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Hay situaciones que son inevitables.

Hay suertes que son inevitables.

Hay personas que son inevitables.

Hay destinos que son inevitables.

Hay tragedias que son inevitables.

 

Y lo inevitable no se puede esquivar.

No se puede eludir.

No se puede omitir.

No se puede evitar.

Es inevitable.

 

Es ese volcán que erupciona.

Es ese terremoto que tiembla.

Es ese tornado que sopla.

Es esa inundación que ahoga.

Es ese accidente que ocurre.

Es esa derrota que duele.

Es esa relación que se derrumba.

Es esa enfermedad que no se detiene.

 

Y allí estamos.

A veces creemos.

Creemos que podemos.

Que podemos detenerlo.

Evitar lo inevitable.

Pero no, no se puede.

Es inevitable.

 

Sólo nos queda contemplarlo,

padecerlo, asombrarnos,

sufrirlo, resistirlo.

 

Y allí estamos.

Como mudos testigos de cómo aquello por

lo que luchamos, lo que creímos,

lo que amamos se desmorona

como castillo de arena en la playa

por la ola irrespetuosa que no tuvo piedad.

 

De nuestra creatividad.

De nuestro aprecio.

De nuestro esfuerzo.

De nuestro amor.

Ella sólo era una ola,

ola inevitable.

 

Inevitable como la vida.

Inevitable como la muerte.

Inevitable como el amor.

Inevitable como el dolor.

Inevitable como el tiempo.

Inevitable como la eternidad.

 

Pero lo inevitable me alcanzó

cuando creí que quizás no…

Que no a mí.

Que lo podía esquivar.

Que podía no ser.

Pero es inevitable.

 

Entre ilusiones rotas

y sueños perdidos.

Entre el alma fracturada

y el futuro desimaginado.

Ahora sé que lo inevitable ocurre.

Y no lo puedo evitar.

Al fin y al cabo, es inevitable.

 

Pero aún puedo creer.

Aun puedo escribir

y volverme palabras,

volverme oraciones,

que llevadas por el viento,

a donde quiera que sea,

a quien quiera que sea,

se vuelvan historia.

Se vuelvan libertad.

Irremediablemente.

Inevitablemente.

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