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El niño siempre empezaba con sus berrinches a la misma hora, cada tarde de cada uno de los días del año.

Nadie recordaba cuándo comenzó, pero se había convertido en parte del paisaje sonoro que atravesaba el pueblo de punta a punta y a nadie le llamaba la atención los gritos agudos que salían de la vieja casona de estirpe colonial que quedaba al final de la calle principal.

Nada lo detenía en su griterío poderoso que duraba hasta que se agotaba la fuerza de sus cuerdas vocales y caía rendido de cansancio en la primera cama que encontraba luego de deambular histérico por los corredores de la casa.

Lo habían llevado a ver a todos los doctores y licenciados que había en el lugar y sus alrededores y nadie le encontró nunca nada, ni un parásito extraño de esos que suelen habitar en los pueblos ni un complejo traumático edípico psicótico, de esos que solo entienden los licenciados.

También vinieron los del servicio social, a ver si había algún desajuste familiar, pero parece que los padres estaban tan agotados que parecían más golpeados que golpeadores.

Era, por lo demás, un chico normal el resto del día, antes y después de cada ataque, lo cual volvía más misterioso e inexplicable la existencia cotidiana de los berrinches.

Desesperados en su búsqueda de alguna manera de pararlos, los padres hasta fueron a consultar al cura parroco, por si acaso un demonio rondaba por allí, y el cura, con cara de susto, miró al niño, se persignó, dijo algunas palabras en latín, esperó cinco segundos mientras el chico lo miraba con ojitos curiosos, se pegó media vuelta y rapidito se metió de nuevo en la parroquia, no sea cosa que el diablo se diera por enterado del procedimiento y se apersonara de cuerpo presente.

Así, cada día en la vieja casona se aguardaba, con resignación pueblerina, el momento del castigo divino que diariamente sufría la familia, vaya a saber por qué desconocido pecado cometido por algún antepasado descarriado.

Transcurrieron así los días, los meses y algunos años, toditos adornados por los gritos del chiquitín, que cual concierto desafinado, teñía cada tarde pueblerina de chirriantes notas, como si fuera un despertador siesteril infalible.

Hasta que un día de enero, caluroso como pocos, llegó la tarde y la hora señalada… Y nada, solo se escuchó el silencio, apenas rasguñado por los cantos de los pocos pájaros que se le animaban al calor ardiente de la siesta.

De los gritos ni noticia. Los vecinos, temiendo lo peor, acudieron, primero algunos que andaban por allí, y después, ya con el silencio ensordecedor en sus oídos, arremetieron en tropel a la casona con caras llenas de interrogantes, esperando en vano que alguien saliera a dar alguna explicación.

Y de pronto lo vieron, sentado en la galería jugando con sus muñecos de siempre, tranquilo y pacífico como si nunca hubiese existido ningún grito berrinchero.

Nunca se supo qué ocurrió, ni antes ni ahora, ni por qué el niño no gritó nunca más.

Quedó como un misterio de esos que se cuentan en los pueblos en las tardes aburridas del estío.

Después, el chico creció sin volver a escucharse ni un gemido de protesta y de a poco, los vecinos se olvidaron de él.

Cuando cumplió los doce, se fue para la capital a hacer el secundario y, al poco tiempo, la familia fue donde estaba él y nunca más se volvió a saber de ellos.

Pero algunos vecinos dicen cada tanto que en las tardes largas del verano o noches madrugadoras del invierno se escuchan unos gritos apagados cuando se pasa cerca de la casa, igualitos al viejo berrinche, que espanta al mas incrédulo de los ateos que enseguida cruza la calle persignándose, antes de atreverse a pasar por la vereda de la casona abandonada.

Los años pasaron, cansinos, uno tras otro y la casa nunca más se habitó, rodeándose de a poco de yuyales que crecieron por doquier.

Sin embargo, cada tanto, algún desprevenido turista que pasaba por allí, relataba que se podía escuchar a un niño lamentarse en algún lugar indefinido detrás de los yuyos, pero nunca se encontró a nadie.

Los pueblerinos ya no se asustaban. Intuían sabiamente que quizás sólo se trataba del lamento de aquellas almas extraviadas que, angustiadas, buscan el camino de regreso hacia la perdida eternidad sin hallarlo jamás.

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