeros, se dejó caer en una silla, y se secó la cara empapada de sudor.

—¿A quién se le ocurre convocar a elecciones en esta época del año? — expresó en voz alta.

—Uhhh don Ubaldo, desde la muerte del intendente Leguizamon, allá por el ’94, es que las elecciones municipales se hacen el último domingo de enero, cada cuatro años—recitó el Javier, mientras le servía soda fría.

Javier era el hijo del dueño del local, que con suerte llegaba a los doce años, aunque parecía de 10; el viejo local que siempre alquilaba el partido cada vez que había elecciones y se transformaba en unidad básica.

—Pensé que sabía—inquirió—¿no andará con problemas de memoria usted? Mire que mi abuela siempre dice que los años no vienen solos.

¡Don Ubaldo! Hacía tiempo que no escuchaba así su nombre, sólo en Rufino lo llamaban así. Para los demás era el Doctor García Sánchez, quien se había convertido en 1992 en el primer y único hijo de esas tierras que fue electo dos veces gobernador de la provincia de Santa Fe.

Pero había pasado tanto tiempo de todo aquello… Y ahora quería ser el candidato del partido a la intendencia de su pueblo querido.

—¿Se siente bien Don Ubaldo? —Preguntó el Javier al observar su mirada perdida.

Ubaldo salió de su ensueño y lo miró, preguntándose si este chinito sabría algo más que su nombre.

—Sabés Javier, que yo no estaba en el pueblo en aquella época.

—Si Don Ubaldo, ¿cómo no lo voy a saber? Usted era el gobernador… Siempre nos enseñan en la escuela de todo lo que usted hizo.

Se hizo un silencio sólo matizado por el sonido del ventilador.

—Don Ubaldo… —Se le animó el Javier— Eh… ¿Cómo hizo para ser tan importante?

Ubaldo parecía estar en otro tiempo.

—Dele sea bueno,—insistió—cuénteme que yo cuando sea grande voy a ser presidente, y tengo que aprender.

Ubaldo sonrió ante la actitud del jovencito.

—Así que presidente… Mira vos. Che, que no sabía tamaña noticia… Siendo así, sí, a los presidentes no se les dice nunca que no.

Javier se rió ante la ocurrencia.

—Bueno—se levantó, elevó el vaso de soda y exclamó— ¡Por el presidente Javier, salud!

—¡Salud!— dijo el Javier, mientras chocaba vasos con Don Ubaldo.

Las siguientes dos horas fueron de recuerdos narrados y ojos asombrados que escuchaban las historias del viejo animal político lastimado por los años.

En aquella noche sin luna, estrellada como pocas, Don Ubaldo caminó por la calle de asfalto que ardía, rumbo a la casa. Caminaba lento, pero notó que hacía mucho tiempo que no se sentía tan contento como esa noche. El viejo político seducido por un niño le hizo recordar historias que creía olvidadas.

Las Historias del Don Ubaldo Rubén García Sánchez.

El candidato.

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