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Ese escozor que siento

cuando lo imprevisto se cruza en mi camino.

Todo se nubla y los cimientos se deshilachan,

se filtra en mi alma el vacío que me rodea.

 

Vacío que me envuelve desde las profundidades del universo,

vacío sin final y sin igual, que habito sin entender cómo.

Vacío que rocé al salir de la matriz contenedora,

en ese instante en que me deslicé

hacia las manos cálidas que me recibieron.

 

Instante en que por vez primera

conocí el rostro de la soledad.

Cálidas manos que esculpieron,

que sólo entrelazado puedo escapar del vacío de la soledad,

que el camino del encuentro es el camino de la vida.

 

Busqué caminos para alejarme del fantasma que mora en mi alma,

busqué colmarme de rutinas inacabables,

frágiles y fugaces, que apenas dejaron lo incierto posado en mis labios.

 

Como caminante en la niebla,

intuí caminos que a veces son solo muros

y a veces son caminos que conducen a otros caminos

que me llevan sólo a seguir caminando.

 

Pero de la mano del artista

bebo un sorbo de aquello que una vez fui

y sólo quedan espejismos,

instantes en que avizoro ese más allá

que está detrás de cada obra creadora.

 

La poesía del erotismo me rescata de la soledad abrumadora,

acercándome a ese tú que olvidé al nacer.

Los rostros que surgen de nuestros rostros entramados

alivian el dolor al recubrirme de nosotros.

 

Pero el vacío atraviesa las barreras

con las que busco alejarlo del alma

y me rodea,

y me envuelve,

y me agobia.

 

Quizás al encontrarte vuelva a respirar.

Quizás al descubrirte pueda entenderme.

Quizás al conocerte pueda paladear la eternidad.

Quizás al oírte pueda reconocerme.

Quizás al seguirte pueda encontrarme.

Quizás al contemplarte pueda conocer mi nombre.

 

Quizás al percibirte vislumbre el infinito,

quizás comprenda,

quizás, sólo quizás.

 

Quizás pueda aceptar

por un instante, por un momento,

y el vacío sea lleno por tu mirada,

y así pueda amar, amar ser humano.

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