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Llegué a Buenos Aires un miércoles de febrero en el vuelo 486 de American Airlines. Es la primera vez que vengo sola a la Argentina y no lo hago precisamente de buena gana. Soy una neoyorquina hecha y derecha que nunca imaginó vivir algo así. Más que americana soy parte de la ciudad de New York, la siento mi lugar en el mundo y me cuesta moverme de allí hasta para vacacionar. Vivo en la Octava a metros de Prospect Park, en Brooklyn, desde que nací hace casi veintidós años.

Toda la vida escuché la añoranza de mis padres por su país, el cual dejaron en el 91 en medio de una crisis económica “brutal” (palabra de mi madre) para no volver más que en algunas ocasiones especiales de las que no guardo muchos recuerdos. Ahora me ocurre a mí. Argentina no es mi país y además no me agrada ni un poquito la idea de pasar unos años en esta ciudad del fin del mundo.

Pero lo único que sí tengo decidido es que quiero ser médica y, después de la crisis del 2008, me quedó claro que pensar eso es una ilusión sin sentido. En casa, simplemente no existen los recursos para solventarlo. Fue papá quien sugirió la nefasta idea una noche de octubre.

— ¿Y Argentina? Estudiar allá es gratis, la formación es muy buena y, Johanna, vos hablás español y tenés la ciudadanía. Sólo serían unos años nada más…

Cuando lo escuché mi reacción fue de un rechazo visceral, era una locura… ¿Argentina?

Después de unos días de pensar, resignada, me dije “¿Y por qué no?”. Así muy de a poco empecé a rumiar la idea de desembarcar en el país de mis antepasados.

Llegar a la ciudad fue raro, no sé… La imaginaba más grande, los edificios, el aeropuerto, los autos, todo era tan diferente a lo que era parte de mi vida de todos los días…

Mis padres me dijeron dos cosas: “Cuidate del tránsito” y “Andá con ojos en la nuca porque te sacan hasta lo que no tengas, en las esquinas, los ómnibus y en el metro, y cuidado con el calor, porque lo que mata es la humedad”, dijo mi padre.

Así fue que con Lisa, una chica de Boston que vino a cursar un posgrado, alquilamos un departamento en la calle Uruguay, casi Corrientes, cerca de la Facultad. Es cerca, sí, pero después de llegar me di cuenta de que tengo que cursar el ingreso un poco más lejos. Un año dedicado al ingreso me parece un despropósito que hace crecer mi malestar.

Aunque debo aceptar que de a poco me fui sintiendo mejor y la gente resultó más cálida de lo que esperaba. La ciudad tiene algo de caótico y a la vez cierto encanto, cada uno parece hacer lo que se le ocurre sin pensar mucho… No sé, ahora soy extranjera en el país de mis padres. Además, ser alta, pelirroja, pecosa y de ojos celestísimos me hace sentir muy visible. Heredé el pelo y los sueños de mamá, y los ojos y la tenacidad de papá. A los porteños no parece importarles mucho cómo me veo, me toman como una igual hasta que el acento me delata: “¿Sos yanqui? ¿Qué hacés por acá? ¿Venís a estudiar? ¿Una yanqui estudiando en Buenos Aires?”.

No les cae muy bien, pero se tranquilizan cuando digo que soy argentina en realidad. Algunos no me creen y les tengo que mostrar el DNI. Igual, trato de hablar poco.

Pasa la primera semana y no hay tanta gente como creí, acá toman vacaciones en febrero. Verano en febrero. Qué loco. Hoy, la tarde es una de esas de un calor agobiante, húmedo, típico de esta ciudad. Después de dormirme todo, decido salir a recorrer.

— ¿Con este calor vas a salir? — dice Lisa sin sacar los ojos de la tv ni la cuchara del helado que sobró del mediodía.

Me pongo la gorra que compré en el aeropuerto y los auriculares en los oídos con música indie acústica que me lleva un poco a casa. Salgo.

El aire caliente me agobia. Miro hacia la avenida. Voy. Llego a la esquina de Corrientes y espero que el semáforo me dé paso. Miró al hombrecito naranja y nada más. Pasa de naranja a blanco. Cruzo. “¡Oh my God!”. Alguien me tira del brazo hacia atrás tan fuerte que se me parte el hombro. “¡Me asaltan!”, quiero gritar, pero no me sale; pierdo el equilibrio y escucho un bocinazo. Trato de asirme del aire con la otra mano. Alguien interrumpe mi caída y un bus pasa a diez centímetros de mi cara, casi rozando mi pelo.

— ¿Estás bien?

Me doy vuelta y un morocho de ojos verdes me mira como Jude Law en Closer.

— Disculpame por el tirón, pero…

— No, por favor, no vi el bus, me salvaste la vida — digo en mi español correctísimo.

— No sos de acá, ¿no?

— No, ¿se me nota?

— Un poco, yo tampoco soy de acá, soy de Salta, ¿y vos?

— De New York.

— ¡Mirá vos! No me van a creer los muchachos que conocí a una gringa.

— ¿Una qué?

— Una gringa, una yanqui… Dicho con buena onda, eh.

— Bueno, muchísimas gracias de nuevo.

— A mí no me agradezcas tanto. La culpa la tiene mi madre que siempre me dice que los porteños te pisan y después preguntan, así que cuando te vi distraída y que se te venía encima el colectivo que doblaba, me salió agarrarte fuerte del brazo.

— Sí, sí, gracias, gracias.

Me siento tan avergonzada y dolorida que quiero irme. Necesito aire y empiezo a caminar.

—¡Chau! ¡Cuidate! Ah, yo me llamó Matías.

Veo por el rabillo del ojo que extiende su mano hacia mí. Me detengo. Giro. Lo miro.

—Soy Johanna — Siento el impulso de besarlo.

Lo beso. “Shit”. Antes que él supere la sorpresa, me voy a toda velocidad, sin mirarlo. Buenos Aires casi me mata.

Leer Buenos Aires: Capítulo 1

Leer Buenos Aires: Capítulo 3

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