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Jugar a la pelota fue la principal motivación para levantarse cada madrugada para ir a la escuela durante casi toda la infancia masculina de la década del setenta, en las afueras de la ciudad de Buenos Aires.

Década huérfana de celulares, infinidad de canales televisivos y juegos en red, pero que, a pesar de esas desgarradoras carencias, las tardes nos hallaban entusiasmados y libres de aburrimiento.

Rutina futbolera que se sostuvo sin pausa hasta que allá por los trece años, el interés por las chicas y sus sorpresivas curvas empezaron a generar los primeros conflictos con la bola sagrada.

Ambas pasiones daban por aquellos tiempos sus primeros y conflictivos pasos en el difícil arte de la coexistencia, conflictos que a veces atraviesan la vida entera.

Pero antes de que las hormonas hicieran de las suyas, cada tarde, desde el precoz otoño a la primavera avanzada, era ideal para jugar en el potrero.

El sofocante calor del verano porteño establecía una pausa inevitable en la pasión por divertirnos, que se cambiaba por el placer de andar en bici o refrescarnos en la casa de alguno que tenía pileta.

Así pues, la rutina era precisa e infranqueable. Luego de almorzar y dedicar algunos escasos momentos a deberes escolares, marchábamos hacia el potrero o, como le decíamos nosotros, a “la canchita”, la cual consistía en un terreno desocupado, a veces alambrado con un agujero lo suficientemente grande para atravesarlo, que estaba en condiciones de ser habitado por el fútbol, o sea, sin césped.

Los encuentros solían empezar con el rejunte de los pibes del barrio a la hora señalada y ver si alguno había traído pelota, porque, a diferencia de hoy, en aquellos tiempos los balones eran objetos suntuarios que no cualquier afortunado poseía, lo cual generaba un axioma inevitable que nos estremecía como condición para participar: pincha- paga, que no tenía nada que ver con el club Estudiantes de la Plata, sino con la eventualidad de que el sagrado esférico sufra un daño irreparable que impidiera seguir con el juego y el culpable era aquel que haya tenido el último contacto con ella antes del desgraciado accidente.

La siguiente tarea, que era más bien una ceremonia cuasi religiosa, era el armado de los equipos. La elección era democrática:

“¿Quién elige?” se decía, y allí un par de voluntarios se adelantaba y daba comienzo al armado de los equipos, elegidos con el método popularmente conocido como “pan y queso”, que consistía en poner un pie delante del otro en dirección al oponente y avanzar. El que lograba pisar el pie al otro ganaba el derecho a elegir primero (lo que llevaba a diagramar pasos estilo Michael Jackson para evitar ser el pisado).

Se escogían primero a los mejores de acuerdo a su importancia futbolística, por eso el orden en que te elegían demostraba el nivel de valoración futbolera en que el grupo te tenía considerado; quedar en el último lugar revelaba que estabas cerca de ser considerado un tronco o un perro, adjetivos que por alguna extraña razón se asociaban siempre a ser incompetente jugando a la pelota.

Una vez concluidos los burocráticos preparativos se daba inicio por fin al deseado encuentro.

Y entonces la magia ocurría y cual Cenicientos amateurs, nuestro nombre cambiaba en una asombrosa metamorfosis por el de aquellos que hacían latir nuestra alma. Así nos convertíamos en Alonsos, Curionis, Perfumos, Bochinis o Bertonis, Suñes, Cárdenas, Telchs, Chazarretas, y a veces también en el Pato Fillol, los ídolos futbolísticos de antaño.

A veces los equipos quedaban desbalanceados de tal manera entre los habilidosos y los troncos, que empezaban las exclamaciones reivindicativas “¡Es un robo!”. Y, como todos queríamos ganar, pero tenía que costar un poco para saborearse de verdad, se re-ordenaban los mismos para que sea más “parejo”, lo que podía ocurrir antes de empezar o mismo durante el partido, donde luego de ir ganando un equipo 5 a 0 sobre otro en 5 minutos, se decidía su interrupción para equilibrar un poco las cosas.

Entonces se realizaba un intercambio y si uno de los buenos del otro lado venía a tu equipo y el cambio era por vos, quería decir que estabas en los puestos más bajos de la escala zoológica/botánica. También eso te podía ocurrir cuando eras el último en ser elegido, por eso no se trataba solo de jugar a la pelota: las tardes eran también una escuela de autoestima permanente.

En ocasiones, el número de jugadores era impar y se compensaba poniendo más jugadores de los malos en el equipo más numeroso.

Una vez definidos los equipos, había que establecer en qué puesto jugaba cada uno, ya que todos queríamos ser delanteros. No había otro lugar de la cancha donde uno quisiera estar más que bien arriba.

