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La obra está en Núñez, sobre Libertador, es un edificio enorme, a tres cuadras del estadio de River y a diez de la sede de la ciudad universitaria, así que me anoté en la Comisión número cuatro que tenía el horario de 16 a 19.

Papá tenía razón, no me había educado para esto, la construcción no era para mí.

El bueno de don Hernán se avivó.

— ¿Garde vos tenés registro?

— ¿Registro? ¿De qué?

— ¿De qué va a ser pibe? ¿Sabés manejar? ¿Te animás con un mionca?

Y me puso de chofer en un camión trasladando insumos.

— Vas a ser Doctor, Garde, tenemos que cuidar esas manos, eso sí, cuando te recibas, ¡me atendés gratis! — Me regaló con generosidad salteña.

Pasaron dos meses desde que llegué, parecen más.

Me siento ya un poco porteño, un poco nomás… Ya los aprendí a esquivar.

Hoy es el día, primer día de clases como estudiante de medicina.

Estoy ansioso.

Empecé a las seis en la obra para poder terminar a las tres y prepararme con tiempo. Para ser abril esta bastante fresco, así que bañarme con agua medio helada del obrador no es muy agradable, pero la ocasión lo vale y en el bolso traje la ropa especial que preparé.

Me calzo la mochila y ahí voy.

Tomo el 28 que va por Udaondo, miro la iglesia que había visto dibujada igualita en El Eternauta, pasa frente al estadio Monumental, luego cruza el puente y toma la autopista.

Allí están a la vista el río que parece un mar y el lugar donde empiezo el camino de ser médico.

La ciudad universitaria es gigante y estoy desorientado al entrar, pero si algo aprendí en estos dos meses es a preguntar.

Así que, pregunta que pregunta, encuentro finalmente la Comisión 4 y descubro que la cara de susto no es sólo mia.

Es un aula enorme donde hay como 150 personas.

Llego sobre la hora, así que casi todos los lugares estan ocupados. Miro y miro y ¡uno libre! En el medio de la sexta o séptima fila, “permiso”, “perdón”, me ubiqué.

En el momento que acomodo la mochila, oigo cerca mío un acento que me resulta familiar. Me doy vuelta y tres filas hacia atrás veo el pelo rojo, esa tonada tan especial y los ojos… La recordé de tantos modos en estos meses que llegué a creer que quizás sólo había existido en mi imaginación.

— ¿Johanna?

Ella deja de conversar y al verme dibuja una sonrisa que parece un marco para esos ojos inolvidables.

— ¡Matías!

— ¿Te acordás de mí?

— ¿Que si me acuerdo? ¡Sos imposible de olvidarrrrr! – Se vuelve hacia su compañera — Gaby, este es el Matías del que te hablé tanto, el tipo que salvó a la gringa recién llegada. ¡No lo puedo creer! Matías, te busqué y te busqué después de aquel día y no puedo creer que estudiemos juntos, ¿no me digas que vas a ser médico?

— Es lo que siempre quise.

— ¡Increíble!! Vení, vení, acercate.

Me hacen un lugar al lado de ella.

— Casi que pareces porteña.

— ¿Viste? Bien porteña. Ay Matías, ¡Nunca te pude agradecer lo que hiciste por mí!

— Sí que me agradeciste, vos por ahí no te acordás, pero yo sí… No me ofendo si querés agradecerme otra vez, me podés agradecer las veces que quieras…

Sonríe, me clava los ojos, apoya sus manos en mi cara y me encaja un beso. No es un pico. Es un beso.

Cierro mis ojos y escucho como un revuelo alrededor, medio como una ovación, pero no me importa nada; me suelta despacio y dice:

—Gracias, Matías.

—De nada… Yo…

— ¿Los señores terminaron de socializar? Así empezamos la clase.

Todos rien. Yo estoy en una nube de pedo. No entiendo nada de lo que habla el chabón.

Johanna apoya su mano sobre la mía y entrelaza sus dedos.

No puedo pensar. No puedo ni mirarla.

Esta yanqui me rompe la cabeza.

“No te vuelvas loco, Matías”

Buenos Aires enloquece.

Buenos Aires querido.

Leer Buenos Aires: Capítulo 1

Leer Buenos Aires: Capítulo 2

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