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Antes del partido está la ilusión intacta,

y todo lo posible es real.

La pasión atropella la individualidad.

Portamos entonces un nombre nuevo,

teñido de un solo color.

 

Las gargantas todo lo gritan, volviéndolo sinfonía.

Que se dedica a ellos, los otros,

los rivales de siempre.

Nadie sabe muy bien por qué,

aunque no estén, los imaginamos allí.

 

Durante el partido, todo es posible.

El cielo y el infierno habitan el corazón

en el mismo instante.

La pasión se desata y el calor más intenso

recorre los cuerpos fríos del invierno.

 

El reloj atraviesa el alma y el tiempo discurre

en el sentido contrario a la ansiedad del instante.

La peor desesperación se convierte

en la alegría más intensa en un segundo.

Segundo en que la mayor sonrisa

puede mutar de golpe en mueca del peor dolor.

 

Después del partido, nos acompaña la resaca de lo vivido.

Caminamos, más despacio que rápido,

con la promesa que en las buenas estaremos,

y en las malas mucho más.

Retornamos a nuestra singularidad.

 

Volvemos a tener nombre,

con el sabor inigualable de que, por un instante,

viajamos al centro del universo,

fuimos uno con la humanidad.

 

Nuestros cantos se apagan lentos

y se convierten en susurros,

mientras el alma aguarda ansiosa

volver a la tribuna.

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