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Miedo que llega e invade el alma.

Súbitamente nos visita.

Paraliza el sentir, nubla la vista.

Viste el horizonte de ominosa oscuridad.

 

Miedo que desafía los sentidos,

que se hunde sin pausa en nuestro ser

en lo profundo de las entrañas.

Entrañas que gritan.

Entrañas que claman sin saber a dónde huir.

Sin entender cómo ocurrió.

Sin saber.

 

Miedo a lo que no tiene nombre.

Miedo a lo que carece de razón.

Miedo a la incertidumbre.

 

Miedo de nada.

Miedo de todo.

Miedo al futuro.

Miedo al presente.

Miedo a sufrir.

Y sufrir por miedo.

 

Miedo a lo impensable.

Miedo a lo conocido.

Miedo a lo distinto.

Miedo a lo parecido.

Miedo a ya no ser.

Miedo a ya no estar.

Miedo a ya no hacer.

Miedo al odio.

Miedo a la violencia.

Miedo al desamparo.

Miedo a la exclusión.

Miedo al hambre.

Miedo a la intemperie.

 

Incontrolable miedo.

Insaciable miedo.

Nos deja mudos.

Nos deja quietos.

Nos deja inermes.

 

Lo encontramos al nacer.

Lo experimentamos al vivir.

Lo intuimos al morir.

 

Miedo que relata nuestra pequeñez

frente a la grandeza de lo inmensurable.

Miedo que espeja la fragilidad que nos rodea

y que vuelve inevitable el ansia.

 

Ansia por el encuentro.

Encuentro que significa.

Encuentro que al miedo adelgaza.

Su poder se disuelve cual bruma al sol.

 

Aprendemos que fue maestro.

Maestro que empuja a soltar.

Soltar los días.

Soltar los meses.

Soltar los años.

Soltar el tiempo.

Soltar lo que nos aferra.

Soltar lo que nos aterra, o no.

 

Pero si soltamos, lo inesperado sucede.

El miedo se despide, nos deja.

Entonces descubrimos que

sólo era nuestro guía.

 

Nos llevó a la cumbre y allí nos suelta.

Nos deja al amparo de tu mirada.

Mirada que asombra.

Mirada que significa.

Y entonces entendemos.

Y entonces empezamos.

Empezamos a vivir.

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