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Romántica, encantada, mágica, flota sutil e inexplicablemente sobre los mares que la penetran, que la envuelven.

Callejuelas estrechas, canales enormes y también pequeños, puentes y más puentes que la entrecruzan, y la entrelazan, conectando la tierra y el mar.

Surcada por góndolas encantadoras y barcos de todo tamaño y color, llenos de ojos asombrados ante lo que descubren al recorrerla.

Y en su interior, plazas y recovecos que parecen surgidos de un cuento, recovecos que esconden asombro, asombro de sensaciones.

En su seno se gesta el amor y bajo sus puentes se escuchan como miles de susurros los suspiros que tanta pasión derrama bajo su cielo.

Nació como refugio contra la violencia, como refugio contra el terror, y hoy está habitada por la pasión. Pasión que enamora, pasión que ama, pasión que encanta los corazones desprevenidos que la atraviesan y los transforma, de un modo o de otro, es imposible ser indiferente ante ella.

Venecia está habitada por el amor.

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