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Camino por Callao hacia Corrientes. El ruido de la ciudad se siente como un enorme panal de abejas que los porteños parecen ignorar o al que simplemente están acostumbrados. Había llegado el día anterior luego de un interminable viaje en micro desde mi Salta. Contemplo la ciudad con ojos abiertos. Los ruidos, los autos, los camiones, los edificios gigantes que tapan la luz del sol casi todo el día. La humedad. La gente.

Me pregunto por qué tanto paisano elige el mismo lugar al mismo tiempo. Choco y esquivo cuerpos como torero acalambrado cada cinco metros, a la vez que admiro la habilidad que poseen para evitarse en un espacio tan pequeño. Encontrar a diez personas en mi pueblo me lleva tres o cuatro cuadras, acá estan todos en dos metros cuadrados. Hasta hoy, lo que conocía de Buenos Aires se limitaba a lo que había visto en las 21 pulgadas de la tele o en las 13 de la compu, pero experimentarla superaba las expectativas.

«Matías, cuídate mucho que son todos ladrones allá y no es como acá, no creas todo lo que te dicen». «Cuidate con los autos que primero te pisan y después preguntan», repetía mi mamá todo el tiempo desde que se desayunó la novedad. «Ya soy grande, tengo 20. Si a esa edad mi papá ya había sido padre…» Pero bueno, las madres son así, siempre imaginan lo peor.

Alto y flaco como soy, me deslizo encandilado y desprevenido. Mis brazos gruesos por el trabajo en la chacra, mi tez morena y mis ojos verdes acá pasan desapercibidos. Desde chico tuve dos sueños que siempre supe que eran sólo eso, sueños: conocer Buenos Aires y ser doctor, de esos que curan a la gente.

«Pero, ¿por qué no estudias para el campo, para ayudar a tu gente, a tu familia? ¡Sos el mayor, gurí!», protestaba papá cada vez que yo mencionaba el tema de mis sueños. Un día decidí no hablar más. Mientras, trabajaba en la chacra de día y de tarde-noche iba al secundario; las horas de la madrugada eran para estudiar con mucho esfuerzo. Me dije: «no hablo más del tema, pero yo voy a ser doctor».

En la escuela conocí a Rubén, un hombre medio grande (como de treinta y cinco), un buen tipo, que solía escucharme cuando relataba mis sueños acerca de mi Buenos Aires querido. Una tarde de octubre del último año de secundaria se acercó y me dijo:

— Che, Gardelito, ¿no te vendrías conmigo a Buenos Aires ahora en febrero, que la constructora donde trabaja don Hernán está haciendo una obra de la San Flauta? Me dijo si quería ir y si conocía alguien de confianza, que paga bien, es laburo para tres años. Y pensé en vos, Garde, compartimos pieza, nos sale más barato y de paso te anotás en la Universidad esa de allá para estudiar de dotor, como vos querés, que es gratis además.

«¿Albañil? ¿Yo?» pensé.

Acepté antes de que terminara de hablar.

Sin decir nada a nadie, me inscribí por internet en el CBC y empecé a contar los días. Cuando mi familia se enteró, pusieron el grito en el cielo, pero a esa altura yo sabía que ni aunque me lo pidiera el Papa iba a cambiar de opinión.

— ¿A trabajar de albañil? – Se espantó papá antes de despedirnos — Matías, no te educamos para eso…

Así fue que llegué a la ciudad el último jueves de febrero, con un calor asfixiante. Me instalé con Rubén en la pieza que alquilamos y fuimos a conocer la obra que estaba en Núñez, en Avenida del Libertador.

Don Hernán nos recibió con un abrazo:

— ¡No les pude avisar, perdón! Tenemos parada la obra por una inspección, así que tienen libre hasta el lunes, pero como ustedes no tienen nada que ver y vienen de la tierra de uno… —dijo. Metió la mano en el bolsillo y sacó dos montoncitos de guita—. Acá tienen una semana para cada uno, cuídenlos porque hasta dentro de siete días no hay un mango más.

Así fue que me regalaron tres días para descubrir la ciudad que amaba sin conocer. Eso sí, me la sabía de memoria, porque hacía seis meses que la estudiaba sin parar de todas las formas posibles.

¡Al fin llego a Corrientes! Giro hacia la derecha y ahí está, lo veo en vivo y en directo. ¡El Obelisco! Casi que puedo tocarlo si estiro el brazo. Empiezo a recorrer las ocho o nueve cuadras que nos separan hasta estar de pie frente a él.

Te soñé, Buenos Aires.

Leer Buenos Aires: Capítulo 2

Leer Buenos Aires: Capítulo 3

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