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1- El espejo

No importa que siempre esté en la misma posición, Juan, cada vez que se sube al auto, lo primero que hace es empezar a retorcer mi cogote, para después dejarme en el mismo lugar que me encontró, pero todo dolorido.

Igual, él me parece un buen chico, me cae bien, es amable con casi todos, cosa difícil de lograr cuando se maneja un taxi en Buenos Aires.

Pero ese día de otoño estaba raro, no se, lo vi diferente, tenía como un gesto oscuro que nunca le había notado.

Llovía de manera tenue y pegajosa, típicamente porteña, y él, desde que se subió, estaba meta discutir por teléfono vaya uno a saber con quién, pero con cada palabra que decía su rostro parecía ensombrecerse más.

Íbamos por Santa Fe y, al cruzar Laprida, se acercó despacio al cordón y se detuvo.

Subió ella, anciana, elegante, arrugada y menuda, parecía flotar en el asiento de atrás que creo no notó su presencia, porque no escuché ese bufido protestón que hace cada vez que alguien se le sienta encima.

“Hasta Luis María Campos al 300”, fue la frase que dijo casi murmurando. Después todo fue silencio.

“Llegamos señora”, miró el reloj y agregó, “Son 70”.

Ella le acercó un billete de esos verdes nuevos que tienen un puma o un bicho parecido estampado. Yo me quedé observándola a ella, porque intuía algo misterioso que la envolvía, y no podía descubrir qué.

Juan hizo un movimiento con los dedos que casi se me escapa, pero cuando me miró, supe que algo estaba mal.

“Me dio 5 pesos señora, le dije 70”. “Discúlpeme joven”, se lamentó, mientras recibía los 5 pesos y los cambiaba por 100.

Sin protestar se bajó con su bastón, despacio pero firme y la perdí de vista apenas cerró la puerta. Supe lo que Juan hizo por el rictus que tensó su rostro y me llené de indignación, ¡otro más! Creí que él no era como todos, ¡que desilusión! Desde entonces ya nada fue igual entre nosotros.

Ahora trato de empañarme todas las veces que puedo (lo difícil que es) y al menos lo incomodo un poco. No se hacen esas cosas a las viejitas, no señor.

 

2. Esperas

Ella esperaba siempre en la misma esquina, todos los martes a las 10, cerca de la calle para elegir bien, porque como estaba la cosa, era difícil confiar en alguien, ni siquiera en un radio taxi. Ese día caía una garúa finita, así que esperó bajo el balcón de la zapatería.

Los elegía por sus ojos, no por el auto o por la facha. Siempre sintió que se puede ver el alma de alguien en la mirada, y ella sabía mucho de almas.

Hacía siempre el mismo camino para desayunar con su hijo, quien la aguardaba puntual en la puerta del edificio de Luis María campos al 300.

Así fue el viaje, como cada martes. Llegaron, pagó y se bajó con delicadeza. Se afirmó sobre el bastón y se alejó del taxi rumbo al edificio desde donde se acercó el hijo con un paraguas.

“Hola mamá ¿como está? Con esta lluvia pensé que se quedaba.”

Ella lo miró y al instante lo supo, él también sabía ver los ojos y más los de esta mujer a la que conocía como a nadie.

“¿Otra vez le pasó mamá?”,”Sí, hijo, pasó otra vez”. “Pero mamá ¿qué le tengo dicho? No puede ser, no puede ir más sola, a partir de la semana que viene la voy a buscar sin excusas”.

Ella lo fulminó con la mirada. “Ni se te ocurra Tito, no te atrevas a tratarme como una vieja, todavía puedo arreglarme sola”.

Ofuscada, caminó firmemente un paso delante de él hacia el ascensor.

 

3. Trampas

Todavía puedo, y así va a ser mientras Dios permita. El día que no pueda sola, no saldré más, pero acompañada como una invalida, nunca.

Reconozco que me cuesta un poco más que antes darme cuenta, pero trato de intuirlo, y casi nunca me falla, aunque últimamente le pifio más seguido, como me pasó hoy, pero seguro fue la lluvia y mi vista que ya no es la que era.

Eso me hace sentir la vejez, ¡qué mierda! Antes no me pasaba casi nunca, pero me lo hicieron de nuevo. Encima este Tito me reta, con lo que me cuesta venir, el boludo me caga a pedos, se olvida con quién está hablando. Se que no me tengo que exigir tanto, ya tengo 84 y puedo equivocarme, ¿o no?

Con lo que me cuesta preparar los billetes, uno por uno, elegirlos entre los mejores para que los tomen por buenos… Nadie desconfía de una señora grande como yo, pero me equivoqué con este, me tocó un tramposo. No lo parecía, yo los reconozco en la mirada. ¿Me estará fallando la intuición?

¿Y ahora que hago con 30 pesos? necesitaba los 430. Voy a tener que volver a salir mañana, ¡con esta lluvia!

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