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Llegar a ella puede ser caótico,

envuelta siempre por un tránsito alocado

que tiene reglas peculiares, que hay que aprender

mientras tratás de atravesarlo indemne.

 

Pero detrás de esa fachada existe una ciudad que cuenta historias.

Historias de pasiones, historias de poder,

historias de imperio, historias de fe.

Y te impregna.

 

Hay algo mágico en sus muros,

hay recogimiento en sus templos

y hay una atmósfera que respira espiritualidad.

 

Impura dirán algunos, banal dirán otros,

pero lo cierto es que es imposible discurrir sus monumentos

y recorrer sus catedrales sin que algo nos suceda,

su magia nos envuelva y de golpe nos encontremos

ante la magnitud de su historia,

y la historia de su fe, y nos sobrecoja,

nos transforma y nos rodea.

 

El misterio se despliega, deviene de pronto

y nos habita, nos conmueve.

 

Roma está habitada por el tiempo.

Roma está habitada por el misterio.

Roma está habitada por la fe.

Roma es… Roma.

 

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