Después, dependía de quienes nos rodeaban, si estaban los mejores del barrio estábamos fritos, defensor seguro. Lo peor que te podía pasar es que te mandaran a ser arquero. Ah no, eso no, ahí se plantaba bandera, no señor, al arco no.

Como nadie quería saber nada con el arco, este era un puesto rotativo, todos pasaban por él. Se mandaba primero al peor de todos, y así uno por uno todos eran arqueros, menos los más habilidosos que nunca iban.

Para salir de tamaña incomodidad te tenían que hacer un gol, estableciendo en tu alma intereses contradictorios que muchas veces levantaban sospechas justificadas acerca de tu interés en evitarlo , si era muy clara la evidencia, te castigaban teniendo que quedarte un gol más.

La única excepción a la habilidad como garantía de puesto era ser el dueño de la pelota, lo que permitía elegir dónde jugar.

Sino te tocaba el arco, el siguiente destino era jugar abajo, o sea de defensor, y guay si subías sin sentido.

Siempre estaba el o los habilidosos, esos bendecidos por el don divino de manejar la pelota con maestría, objetos de envidia para todos y a los que todos queríamos tener de nuestro lado, porque valía por dos o tres de los normales, a los cuales todos trataban con deferencia, porque que eran capaces de alegrarnos la tarde si jugaban en nuestro lado.

El siguiente tema importante era el coraje, o sea, lo peor era ser tachado de cagón por esquivarle la cabeza a la pelota cuando había que cabecearla, correrte del arco en el momento que el grandote pateaba el penal de puntín o no tirarte a sacarle la pelota al otro siendo arquero. Eran humillaciones que nadie quería atravesar, pero a veces eran inevitables de padecer, porque era medio suicida no hacerlo.

Los partidos se pactaban a 12, o sea el primero que llegaba a 12 goles ganaba, siempre con diferencia de dos (otro enigma indescifrable), pero a veces en invierno se jugaba hasta que no se veía más la pelota, cosa que ocurría alrededor de las 17:30 – 18 hs.

Los arcos solían ser un problema. Generalmente estaban definidos por ropa o árboles y había que establecer sus límites, lo cual solía ser objeto de interminables discusiones, cada cual tratando de agrandar el arco ajeno y achicar el propio y, cuando eran muy desparejos, se alternaba en ellos una determinada cantidad de goles.

Había que ser muy preciso para hacer el gol y así evitar las deliberaciones posteriores para definir si había sido gol, palo, afuera o alto (límite que también dependía de la altura del ocasional arquero); al igual que los límites de la cancha, que además era muchas veces asimétrica, o sea más ancha hacia un lado del arco que del otro.

Hacer un gol era una experiencia sublime, inigualable, sobre todo para aquellos que no habíamos sido bendecidos por el don de la habilidad. El hacerlo te catapultaba al estrellato por un rato, que duraba más si servía para ganar el partido o si era uno de los últimos en hacerse.

Existían algunas situaciones traumáticas dentro del desarrollo del encuentro. En primer lugar, el ponerse de acuerdo sobre la existencia de una infracción, que debía ser casi hospitalaria a fin de lograr el aval de los dos bandos; de lo contrario, comenzaban discusiones interminables que, a falta de acuerdo, se zanjaban con una propuesta salomónica: un pique.

La otra situación, creo que la peor de todas, era patear la pelota a la casa de la vieja de al lado (que por entonces podría llegar a tener 40 años, pero era muy vieja para nosotros) y tener que ir a pedirle la misma, temiendo que el perro la haya destrozado, que ella no quisiera devolverla, que no hubiese nadie o que estuviesen durmiendo la siesta, todas razones que terminaban la diversión.

Totalmente distintos eran aquellos partidos que se arreglaban con otros equipos de otra cuadra o de más lejos, esos eran más formales, las diferencias cotidianas se borraban, ¡hasta a veces había camisetas y árbitro! Y el espíritu de pertenecer al propio barrio (cuadra) era más fuerte y limaba las asperezas que nos separaban día a día y así de golpe éramos una sola voz de nacionalidad cuadrística.

Así pasaron los días de nuestra infancia, estimulantes y apacibles entre los amigos de la escuela y de la calle. El cotidiano fútbol fue forjando en nuestro espíritu el sentido de hacer las cosas en equipo, disfrutar en grupo, establecer códigos de convivencia, que eran irrompibles, y el respeto por el otro.

Valores que quizás nos hacen un poco de falta en estos días de excesivo individualismo, donde por ahí deberíamos cada tanto volver a encontrarnos a la tarde a jugar un poco a la pelota.

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