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La primera impresión al llegar es que,

o todo parece excesivamente grande,

o uno es demasiado pequeño.

New York te hace sentir pequeño.

 

La magnitud de su porte y de su historia,

de su poder y de sus construcciones,

te hace sentir pequeño al principio,

sólo al principio.

 

Mirar hacia el cielo y sólo ver lo construido por

el hombre para llegar hasta él, sorprende.

Conmueven las formas antiguas,

asombran las formas modernas.

 

Culturas infinitas la habitan.

Pueblos de todo el mundo la fraguaron y aún lo hacen,

aún la moldean, cual escultura interminable.

 

Ella generosa lo permitió, ella generosa lo permite.

Ella generosa los acogió y aún lo hace.

Los incluyó entre sus nombres y aún los incluye.

 

Símbolo a la vez del poder más devastador

que alguna vez existió sobre la Tierra,

y hospedaje para el último

de los más humildes peregrinos buscadores de sueños.

 

Babel inversa,

es sinfonía de todas las lenguas de la humanidad.

Sinfonía de razas y costumbres.

Para todas aloja un lugar,

un reconocimiento y un sueño.

 

El poderoso más despiadado y el lujo más descarado,

el humilde más ignoto y la miseria más humillante

conviven bajo su cielo en un contraste abrumador.

 

Nos recibe con el símbolo de la sagrada

llama de la libertad que nunca se apaga…

Fue y es cuna de todos los sueños que puedan soñarse

y refugio de todos los fugitivos de todas las intolerancias.

 

Alguna vez destino de sueños del espíritu,

hoy destino de sueños terrenales.

 

New York es:

Los museos y los parques.

Los ríos y los rascacielos.

The Empire State y The Rock.

El jazz y Woody Allen.

El metro y los ferrys.

Los taxis y las limusinas.

El Central Park y John Lennon.

El glamour y los musicales.

Times Square y la Quinta avenida.

Los sabores de todos los pueblos

de la tierra se degustan en sus calles.

 

Símbolo del águila

a veces prepotente y caprichosa,

pero al final ciudad de todos.

 

La conocimos de pequeños,

aferrados a la butaca de un cine,

donde mil historias en ella se desplegaban,

destruida mil veces por malos de los buenos,

a quienes todos nuestros superhéroes al fin derrotaban,

mientras fascinados recorríamos sus calles

y sus callejones, sus escaleras de incendio

y sus persecuciones policíacas

sin nunca haber puesto un pie sobre su suelo.

 

Pero una vez ocurrió.

La hirieron casi de muerte

con dos lanzas que le atravesaron el alma.

La intolerancia no toleró su generosidad.

Pero se sobrepuso.

 

Un poco más cuidadosa, quizás.

Un poco más cerrada tal vez.

No mucho, no tanto.

 

Cuando la pisé por vez primera, la descubrí ya develada.

Había estado cien veces allí.

Porque hace tiempo que dejó de ser propiedad

sólo de un pueblo, para ser un poco de todos.

Un poco de cada uno.

 

Alguien dijo:

“Me enamoré sin conocerte y sin esperarlo”.

Así es New York: Te enamora.

Conocí algunas moradas en esta Tierra, no muchas.

Pero me enamoré de vos cuando te vi.

 

Ahora tengo dos amores:

Mi Buenos Aires querido, y vos.

Pero se que no sos celosa. Yo tampoco.

Sé que sos un poco de todos.

New York, New York…

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